Adviento: tiempo de esperanza

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Con el llegada de un nuevo Adviento brota la fe en silencio, emerge la Vida y se renueva la esperanza en las manos del Misterio. Lo hace ante la presencia de un Dios que vino, que viene y que vendrá, encarnado en un Niño, para cambiar el corazón del mundo.

 

Este tiempo litúrgico que hoy comenzamos –y que se prolongará, durante cuatro semanas, hasta el día anterior a la Navidad–, preparamos el interior de nuestro ser creyente para meditar sobre la venida final del Señor, así como para reflexionar sobre el nacimiento de Jesús y su irrupción en la historia del hombre.

 

Un año más, este tiempo de preparación espiritual nos invita, de manera especial, a poner el recuerdo en cada detalle del pasado, para vivir sin condición el tiempo presente y con el alma puesta en el futuro.

 

Este acontecimiento no se puede vivir de cualquier modo; porque hace realidad una espera en la que no sabemos ni el día ni la hora (cf. Mt 24, 41), porque ese «sí» definitivo de Dios al ser humano cambia el curso de la historia. Así, brota un nuevo despertar que debe alentarnos a cambiar la mirada hacia un futuro más bello, a abrazar el silencio con paz, a vivir con una alegría deslumbrante que no viene de este mundo y a descubrir en el perdón la fuente inagotable del amor.

 

Sin esta espera vigilante que nos mantiene con el alma en vela, no podremos ser conscientes del eco que dejan, a su paso, la Encarnación, el Nacimiento y la manifestación al final de los tiempos del Hijo del Hombre: realidades que nacen cada Navidad con la venida del Niño Jesús. Un acontecimiento que, como toda vida que viene a anidar en los brazos de esta tierra, es un regalo de Dios.

 

Estos días, el Señor desea hablar al corazón de su pueblo para ir amasando, con sus manos, el camino hacia Belén. El sendero va suavizando la aspereza de las piedras, de la tierra sedienta, del agua estancada y del viento en contra que tantas veces nos enfrenta a la vida. El pesebre invita a abrir los entresijos de nuestra fe, hasta convertir a la humildad en el tesoro escondido de nuestra vida. Y el abrazo de un Jesús pobre, manso y humilde de corazón (cf. Mt 11,29), alienta la esperanza de una vida que solo adquiere sentido cuando se ve revestida del amor de Dios.

 

El Papa Francisco, durante el rezo del Ángelus en la Plaza de San Pedro el segundo domingo de Adviento del año 2018, decía que este período que hoy comenzamos «es un tiempo para reconocer los vacíos que hemos de colmar en nuestra vida, para allanar las asperezas del orgullo y dejar espacio a Jesús que viene». Es, por tanto, un tiempo propicio para «orar más intensamente», para «reservar a la vida espiritual el puesto importante que le corresponde» y para «estar más atentos a las necesidades del prójimo», manifestó el Santo Padre, poniendo en el centro de su mensaje que si actuamos de esta manera «podemos abrir caminos de esperanza en el desierto del corazón árido de tantas personas».

 

Con el nacimiento de Jesús tan cerca, encendemos las candelas de dentro, las de la fe, las que alumbran nuestros pasos de barro cuando la fragilidad ensombrece las certezas. Él, una vez más, viene a hacerse cargo de nuestra debilidad, de nuestra pobreza, de nuestra pequeñez. Y, de la mano de san Juan Bautista, solo se nos pide una cosa: «Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos» (Lc 3, 4).

 

En esta espera vigilante hacia un nuevo camino nos ponemos en las manos de María, para que su corazón de Madre nos vaya haciendo más suyos y nos vaya moldeando hasta acoger, con alma, vida y corazón, al Señor que viene: el Emmanuel, Dios con nosotros.

 

Con gran afecto, os deseo un feliz tiempo de Adviento.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Jesucristo, Rey de misericordia y de paz

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy, en la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, con la conclusión del año litúrgico, ponemos toda nuestra confianza en el eco de un Cielo nuevo y una Tierra nueva (cf. Ap 21, 1), en pos de un Reino colmado de gracia, santidad, justicia, fraternidad y caridad.

 

Jesucristo es el Rey del Universo y de cada uno de nuestros corazones. Pero, para que entre en nuestra casa, para que reine eternamente al final de los tiempos, necesita nuestro : el fiat que, una vez llegada la plenitud de los tiempos (cf. Ga 4, 4), lo cambia todo.

 

Desde su venida hace más de dos mil años, la vida de Jesús de Nazaret es un canto al amor incondicional. Su reinado está escrito en cicatrices, porque su corona no es de oro ni de plata, sino de espinas. Un Dios nacido en un pesebre, hecho niño, pobre y pan; que se entregó a todos, sin distinciones de ningún tipo, sin condición, sin barreras que fueran capaces de acallar el precio de su amor; hasta entregar su propia vida en una Cruz.

 

El Príncipe de los reyes de la tierra, quien fuera clavado por amor, «nos ama y nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre y nos ha hecho reyes y sacerdotes de Dios su Padre» (Ap 1, 5-6). De esta forma, instauró su Reino en nosotros, en nuestros hogares y en nuestros ambientes. Un compromiso que configura, de principio a fin, nuestro ser creyente, pues nos envía a recorrer todos los rincones, todas las latitudes y todos los pueblos hasta que Jesucristo reine en el corazón de sus hermanos más vulnerables.

 

Hoy, el sepulcro vacío en Jerusalén perpetúa que, en el alma de la Resurrección, se sigue escribiendo nuestra vida: «Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad» (Jn 18, 37).

 

Un día como hoy hace 43 años, en la basílica de San Pedro, el Papa san Juan Pablo II invitaba a mirar «con los ojos de la fe bien abiertos y con el corazón pronto para dar la respuesta» a toda la verdad sobre Jesucristo Rey. «No solo porque se trata de una verdad que exige respuesta, por comprensión o por aceptación por parte del entendimiento», sino «por una respuesta que brota de toda la vida» (Homilía. 5).

 

El Reino de Cristo se manifiesta, como escribía el Santo Padre y como enseña el Concilio Vaticano II, en la «realeza» del ser humano. Es necesario que, bajo el umbral de esta mirada, «sepamos participar en toda esfera de la vida contemporánea y formarla» a la medida del Padre (Hom. 6). La meta es que su Reino esté cada vez más en nosotros: «Correspondámosle con el amor al que nos ha llamado, y amemos en Él siempre más la dignidad de cada hombre».

 

En un mundo donde el reinado del egoísmo, los intereses particulares, la avaricia, la injusticia y la violencia afean el rostro de Dios que se refleja en todo ser humano, necesitamos que el amor de Dios lave y purifique nuestras vidas y la semilla fecunda del Evangelio vuelva a sembrar la aridez de la tierra para que germine el vergel de Dios que es su Reino, que nos hace reconocernos hijos y hermanos.

 

El próximo fin de semana, los catequistas de la Archidiócesis celebrarán su encuentro de inicio de curso. Por eso, mientras recorremos una senda de dignidad que pone al Dios-amor en el corazón del hombre, recordamos la importancia de los catequistas para ser apóstoles de su Reino, de su Cuerpo, de su Corona. Un Reino que, aunque no es de este mundo –«Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí» (Jn 18, 36)–, necesita de testigos valientes que anuncien y edifiquen este Reino, que den a conocer el amor de Dios y desde él se atrevan a dar de comer a los hambrientos, a dar de beber a los sedientos, a hospedar a los forasteros, a vestir a los desnudos, a cuidar a los enfermos y a visitar a los encarcelados (cf. Mt, 31-46).

 

Queridos catequistas: haced de vuestra vida una bienaventuranza eterna, donde la enseñanza del Evangelio inunde vuestras almas para que, después, podáis empapar las de aquellos que el Padre pone en vuestras manos. La vida de Cristo, siendo Rey, fue un continuo lavatorio de pies. Haced vosotros lo mismo: imitad a tantos testigos que promulgaron públicamente que Jesucristo es Rey de misericordia y de paz, el Señor amoroso de nuestras vidas, el Principio y el Fin de todo el Universo.

 

Que la Virgen María, Madre de Jesucristo Rey del Universo y, en Él, madre nuestra, interceda en cada uno de nuestros pasos para que consigamos ser, a imagen y semejanza suya, apóstoles y servidores de un Reino saciado de justicia, de paz y de amor.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Jornada Mundial de los Pobres

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Un año más, la Conferencia Episcopal Española y Cáritas aúnan sus fuerzas para celebrar la VI Jornada Mundial de los Pobres. Con el lema Jesucristo se hizo pobre por vosotros (cf. 2 Co 8, 9), esta fecha se presenta –en palabras del Papa Francisco– «como una sana provocación para ayudarnos a reflexionar sobre nuestro estilo de vida y sobre tantas pobrezas del momento presente». De esta manera, el Santo Padre pone en el centro de nuestra vida la predilección de Jesús por los más pobres, necesitados y vulnerables: punto de partida y eje central que da sentido a cada paso de nuestra misión. 

 

En un momento como el que vivimos, empapado por las guerras ideológicas, espirituales y de poder, bañado por tanta injusticia, por tanto rostro sin consolar, por tanta herida sin curar y por una pobreza que, cada vez, grita con más fuerza y con menos voz, la Comisión Episcopal para la Pastoral Social y Promoción Humana recuerda cómo el dolor y el sufrimiento humano «persisten» y «ensombrecen» el sentido de nuestra vida. Por eso, tal y como inciden desde esta Comisión, el Papa convoca esta Jornada en torno a la celebración de la Eucaristía «para hacernos fuertes y animar a la conversión del corazón en comunidad, sentados a la misma mesa y realizando el mismo gesto que Jesús hizo: hacernos pobres, hacernos pan y hacernos vino para entregar la vida por amor a los demás». 

 

Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros con la única intención de enriquecernos con su pobreza. Siguiendo la estela de san Pablo, no podemos olvidarnos de los pobres pues, cada vez que lo hagamos, estaremos dándole la espalda a Dios. «La solidaridad», revela el Santo Padre en su mensaje para esta Jornada, «es compartir lo poco que tenemos con quienes no tienen nada, para que ninguno sufra». Así, cuanto más grande es el sentido de comunidad y de comunión como estilo de vida, «mayormente se desarrolla la solidaridad». 

 

¿De qué nos valdría en realidad tener posesiones, reconocimientos, títulos, fortunas y poderes si, a la hora de mirar con los ojos del corazón, estamos vacíos por dentro? Si el vivir se lleva a cabo para uno mismo, cualquier sentir carece de sentido. Solo una vida vivida para los demás adquiere el sentido que cualquier alma necesita.

 

Con el corazón afianzado en una esperanza que se renueva cada vez que miramos al hermano sufriente y vemos a Cristo, no podemos dejarnos vencer por la nostalgia de tiempos pasados, por aquello que una vez fuimos o por lo que pudo ser, y debemos confiar en que jornadas como las que hoy celebramos son un estímulo para convertirnos en una Iglesia viva basada en ese «amor recíproco» que, como escribe el Papa, «nos hace llevar las cargas los unos de los otros para que nadie quede abandonado o excluido». Ciertamente, «la experiencia de debilidad y limitación que hemos vivido en los últimos años, y ahora la tragedia de una guerra con repercusiones globales, nos debe enseñar algo decisivo: no estamos en el mundo para sobrevivir, sino para que a todos se les permita tener una vida digna y feliz». No se trata de tener un comportamiento «asistencialista» hacia los pobres, sino de «hacer un esfuerzo para que a nadie le falte lo necesario». Pero sin olvidar, insiste, que «no es el activismo lo que salva», sino «la atención sincera y generosa que permite acercarse a un pobre como a un hermano».

 

Decía la Madre Teresa de Calcuta que «el amor no puede permanecer en sí mismo», porque no tendría sentido; ha de ponerse en acción y, solo así, «esa actividad nos llevará al servicio». Muchas veces, insistía la fundadora de las Misioneras de la Caridad, «basta una palabra, una mirada o un gesto para llenar el corazón del que amamos». En todos, en ricos y pobres, en sanos y enfermos, en santos y pecadores, en cada uno de los hijos e hijas de Dios. 

 

Le pedimos a la Virgen María, Madre de los Pobres, que nos ayude a hacer, de nuestras vidas, una Eucaristía que se reparte en la mesa de cada día, sin descanso y con alegría, hasta el final.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

¡Gracias, Iglesia, por tanto!

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy, cuando celebramos el Día de la Iglesia Diocesana, solo puedo expresar –a viva voz y con toda el alma– el latido más profundo que mi corazón siente: Gracias por tanto.

 

Decía Santa Teresa de Calcuta que «las palabras amables pueden ser cortas y fáciles de decir, pero sus ecos son realmente infinitos». Y es ahí, en el eco de una amable y sincera acción de gracias, atravesando el puente que separa la petición de la gratitud, donde deseo poner hoy mi vida, mi ministerio, mi palabra de pastor.

 

Desde siempre, al día que hoy conmemoramos le han acompañado cuatro pilares fundamentales: oración, tiempo, cualidades y corresponsabilidad económica. Contrafuertes de una Iglesia que, como ha subrayado el Papa Francisco en varias ocasiones, «no es una fortaleza cerrada», sino «un hospital de campaña» capaz de agrandarse para acoger a todos.

 

En la oración reconocemos que Dios habla en el silencio; un silencio que posibilita la escucha, que da sentido y plenitud. Necesitamos la oración, ese «encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre», como decía san Agustín, para alimentar la respiración de nuestra vida espiritual. Solo desde ese «tratar de amistad», a la luz de santa Teresa de Ávila, tienen sentido nuestras acciones: estando muchas veces «tratando a solas con quien sabemos que nos ama».

 

La parroquia necesita, también, de nuestro tiempo. Tiempo para ponernos al servicio de los demás, para ponernos a los pies de nuestros hermanos siempre que haya una herida que curar, una mirada que acompañar o un corazón que consolar. Si la oración es la llave que abre el corazón de Dios (san Pío de Pietrelcina), el tiempo que entregamos por puro y gratuito amor va moldeando, poco a poco, el corazón de la Iglesia.

 

Y, para ello, hemos de aportar –mediante nuestras cualidades– lo que somos y tenemos. «Con la fatiga y el sufrimiento, con una vida conforme al Evangelio, con la renuncia y la cruz, con el espíritu de las bienaventuranzas» (Evangelii nuntiandi, n. 10), proclamando el Reino de Dios y su justicia; de manera que puedan decir de nosotros, como lo hicieron del Señor, «todos daban buen testimonio de él, maravillados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca» (Lc 4, 22).

 

Finalmente, para este día, es importante también nuestra corresponsabilidad económica. Esta Iglesia que peregrina en Burgos ha sido siempre un caudal inigualable de gratitud y de generosidad. Las cifras las sostienen, de principio a fin, las personas, merced a ese amor que soporta todo y que no teme a nada. Pero es necesaria nuestra colaboración para sostener como se merece nuestra Casa Común que celebra la liturgia, sostiene el amor a los hermanos, fomenta la comunión, proclama la misericordia de Dios y sirve a los más necesitados. De otra forma, ¿cómo vamos a amar a Cristo al margen de su Iglesia? Sigamos la estela de san Pablo, hasta que se escuche en el confín de la tierra: «Amó a la Iglesia y se entregó por ella» (Ef. 5, 25).

 

Querida Iglesia burgalesa, de alma entregada y corazón traspasado por el Amor: que este Día de la Iglesia Diocesana sea una nueva oportunidad para ser y hacernos hogar. Y si pensamos que nuestra vida, nuestra ofrenda y nuestra fe no son suficientes para celebrar, pongamos la mirada en la Virgen María; contemplando cada detalle de Su rostro entendemos que «nos convertimos en lo que amamos, y quien amamos moldea aquello en lo que nos convertiremos» (Santa Clara de Asís).

 

Con gran afecto, feliz día de la Iglesia Diocesana.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Crecer en el amor es caminar en santidad

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

El Señor nos eligió a cada uno de nosotros y escribió en su corazón nuestros nombres «para que fuéramos santos e irreprochables ante Él por el amor» (Ef 1, 4). Una llamada al amor, es decir, a la santidad que va ligada, por añadidura, a la alegría y la entrega en la vida ordinaria, para que seamos testigos valientes del Evangelio allá donde la llama de la fe se encuentre insegura, sofocada o en ruinas.

 

La alegría del cristiano «no es la emoción de un momento o simple optimismo humano», sino «la certeza de poder afrontar cada situación bajo la mirada amorosa de Dios, con la valentía y la fuerza que proceden de Él». Con estas palabras, pronunciadas hace justamente un año por el Papa Francisco, conmemoramos la preciosa fecha que celebramos este martes: la festividad de Todos los Santos.

 

Este día ponemos sobre el altar, junto al Cuerpo y la Sangre del Señor, a los santos conocidos que ya interceden desde los jardines del Cielo y a los santos anónimos que, de manera silenciosa y entregada sembraron y siembran la plenitud del Evangelio en los terrenos más variados de la vida cotidiana.

 

En este sentido, conviene volver la mirada a tantos santos que nos preceden, hombres y mujeres de corazón sencillo que escribieron –con la tinta de sus propias vidas– las páginas más bellas de la historia sagrada: testigos vivos que fueron hilvanando, con amor, confianza y humildad, cada uno de sus versos.

 

Y no solo ponemos el recuerdo en los santos que la Iglesia tiene inscritos en el libro sempiterno de su historia, sino también en los de la puerta de al lado: hombres y mujeres que, desde la bondad de sus miradas y corazones, deciden escuchar –en lo más hondo de su ser– la voz delicada del Espíritu de Dios y ponerla en práctica. Estos se dejan encontrar, una y otra vez, por el amor del Padre para, así, vivir las Bienaventuranzas como una profecía de una humanidad nueva que desea vivir en clave de santidad.

 

En lo profundo del castillo interior siempre hay Alguien más, recordaba una y otra vez santa Teresa de Jesús. Ella, la incansable andariega del Amor, decía que «el Espíritu Santo, como fuerte huracán, hace adelantar más en una hora la navecilla de nuestra alma hacia la santidad, que lo que nosotros habíamos conseguido en meses y años remando con nuestras solas fuerzas». Y es ahí, en los brazos del Espíritu, donde debemos poner nuestra confianza para abrazar la santidad a la que Dios nos llama. Y hemos de hacerlo sin desfallecer, a la manera de Dios, con los ojos puestos en Cristo como punto de partida de todo el proceso de nuestra vida (cf. Hb 12, 9).

 

La santidad es un camino del que hemos de aprender cada día. ¿Cómo? En primer lugar, recibiendo y dejándonos transformar por el amor de Dios. Y, después, en ese amor, dándonos del todo, sin dejarnos nada por hacer si en medio de la tarea está el amor que se hace servicio y entrega. De este modo nos damos cuenta de que la santidad se refleja en el rostro de Dios que, colmado de belleza, sale a nuestro encuentro en la vida ordinaria, en el pan nuestro de cada día, en esos terrenos difíciles de transitar donde, en ocasiones, sobrevive velado el mensaje siempre lleno de vida y esperanza de Jesucristo.

 

El Santo Padre, en su encíclica Gaudate et exultate, propone un camino para celebrar este día de Todos los Santos. Esta es la senda: «Ser pobre en el corazón, esto es santidad. Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad. Saber llorar con los demás, esto es santidad. Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad. Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad. Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad. Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad. Aceptar cada día el camino del Evangelio, aunque nos traiga problemas, esto es santidad» (GE, 3).

 

Ponemos este día en las manos de la Bienaventurada Virgen María y le pedimos que, a la luz del Magníficat, ponga en nuestros ojos esa mirada de Madre buena que «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes» (Lc 1, 52). Que el Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia, donde superamos la barrera del dolor y de la muerte, nos abra el corazón hasta el extremo, hasta que podamos comprender que solo la entrega cotidiana por vivir en santidad es garantía de verdadera felicidad.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga y os deseo un feliz día de Todos los Santos.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos