Vacunarse como expresión de caridad y responsabilidad

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Con la vacuna contra la Covid-19 sosegando el sufrimiento de este mundo, se abre una puerta a la ilusión, aparece una ayuda para vencer el miedo y se ilumina un poco más el camino para hacer frente a la desesperanza.

 

La Congregación para la Doctrina de la Fe ha publicado una nota que emite una valoración sobre el uso de la vacuna, explícitamente aprobada por el Papa Francisco el pasado mes de diciembre. En ella se califica este procedimiento como un elemento valioso que contribuye al bien común y se afirma que es «moralmente aceptable» el uso de estas vacunas «reconocidas como clínicamente seguras y eficaces». Este documento, en el que se integran otras consideraciones realizadas por la Pontificia Academia para la Vida, planta –tras de sí– un reguero de vida nueva donde se habla de responsabilidad, caridad y confianza.

 

La confianza es un elemento muy importante en nuestra vida que nos ayuda a agradecer. Agradecimiento a todos y cada uno de esos profesionales y cuidadores que duermen con la luz encendida y con el alma siempre en vela, pendientes por si la herida del hermano vuelve a supurar. Ellos, sin lugar a dudas, humanizan la práctica sanitaria y el cuidado de los más vulnerables. Las profesiones sociosanitarias existen para curar lo dañado, para calmar lo herido, para sanar lo ulcerado, para aliviar y siempre consolar.

 

Las vacunas son uno de los grandes hallazgos científicos de la humanidad. Y ahí también renace el mandato de la caridad. Por eso, como dijo el Papa Francisco en su tradicional mensaje Urbi et Orbi, las vacunas son «luces de esperanza en este tiempo de oscuridad e incertidumbre», «tienen que estar a disposición de todos» y «deben ser accesibles, sobre todo para los más vulnerables y necesitados del planeta».

 

Amar es un don y una tarea de todo ser humano. Y el eco que deja a su paso es realmente infinito. Las vacunas han sido el gran remedio para graves enfermedades en la dilatada historia de la humanidad. Algunas han sido completamente erradicadas gracias a su utilización. Y muchas otras han sido drásticamente desprovistas de su capacidad de generar sufrimiento, discapacidad y muerte.

 

Y, hoy en día, en este momento tan duro, con consecuencias no sólo sanitarias, sino también sociales, laborales, económicas, familiares… su utilización constituye un ejercicio de responsabilidad tanto personal como colectiva; y también un testimonio de caridad. Porque la vacuna no solo nos previene de contraer la enfermedad, sino que también levanta barreras para no contagiar a aquellos que nos encontremos en casa, en el entorno o por el camino, de modo particular las personas mayores, enfermas o debilitadas.

 

La vacuna no nos exonera de seguir viviendo en la prudencia y en las normas necesarias responsabilidad para impedir los contagios. Actuar desde el amor es una de las actitudes principales en que la Virgen María educa a sus hijos. Porque el amor ni cansa, ni se cansa, ni descansa. No abajemos los brazos que piden a Dios lo que necesitamos, que confían en Él y que se extienden generosos en la ayuda a quienes más lo necesitan. Con gran afecto y mi bendición.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

No hay paz sin cuidado, ni horizonte sin amor

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«En muchos lugares del mundo hacen falta caminos de paz que lleven a cicatrizar las heridas». Ciertamente, «se necesitan artesanos de paz dispuestos a generar procesos de sanación y de reencuentro con ingenio y audacia». Con estas palabras del Papa Francisco en su carta encíclica Fratelli tutti, deseo compartir con vosotros un anhelo que, cada día, nace en mi corazón de pastor: no hay paz sin cuidado, ni horizonte sin amor.

 

El Santo Padre, en su mensaje para la 54 Jornada Mundial de la Paz que celebramos el pasado 1 de enero, apostaba por la cultura del cuidado como camino de paz. En ese sentido, animaba a construir una sociedad basada en relaciones de fraternidad que lograsen erradicar «la cultura de la indiferencia, del rechazo y de la confrontación». Una tierra firme donde hoy, más que nunca, hemos de sembrar la esperanza.

 

Este nuevo año que Dios nos regala, el Padre nos invita no solo a mirar, sino también a contemplar; y a coser las grietas de tantos rostros solos, cansados y heridos por el dolor en estos tiempos de pandemia; y, cómo no, a renacer entre la ternura de ese Dios pequeño y pobre que nacía hace unos días en un humilde pesebre para recordarnos, como dijo san Pablo, que «la fuerza se revela en la debilidad».

 

En esta gran familia, que es la Iglesia, hemos de servirnos de la caridad, de la misericordia y del perdón para ser sembradores de paz. Con esa paz habitada que brota del Evangelio y que transforma el corazón de piedra en corazón de carne. Solo así es posible transitar, cuando más tiembla el cansancio, la intemperie de un camino cimentado por el amor, donde nadie debe quedarse al margen y donde todos deben tener un sitio en la mesa fraterna.

 

Una tarde de esta Navidad, aquí, en Burgos, estaba rezando, con la Palabra en las manos y a solas con el Señor. Y de fondo, escuchaba cómo algunas personas caminaban de un lado para otro, unos con prisa, otros con el paso aletargado, pero entre todos iban conformando un eco que se hacía parte de mi oración. Y recuerdo que leía a san Pablo, cuando le decía a Timoteo: «Comparte conmigo los trabajos del Evangelio». Le pedía compartir con él cada uno de sus sufrimientos y esperanzas, gozos y dificultades de las personas. Una tarea difícil, pero sin duda apasionante.

 

Y ese compartir las luchas del día a día, también es cuidar. Y mientras meditaba estas palabras de Pablo, pensaba en todos esos corazones de barro que les han robado la esperanza, la alegría, los sueños en estos tiempos duros; que son perseguidos por su fe, por luchar contra las injusticias, por poner a la persona en el centro; que son descartados por defender la vida, por promover la dignidad de cada uno de nuestros prójimos, por proteger la Casa Común.

 

Dios, un año más, cuenta con nosotros para que seamos cuidadores de su amor: cuidadores compasivos que edifiquen abrazos de paz en las llagas de tantos sufrientes. Porque la caridad traspasa las barreras del miedo, del frío, de tantos lamentos por calmar. Vivamos, pues, con alegría y esperanza, en este nuevo año que Dios nos ofrece, a la medida de su amor misericordioso que nunca se cansa.

 

Con gran afecto, recibid mi bendición y un abrazo fraterno.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa,

arzobispo de Burgos

La familia, escuela donde «aprendemos a amar con el corazón grande»

por redaccion,

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Dedicarse tiempo de calidad, nunca acostarse sin haberse pedido perdón, fortalecer el espíritu con la eucaristía y el sacramento de la reconciliación, vivir en comunión con otras familias y ampliar la mirada a los problemas que sobrepasan el núcleo familiar. Son algunos de los consejos que hoy el arzobispo, don Mario Iceta, ha trasladado a las familias de la diócesis en el que ha sido el primer «jubileo» vivido en la Catedral durante el Año Santo. Coincidiendo con la festividad de la Sagrada Familia, familias en representación de toda la diócesis han atravesado la Puerta Santa del Perdón, han participado en la eucaristía y han orado por las necesidades de la Iglesia y del mundo, lucrando así las gracias jubilares.

 

En su homilía, el arzobispo ha recordado a las familias que viven en un «sacramento permanente», donde cada cónyuge «es fuente de gracia para el otro». «Es Dios quien, en su providencia, os ha llamado para que os sumergierais en su amor; os ha llamado para que vuestra alegría sea grande»: «esa es vuestra llamada, vuestra vocación». «La familia es un icono de Dios en la tierra, esposo y esposa que se aman y generan a los hijos», como el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, ha insistido.

 

Para el pastor de la diócesis, amar no es un sentimiento, pues, como ha dicho, mucha gente ama cuando los sentimientos y las circunstancias no son favorables, como una difícil noche de hospital al lado de un enfermo. «Amar es entregar la vida, es dar la vida. El amor es el vínculo de unidad, lo que nos une y sostiene aún en los momentos de dificultad», «un amor sostenido por el Señor, por su gracia, para que os podáis entregar».

 

Escuela de amor

 

En este «jubileo de las familias», don Mario ha insistido en el valor de la familia como lugar donde «hemos aprendido a amar de verdad, con el corazón grande». En efecto, en el núcleo familiar, «hemos aprendido a ser queridos sin mostrar nuestros títulos ni currículum», «eres querido por tu nombre, no por tus dones, sino porque existes, porque eres un don para nosotros». Por eso, la vida en familia también «nos enseña a mirar fuera, a tener ojos nuevos para mirar las nuevas pobrezas del mundo». «Ojalá nos ayudemos, es tiempo de compartir lo que tenemos, tiempo de consolar, tiempo de abrazar y de acompañar y eso lo hemos aprendido en la familia, con ese don de Cristo: os he elegido para que os améis y vuestro corazón se ensanche», ha concluido.

 

En el ofertorio, junto al pan y al vino, una misionera, acompañada por familias que han entregado sus hijos a la misión, ha portado un paño angoleño con el que se ha envuelto al Niño Jesús, dado a la adoración al finalizar la eucaristía, eso sí, sin el habitual beso por las medidas anticovid. El coro de familias de Cardeñadijo ha sido el encargado de animar el canto litúrgico.

 

Desear, esperar y acoger el amor de Dios

por redaccion,


 

Queridos hermanos y hermanas.

 

Nos hemos adentrado en el misterio de la Navidad. No podemos acostumbrarnos a este acontecimiento admirable que supera toda expectativa e imaginación. Dios ha tomado nuestra carne y nace niño como nosotros. El relato de san Lucas está lleno de indicaciones preciosas que sitúan al Hijo de Dios en el tiempo y en la historia: en tiempos del emperador Augusto siendo Cirino gobernador de Siria. Y en Belén por la obligación de empadronarse en la ciudad de la que procede la familia, en el caso de José.

 

También Lucas relata que el nacimiento de Jesús sucedió en la noche, que hace referencia a la situación de una humanidad que desorientada y a oscuras busca el camino del progreso, la vida y la plenitud. En esta noche santa, el nacimiento del Niño constituye el ofrecimiento del don que nuestra humanidad ardientemente busca muchas veces sin saberlo. Una luz que es amor, presentes en este Niño, porque es el amor lo que nos permite reconocer la verdad de las cosas, el rostro de las personas, y plenifica nuestra vida. Por eso, el nacimiento de este Niño constituye la verdadera esperanza y vida para la humanidad. Y el mundo le saluda llenando de luces en calles y plazas. Porque es la buena noticia proclamada a los pobres, a los cansados de esperar, a los defraudados de tantas promesas incumplidas, a los descartados, a los que no cuentan.

 

Y los pastores son convocados a participar de este misterio. Sus corazones sencillos les posibilita conocer el amor de Dios que yace en el pesebre, inerme, pacífico, derrochando ternura, arropado por el amor de María y custodiado delicadamente por José. Es la Santa Familia que nos enseña a cuidar, fortalecer, proteger y agradecer nuestra propia familia como un inmenso regalo de Dios, lugar en el que cada día percibimos su amor.

 

Este Niño requiere por nuestra parte el ser esperado, querido y acogido. Solo los sencillos de corazón, representados por los pastores, son capaces de percibir esta presencia de Dios. La posada no tenía sitio para Jesús ni para sus padres porque estaba ocupada por muchas cosas y no era capaz de percibir el inmenso don que llamaba a su puerta. San Juan, en el prólogo de su evangelio, lo afirma de modo estremecedor: «En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió» (Jn 1, 4-5). Pero como también afirma el evangelista: «A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios… Estos no han nacido de sangre ni de carne, sino que han nacido de Dios» (Jn 1, 12-13). Es decir, les otorga la capacidad de generar la humanidad nueva que todo corazón humano necesita y aguarda.

 

El año jubilar que hemos iniciado es tiempo propicio para recomenzar desde Jesús. Que el 2021 sea un tiempo de esperanza y júbilo, con el deseo de superar juntos, con la ayuda de Dios, las heridas y dificultades del año que vamos a terminar que será tristemente recordado por la crisis sanitaria, económica y social que duramente estamos atravesando. Os deseo de corazón una santa y feliz Navidad y un año 2021 lleno de esperanza y de bendición.

Tiempo de espera y esperanza

por redaccion,

 

Hoy es el último domingo antes de Navidad. Cuarto domingo de Adviento en lo que se conoce como semana mayor del Adviento. Esta semana está caracterizada por las antífonas en el rezo de las vísperas donde nos dirigimos al Niño Dios que va a nacer en Belén con los antiguos y venerados títulos Mesiánicos que aparecen en la Sagrada Escritura: Oh! Sabiduría; Oh! Adonai; Oh! Renuevo del tronco de Jesé; Oh! Llave de David; Oh! Sol de justicia; Oh! Rey de las naciones; Oh! Enmanuel. Es también un tiempo mariano, en el que la Iglesia contempla a María como Virgen de la Esperanza, y también, en virtud de estas antífonas, se le conoce a María como la Virgen de la O.

 

El domingo pasado os hablaba de suscitar el deseo de Dios como el más profundo y fundamental. Hoy me gustaría hablaros del Adviento como tiempo de espera y esperanza. Efectivamente, la Iglesia y nosotros, como miembros de Ella, estamos a la espera del Niño Dios. Por eso, podríamos preguntarnos qué esperamos realmente en Navidad. Mejor dicho, a Quién esperamos en Navidad. Quizás nos encontramos en la periferia de la fiesta: esperamos unos días de descanso, unas vacaciones, algunos regalos. Incluso cosas tan deseables como encontrarnos con la familia, con amigos lejanos,… pero todo ello aún no ha penetrado en el misterio profundo de Navidad. Algunos incluso les produce tristeza porque hay seres queridos que han fallecido, otros no están… Pero quizás deberíamos profundizar en el sentido pleno de la Navidad: en este tiempo esperamos a Dios, hecho Niño, a un Dios que ha tomado nuestra carne, que abraza nuestras vidas, sencillo, humilde, servidor, nacido en pobreza para llenarnos de su riqueza. Y esto llena siempre de luz y alegría el corazón humano, porque hemos sido creados para amar y ser amados, por tantas personas pero, fundamentalmente, por Dios.

 

Este año la Nochebuena está marcada por las limitaciones que han dispuesto las autoridades sanitarias. También por los momentos duros que vivimos: fallecidos, enfermos, falta de trabajo, empresas y negocios que no han podido subsistir… Las reuniones familiares y de amigos no serán numerosas como en otras ocasiones. Pero más allá de estas situaciones tan dolorosas, no olvidemos esperar a Quien nos ama de un modo tan sorprendente y que viene a traernos luz, esperanza, fortaleza, compasión. Que no nos acostemos esa noche santa sin haber abierto el portal de nuestro corazón al Niño Dios. Que no lo encuentre cerrado como la posada de Belén, que no tenía sitio para Él ni para María ni José. Es verdad que nuestro corazón quizás se parezca a aquél pobre pesebre. Pero Dios no rehúye nuestras pobrezas y limitaciones. Él viene para ser luz de nuestra oscuridad, amor en nuestro decaimiento, consuelo y fortaleza en la desesperanza. Que en esa noche santa podamos decirle: Señor Jesús, yo te espero con todo el deseo de mi corazón, ven a habitar en el pobre pesebre de mi vida. Te aguardo con toda mi alma. ¡Ven Señor Jesús!

 

Y de esta espera brotará la verdadera y definitiva esperanza. Santo Tomás de Aquino decía que la esperanza consiste en la certeza de alcanzar por medio del Amigo aquello que por mis fuerzas no soy capaz. Y este amigo es Jesús que ya no nos llama siervos, sino amigos (Jn 15, 15) y que dijo a María Magdalena: «Anda y ve a decir a mis hermanos…» (Jn 20, 17). El que se ha hecho Amigo y el Hermano viene a traernos la vida, la paz, la misericordia y la eternidad que el mundo por sí solo no puede alcanzar. Como afirmaba el cardenal Ratzinger antes de ser elegido Sucesor de San Pedro: «La finalidad del optimismo es la utopía del mundo definitivamente y para siempre libre y feliz; la sociedad perfecta, en la que la his­toria alcanza su meta y manifiesta su divinidad. La meta próxima, que nos garantiza, por decirlo así, la seguridad del lejano fin, es el éxito de nuestro poder hacer. Pero el fin de la esperanza cristiana es el Reino de Dios, es decir la unión de hombre y mundo con Dios mediante un acto de divino poder y amor. La finalidad próxima, que nos indica el camino y nos confirma la justicia del gran fin, es la presencia continua de este amor y de este poder que nos acompaña en nuestra actividad y nos socorre allí donde nuestras posibi­lidades llegan al límite (…) La justificación de la esperanza cristiana es la encarnación del Verbo y del Amor de Dios en Jesucristo» (Ratzinger, J. Mirar a Cristo: ejercicios de fe, esperanza y caridad, Cap. 2, 1). Es este Amor infinito encarnado en el seno de María el que esperamos en Navidad. En este Niño está presente la verdadera y definitiva esperanza. Con gran afecto.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos