La vida contemplativa: el corazón orante de la Iglesia

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Decía san Benito de Nursia que «el corazón de Jesús es nuestro modelo, nuestro guía, nuestro todo» (c. 348). Y en ese corazón que ama sin medida descansamos hoy, solemnidad de la Santísima Trinidad, cuando celebramos la Jornada Pro Orantibus.

 

Con el lema La vida contemplativa: lámparas en el camino sinodal, los obispos de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada ponen su mirada en tantos rostros que lo han dejado todo para contemplar al Señor: aquellos que «se convierten en testigos de la Luz y pueden ofrecer al Pueblo de Dios su “misteriosa fecundidad”». Desde la escucha, la conversión y la comunión, pilares básicos de la vida contemplativa, «empujan a toda la Iglesia a ensanchar el espacio de su tienda y a salir en peregrinación».

 

No hay un solo lugar en el mundo que se encuentre solo, huérfano o abandonado, si mora un alma contemplativa. Estos centinelas del Amor, antorchas en la noche más desierta, adornan –desde la oración y en el silencio de lo escondido– cualquier corazón en ruinas.

 

Cuánta belleza esconde el vivir en el silencio sonoro de Dios, mirar cada instante con los ojos de Jesús, desprenderse de uno mismo para nacer en el corazón sufriente de un hermano o hacer de la entrega silenciosa una oblación personal al servicio del Amado. La vida contemplativa es un don, una ofrenda admirable para quienes anhelamos pasar toda una vida y una eternidad en Cristo, «esplendor de la gloria del Padre» (Heb 1, 3).

 

«¿Qué sería de la Iglesia sin la vida contemplativa?, ¿qué sería de los miembros más débiles de la Iglesia que encuentran en vosotros un apoyo para continuar el camino?, ¿qué sería de la Iglesia y del mundo sin los faros que señalan el puerto a quien está perdido en alta mar, sin las antorchas que iluminan la noche oscura que atravesamos, sin los centinelas que anuncian el nuevo día cuando todavía es de noche?», preguntó el Papa Francisco, durante la Jornada Pro Orantibus, celebrada en 2018. Cuestiones que ahora, cuando volvemos a recrear los frutos incansables de esta fascinante misión por el Reino, inundan el corazón.

 

Queridas comunidades de vida contemplativa: ¡cuánta falta nos hacéis y qué sería de nosotros sin vosotros! Sois el corazón orante de la Iglesia, candelas que –como el ciego del Evangelio (Lc 18, 35)– devolvéis la vista a los que no pueden ver, razón de una esperanza (1 Pe 3, 15) que solo puede comprenderse con los ojos del alma.

 

Hoy, la Iglesia os pone al frente de una manera especial y os llama a ser lámparas en el camino para que vuestros carismas mejores alumbren la oscuridad de nuestros miedos, unan aquello que nos separa y alivien nuestras miserias.

 

Hoy, acallamos tanto ruido y nos dejamos caer en vuestro silencio sonoro, consagrado a la contemplación del Amor divino, allí donde oráis sin desfallecer, donde Dios habita en vuestras moradas, donde nos enseñáis a ser «custodios para todos del pulmón de la oración» (Evangelii gaudium, n. 262). El tiempo presente «lo recorre la Iglesia entera en unidad de espíritu y de misión», destacan los obispos en su carta para esta Jornada. Las monjas y monjes de nuestros monasterios «buscan la luz de Dios y la derraman sobre el rostro de la Iglesia».

 

Que la Virgen María, modelo de contemplación en la escucha, el silencio, la entrega y la comunión, nos ayude –iluminados por vuestro perseverante y fiel testimonio– a buscar continuamente el rostro de Dios. Gracias por escuchar la voz del Espíritu para ser custodios de Aquel que, cuando llega la noche oscura, nos ilumina y habita, nos abraza y sostiene.

 

Con gran afecto, os deseo un feliz domingo de la Santísima Trinidad.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Clausura del año jubilar en Pentecostés

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy damos la bienvenida a un nuevo Pentecostés, hoy conmemoramos la venida del Espíritu Santo, memorial de plenitud que edifica la Iglesia. Jesús «ha traído el fuego del Espíritu a la tierra» y la Iglesia «se reforma con la unción, con la gratuidad de la gracia, con la fuerza de la oración, con la alegría de la misión y con la belleza cautivadora de la pobreza». Con este lenguaje, el Papa Francisco nos anima, en la solemnidad de Pentecostés, a hacernos misioneros de consolación y de misericordia para el mundo.

 

San Pablo, en su carta a los cristianos de Corinto, descubre que «donde está el Espíritu del Señor, hay libertad» (2 Co 3,17). Así, arraigados a la providencial venida del Espíritu Santo (Hch 2, 3-4), también celebramos el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, destacando el papel fundamental que tiene el laicado «en la corresponsabilidad eclesial y en la misión evangelizadora», junto con los pastores y los miembros de la vida consagrada, cada uno según el carisma y el ministerio recibidos.

 

El lema de esta Jornada «nos invita a seguir construyendo juntos el gran reto y desafío pastoral de la sinodalidad», que propone el Papa Francisco «con este proceso sinodal que está llevando a cabo la Iglesia universal y nuestras iglesias particulares, congregaciones, asociaciones y movimientos laicales».

 

La sinodalidad, aseveran, «consiste en ir creando un “nosotros” eclesial compartido»; es decir, «que todos sintamos como propia la biografía de la Iglesia». Una realidad que nos envía hacia un nosotros cada vez más grande, una llamada apremiante de parte del mismo Dios que nos recuerda –en palabras de los obispos de la comisión episcopal para el laicado, familia y vida– que «nadie se salva solo», porque «estamos todos en la misma barca en medio de las tempestades de la historia», y «nadie se salva sin Dios».

 

Hoy, prendidos por el fuego del Espíritu, también conmemoramos la clausura del Año Jubilar que hemos venido celebrando con ocasión del octavo centenario de nuestra catedral, así como la Asamblea diocesana de esta iglesia que peregrina en Burgos. Lo haremos con un festival a las cinco de la tarde en la plaza de Santa María y con una Eucaristía a las siete y media en la catedral presidida por el Sustituto de la Secretaría de Estado de la Santa Sede.

 

Nuestra catedral, como ya he subrayado en alguna ocasión, es un imponente testimonio de fe, esperanza y amor. Representa a Cristo, la piedra angular, a partir de Quien todos estamos llamados a formar parte del Templo santo de Dios. La fe enseña al Pueblo de Dios la presencia vivificante del Señor en medio de nosotros. Y así lo hemos podido experimentar durante esto tiempo jubilar, porque hemos vivido un año de gracia muy importante, y la Asamblea nos orientará con las pautas para la tarea evangelizadora de los próximos años. Y deseo agradecer, de manera especial, a todos los que habéis hecho posible este Año Jubilar y esta Asamblea Diocesana, así como a don Fidel, que fue quien puso la primera piedra de este precioso aniversario que ahora nos cobija.

 

Ochocientos años de vida que nos recuerdan, una y otra vez, que la Iglesia es el templo del Espíritu Santo. Ocho siglos de oración, fe, camino, encuentro y comunión. Un templo vivo donde se guarda el milagro más maravilloso y el tesoro más grande del mundo: la Eucaristía custodiada por la mirada amorosa de la Virgen María, a Quien está dedicado este templo.

 

«No hay Iglesia sin Pentecostés y no hay Pentecostés sin la Virgen María», expresó el Papa emérito Benedicto XVI, refiriéndose a la Santísima Virgen, en el rezo del Regina Coeli de mayo de 2010. Ponemos nuestra esperanza en María, quien «conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19.51). Que Ella, que alienta el corazón de los discípulos antes de recibir el Don del Espíritu prometido por Jesús, nos acoja y nos proteja bajo Su manto en esta gran fiesta del Espíritu que, sin duda alguna, dejará una huella imborrable en nuestra archidiócesis y en nuestras vidas.

 

Recibid la bendición de Dios en esta entrañable solemnidad.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

El próximo domingo de Pentecostés, clausura del Año Jubilar

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Estamos viviendo los últimos compases del Tiempo de Pascua. Hemos participado de muchas maneras en el año jubilar que el Santo Padre concedió a nuestra Archidiócesis con ocasión del octavo centenario de nuestra catedral. El próximo domingo, solemnidad de Pentecostés, viviremos la clausura de este año jubilar. A las cinco de la tarde comenzaremos con un festival de música con grupos procedentes de toda la provincia. Y a las siete y media de la tarde celebraremos la Eucaristía de clausura. El Sustituto de la Secretaría de Estado de la Santa Sede, Monseñor Edgar Peña Parra, presidirá la celebración a la que estamos convocados todos los que formamos esta querida Iglesia burgalesa. Os invito vivamente a participar de este evento singular que dejará una huella imborrable en nuestras vidas y en nuestras comunidades. Que la alegría de este tiempo jubilar quede sellada por el Espíritu Santo que ha animado también el transcurso de nuestra Asamblea diocesana que vivirá en esta jornada su gozosa culminación.

 

Este domingo, solemnidad de la Ascensión del Señor, celebramos la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Con el lema Escuchar con los oídos del corazón, la Iglesia destaca el papel indispensable de la comunicación para la vida plena: «Hay una buena noticia que debe ser comunicada y conocida para el bien de todos», tal y como proponen los obispos de la Comisión Episcopal para las Comunicaciones Sociales de la Conferencia Episcopal Española.

 

La buena noticia siempre es Jesús, y el camino para alcanzar la palabra adecuada siempre es el amor. Y, para ello, necesitamos aprender a escuchar, dejarnos tocar por la palabra de aquel que viene a nuestro encuentro en busca de un corazón generoso y de una mirada amable que sostenga su cansancio.

 

Escuchar es un verbo decisivo «en la gramática de la comunicación» y una condición imprescindible «para un diálogo auténtico», exhorta el Santo Padre para esta Jornada. En verdad, «estamos perdiendo la capacidad de escuchar a quien tenemos delante, sea en la trama normal de las relaciones cotidianas, sea en los debates sobre los temas más importantes de la vida civil».

 

El Evangelio es una llamada constante al corazón del otro, un camino empapado de servicio, un legado inmarcesible de amor. Pero el ardor evangelizador necesita una comunicación profunda, inseparable, real. Los cristianos hemos de comunicar la Verdad de una manera sana, delicada y constructiva. Pero esto solo es posible si escuchamos con los oídos del corazón, si despertamos nuestros sentidos a las necesidades de quienes nos hablan, si oímos a Dios en las voces laceradas de los hermanos.

 

Decía san Pablo que la fe «proviene de la escucha» (Rm 10,17). Una escucha paciente, afable y compasiva que «corresponde al estilo humilde de Dios», como recuerda el Papa Francisco, que «permite a Dios revelarse como Aquel que, hablando, crea al hombre a su imagen; y, escuchando, lo reconoce como su interlocutor». Dios ama al hombre: «Por eso le dirige la Palabra, por eso “inclina el oído” para escucharlo».

 

Y, para ello, es necesario escuchar a Dios en el silencio, que es una manera admirable de comunicar. Así lo enseñaba Santa Teresa de Calcuta cuando confesaba que «en el silencio Él nos escucha y habla a nuestras almas», pues «en el silencio se nos concede el privilegio de escuchar su voz». Y aunque sus tiempos y sus modos no son siempre los nuestros, hemos de vaciarnos de nuestras cosas para poder comunicarnos con Él; y, desde Él, a nuestros semejantes.

 

Esta Jornada preserva la necesidad que existe en la Iglesia de escuchar. Asimismo, nos recuerda que «no se comunica si antes no se ha escuchado», y que «no se hace buen periodismo sin una profunda capacidad de escuchar con el corazón», revelan los obispos de la comisión para las comunicaciones sociales.

 

Queridos comunicadores: le pido, de manera especial, a la Virgen María por vosotros, para que infunda su gracia sobre vuestros oídos, vuestras voces y vuestras manos, para que –en medio de las dificultades– podáis escuchar con los oídos de Dios hasta poder hablar con el eco compasivo de Su palabra.

 

Con gran afecto, os deseo un feliz domingo de la Ascensión.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Pastoral de la salud: «Donde unos ven fragilidad, nosotros vemos un momento de acercarnos a Dios»

por redaccion,

 

«Allí donde unos ven fragilidad, nosotros vemos un momento de acercarnos a Dios». El dolor, el sufrimiento y la enfermedad se convierten así en lugares donde «evangelizar y dejarse evangelizar», un panorama que es necesario «fortalecer» después de más de dos años de pandemia en parroquias y equipos de pastoral de la salud. Son algunas de las propuestas que la Asamblea Diocesana ha puesto sobre la mesa en sus reflexiones sobre el mundo de la salud y que, a falta de hacerse público el documento final, el pasado domingo fueron «adelantadas» durante la celebración de la Pascua del Enfermo. José Luis Lastra, vicario de Pastoral, aseguró que aunque muchas de las iniciativas presentadas no supongan «nada nuevo», sí es necesario «renovar» el «modo de ser Iglesia ante los que sufren limitaciones».

 

Crear equipos de pastoral de la salud; mejorar la atención a las personas mayores en residencias o en sus casas; reforzar la formación de las personas que acompañan a los enfermos y preparar voluntarios sanitarios que quieran ser la «prolongación» de los sacerdotes donde estos no puedan llegar –como ucis u otras zonas de aislamiento– son algunas de las propuestas. También se plantea dar a conocer el Centro Diocesano de Escucha, crear parroquias samaritanas que salgan al encuentro de los enfermos y una mejor coordinación entre parroquias, Cáritas y centros y entidades sociales que trabajan en el ámbito de la enfermedad.

 

«El Espíritu Santo y nosotros»

 

Como indicó Lastra, que presidió la eucaristía en la Catedral, las decisiones adoptadas por la Asamblea Diocesana son el reflejo de un discernimiento de la comunidad cristiana de Burgos en un ambiente de oración. «Cuando los cristianos nos reunimos en actitud fraterna, en ambiente de oración para analizar problemas y debatirlos, cuando dialogamos y somos capaces de incorporar matices y visiones, cuando al final decidimos… cuando lo hacemos con tranquilidad y espíritu cristiano de verdad podremos decir al final, como los primeros cristianos, «hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros»». Como expresó, «el Espíritu no es monopolio de nadie, sino que habita en cada uno de los bautizados. Actúa, vive, a través de cada uno de los bautizados; cuando nos reunimos y discernimos juntos hacemos avanzar a la Iglesia».

 

«No nos salva una ideología ni formar parte de un partido político; no nos salva pertenecer a un movimiento en la Iglesia, a una corriente, a un grupo. Nos podrán ayudar, pero el único que salva y da sentido a nuestra vida en plenitud es Jesús», subrayó.

 

La Pascua del Enfermo se celebra en España coincidiendo con el VI domingo de este tiempo litúrgico. Con esta fiesta concluye la «campaña del Enfermo» que, este año con el lema «acompañar el sufrimiento», se iniciaba el pasado 11 de febrero, fiesta de la Virgen de Lourdes.

Aliviar y acompañar hasta el final a quien sufre

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy perpetuamos que Cristo cura, cuida y acompaña a la persona que sufre: hoy celebramos la Pascua del Enfermo. Este VI Domingo de Pascua, fecha que cierra la Campaña que comenzó el 11 de febrero con la Jornada del Enfermo, nos anima a acercarnos –con sumo cuidado– al mundo de los enfermos, de sus familias y de los profesionales sanitarios y voluntarios que se dejan el alma en cada herida por sanar.

 

Acompañar en el sufrimiento: el corazón de este tema nos urge a dejar a un lado lo superfluo para aproximarnos a aquellos que están sumergidos en el aciago horizonte del sufrimiento. Ellos, quienes están librando una batalla contra la enfermedad, siempre han estado en el centro de la vida de la Iglesia. Porque Dios, de manera constante, sale al encuentro de los que sufren; y con más fuerza, aún, y con una delicadeza especial, posa su mano sobre esos corazones desgarrados que anhelan una sola palabra Suya para sanarse.

 

Cristo encomendó a su Iglesia la misión de cuidar a los enfermos «hasta el final de sus vidas, abrazando todas las consecuencias», recordaba el Papa Francisco en el marco de la XXX Jornada Mundial del Enfermo. En este sentido, «el testigo supremo del amor misericordioso del Padre a los enfermos es su Hijo unigénito». ¿Quién, sino Él, «recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias de la gente» (Mt 4,23)?

 

La experiencia vivida durante estos dos últimos años con la pandemia de la Covid-19, tal y como rememoran los obispos de la Subcomisión de Acción Caritativa y Social de la Conferencia Episcopal Española, «nos ha mostrado nuestra vulnerabilidad» y, sobre todo, «nos ha hecho percibir la necesidad de acompañar a los que sufren cualquier tipo de enfermedad».

 

Hemos de tocar la carne sufriente de Cristo: acompañar su dolor, curarlo y ayudar a buscarle un sentido. Y el enfermo es, por encima de todo, el centro de nuestra caridad pastoral. El grito del hermano que sufre reclama nuestra presencia, nuestra mano, nuestra mirada: a veces, con la palabra; otras, con el silencio. Pero siempre con amor.

 

Incluso cuando no es posible curar, sostiene el mensaje de mis hermanos obispos, «siempre es posible cuidar, consolar y hacer sentir nuestra cercanía». Son muy convenientes la paciencia, la delicadeza, la quietud, el afecto y la misericordia. Así, prosiguiendo la huella compasiva del Padre (Lc 6, 36) y continuando la tarea que nos encomendó el apóstol Pedro, «hemos de estar dispuestos a dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pida» (1 Pe 3, 15).

 

La fragilidad es una escuela de vida y de esperanza para aprender a vivir como solo Jesús vivió, y los sacramentos son la mano extendida del Padre donde encontrar el alivio que dé sentido al sufrimiento.

 

Queridos familiares, agentes sanitarios, voluntarios y miembros de los equipos de pastoral de la salud que acompañáis y cuidáis a diario de las personas que sufren: gracias por ser posada samaritana que refleja el rostro de Cristo, por dejaros tocar, por abrirle paso en vuestra propia vida al dolor del herido, por ser presencia esperanzada, cercanía constante y palabra habitada. Vuestro es el de María, al pie de la cruz.

 

Queridos enfermos: no estáis solos, tenéis un hogar abierto con vuestros nombres y aunque ahora, quizá, os cieguen el sufrimiento, la pesadumbre o la angustia, existe la esperanza verdadera y se llama Cristo. Y lo es, porque está deseando que os dejéis acoger en sus brazos para llevar, sobre Sus hombros, vuestro dolor: hasta que la pena alcance sosiego y se abra a la confianza y la paz, hasta darle el sentido del amor que –al caer de la tarde– anhela el corazón humano.

 

Hoy, en esta Pascua del Enfermo, nos acogemos a María, Salud de los enfermos y Consoladora de los afligidos. Que Ella, quien más sabe de fidelidad y de cuidado, nos enseñe a acompañar a quien sufre; para que seamos bienaventuranza en Sus manos y para que podamos mirar al Señor y escuchar cómo nos dice: «Estuve enfermo y me visitasteis» (Mt 25, 36).

 

Con gran afecto, pido al Señor que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

arzobispo de Burgos