El Seminario San José acoge un encuentro diocesano de coros

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El Seminario de San José acogerá el próximo 16 de febrero, de 16:45 a 20:30 horas, un encuentro diocesano de coros, organizado por la delegación de Liturgia con el objetivo de ofrecer un espacio en el que coralistas y grupos que animan las celebraciones en distintas parroquias compartan su experiencia y sus conocimientos.

 

Así, se han programado una dinámica de respiración y canto y tres talleres, sobre canciones –cada uno de los coros compartirá una canción que deberá enviarse por correo electrónico al formalizar la inscripción–, guitarra y percusión. En estos dos últimos es necesario llevar los instrumentos que habitualmente se toquen. También habrá un momento para hablar sobre la música en la liturgia.

 

Para participar en el encuentro es necesario inscribirse antes del 10 de febrero enviando un email a la dirección delegacion.liturgia@archiburgos.es, indicando nombres y edad de los participantes y el taller elegido por cada uno ellos.

Cursillos de Cristiandad: una experiencia vivida por más de 7.000 personas

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El pasado fin de semana se celebró en el Seminario diocesano de San José un nuevo Cursillo de Cristiandad. Ha sido el número 238 que se celebra en la diócesis desde que este movimiento comenzase su andadura en Burgos hace ahora 60 años.

 

Diecinueve personas, entre los que se encontraban algunos jóvenes que recibirán próximamente el sacramento de la confirmación, han participado en este cursillo, que no es sino «una experiencia vivencial que pretende despertar en los asistentes al mismo el hambre de Dios», tal como señalan los organizadores. Con cincuenta horas de convivencia, en un cursillo se proclama lo fundamental del mensaje cristiano para «despertar o intensificar la fe de los cursillistas». Una fe que más adelante puede ser acompañada, de manera comunitaria, formando parte activa del movimiento.

 

Cursillos de Cristiandad, nacido en los años 40 en Mallorca, es un Movimiento eclesial de difusión mundial, presente en los cinco continentes, que actúa en el interior de la Iglesia Católica, sintiéndose vocacionado a participar activamente en la gran misión del anuncio del evangelio a través de un método propio y kerygmático. Aquí en Burgos, más de 7.000 personas han pasado por el Cursillo en sus sesenta años de presencia en la diócesis.

«Hacerme catequista ha sido una de las mejores decisiones de mi vida»

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JAVIER RUIZ 2

 

Javier Ruiz-Capillas Páramo nació en Burgos en 1971. Aunque vive en el barrio del G-3 de la capital burgalesa, está vinculado a la parroquia de San Cosme y San Damián, a la que pertenecía su esposa. Es miembro de la Cofradía del Santísimo Sacramento y de Jesús con la Cruz a Cuestas. También pertenece al coro parroquial y desde hace seis años es catequista de un grupo de niños y niñas para la preparación de la Confirmación. En su adolescencia participó en numerosas actividades organizadas por la Milicia de Santa María. Es ingeniero técnico de profesión y actualmente trabaja en el ámbito de la automoción.

 

Decidió ser catequista porque se lo pidió el párroco de San Cosme y San Damián. «Ya pertenecía a la Cofradía de la parroquia y la decisión no fue nada fácil», confiesa. «Para mí ser catequista es algo muy serio, porque se trata de conocer a Jesús lo mejor posible para darlo a conocer a los demás, en este caso a los niños de catequesis. Lo tuve que pensar y meditar y finalmente me decidí y le dije que sí». A pesar de las dudas, asegura que no se arrepiente de su decisión. «Es cierto que me obliga a esforzarme, porque hay que conseguir que los niños mantengan la atención y que les resulte atractivo. Al principio para mí fue complicado porque no tenía experiencia en el trato con los niños, pero Maxi (el párroco) me ayudó mucho en la preparación y eso fue una gran ventaja». Aunque en su opinión la tarea no es sencilla, «con interés y dedicación, preparándolo bien, considero que cualquier persona puede ser catequista», añade. «Creo que ha sido muy positivo en mi vida haber dado el paso para dar catequesis, quizá ha sido una de las decisiones mejores que he tomado en mi vida. Por eso animo a todos a dar el paso de un mayor compromiso con la Iglesia para que se hagan catequistas, porque es muy positivo para fortalecer la fe propia y transmitirla a los demás».

 

Actualmente prepara a ocho niños y niñas para recibir la confirmación. «Lo que hacemos es muy variado, primero una breve oración de entrada, luego repasamos el compromiso de la semana, porque cada domingo nos ponemos un compromiso a desarrollar y después hacemos una actividad en la que participan los niños, dan sus opiniones, exponen sus puntos de vista, también de vez en cuando vemos algún video y luego lo comentamos entre todos. Hay domingos que nos toca preparar la Eucaristía y entonces nos centramos en la lectura del Evangelio y preparamos las peticiones para misa. Cada catequesis es diferente, pero en grandes líneas esto es lo que hacemos».

 

Javier cree que a los niños sí les interesa la catequesis, «de lo contrario no vendrían». «A mí me duele mucho cuando un niño deja de venir a la catequesis porque me siento culpable del fracaso y lo paso muy mal. Considero que los padres son fundamentales para que los hijos vengan a la catequesis, porque son quienes realmente pueden influir y animar para que lo hagan, por eso cada domingo doy las gracias a los niños por haber venido y a los padres que les acompañan, por haberlos traído».

 

Prepara cada sesión sesión de catequesis con la guía editada por la diócesis, que propone temas interesantes para tratar cada domingo. «Pero no debemos perder de vista que los catequistas somos sembradores, presentamos a Jesús a los niños y luego debemos dejar que establezcan una relación personal con Dios», advierte. «Además, también considero fundamental que seamos capaces de dejar en los niños una idea clara de lo que es la Iglesia, como comunidad a la que pertenecemos y que nos acompaña a lo largo de la vida y en las dificultades y que sepan que siempre, pase lo que pase, la Iglesia tiene las puertas abiertas y la mano tendida para acogerles.

 

«La llama de la Iglesia sigue encendida»

 

En cuanto al descenso del número de niños que acuden a catequesis, considera «muy arriesgado intentar medir el éxito o el fracaso de la catequesis, porque nosotros como he dicho antes somos sembradores y no veremos los resultados. Y tampoco creo que se pueda medir por el número de niños, mayor o menor. El catequista se debe de entregar con la misma ilusión sean muchos o pocos».

 

Sí es un problema que la mayoría de ellos dejen de acudir a la Iglesia en cuanto concluye la catequesis de confirmación. «Es un asunto que las parroquias ya han detectado y se intenta poner remedio a ello. Cuando acaba la catequesis de confirmación da la impresión de que termina un ciclo de presencia del joven en la parroquia y no es así. En San Cosme todos los viernes se programan actividades para los jóvenes que ya no tienen la edad de acudir a catequesis, lo llamamos Life Teen y acuden diversos grupos de jóvenes para hacer actividades o simplemente estar juntos. Las parroquias deben buscar alternativas para estos jóvenes».

 

Es más, se muestra optimista «porque hay mucha gente trabajando y poniendo ilusión en ello. Además, no todo depende de nosotros, si fuera así estaríamos apañados, pero no depende de nosotros sino de Dios y creo que la llama de la Iglesia sigue encendida».

Imagen del mes: Purificación de María y Presentación del Señor en el Templo

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Presentación

 

Traemos como imagen del mes el retablo de la Purificación de María y Presentación del Señor en el Templo, ya que el 2 de febrero se celebra dicha fiesta. Todos los hijos primogénitos, según la religión judía, tenían que ser consagrados a Yahvé, en recuerdo de los primogénitos de Egipto. Estos niños, cuarenta días después de su nacimiento, eran llevados al templo, donde también tenía lugar la purificación de la madre. Lógicamente ambas celebraciones se fueron entrelazando a lo largo de los siglos. María y José cumplieron con esta costumbre, llevando a su hijo al templo con la ofrenda que prescribía la Ley (Lc 2,22-40). En este acontecimiento, el anciano Simeón reconoce al Niño como el Salvador prometido. La profetisa Ana, también presente, se suma al canto de alabanza de Simeón.

 

El retablo que contemplamos se halla en el centro del altar mayor de la Capilla de la Purificación o del Condestable, que se concibió con finalidad funeraria por el matrimonio formado por Pedro Fernández de Velasco, Condestable de Castilla, y por su esposa Mencía de Mendoza, hija del Marqués de Santillana, familia muy encumbrada en esta época. Una bula papal de 1486 autorizó canónicamente la construcción de esta capilla. Puede considerarse concluido lo fundamental de la construcción de la misma en 1517, muertos ya los fundadores. En el centro de la capilla se encuentra el soberbio sepulcro en mármol de sus fundadores, con mucha probabilidad obra de Felipe de Vigarny entre 1525 y 1532.

 

El retablo mayor de esta capilla, claramente renacentista, fue realizado durante los años 1522 a 1526 por los escultores Diego de Siloé y Felipe de Vigarny con dorado y policromía a cargo del pintor León Picardo. La organización estructural de la arquitectura resulta novedosa, disponiendo para el grupo principal un amplio espacio, a manera de escenario, donde se desarrolla la escena titular de la advocación de la capilla: Purificación. Sus esculturas expresan la diferencia modal de ambos escultores: el clasicismo de Diego de Siloé en el grupo de la Virgen, el Niño, San José y una doncella como canéfora; y la minuciosidad de Vigarny en los ancianos, Simeón y Ana.

 

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«El Estado no se puede quedar al margen de la atención espiritual de los enfermos»

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Son igual que el resto del personal del Hospital Universitario de Burgos: tienen sus tarjetas de acceso a zonas reservas a los médicos, como la UVI o el parking de empleados; están sujetos a un determinado horario laboral; llevan un busca en el bolsillo para estar localizados en todo momento; comen junto a la plantilla en el restaurante del complejo hospitalario y también visten bata blanca. Sin embargo, su especialidad médica no se circunscribe al ámbito físico, sino espiritual. Los capellanes del HUBU están allí cumpliendo también con un servicio público, el de dar respuesta a una de las necesidades más acuciantes cuando llega la enfermedad, la de paliar los dolores del alma. «El Estado no se puede quedar al margen de la atención espiritual de los enfermos, es un derecho de los pacientes, porque el ser humano no es un sujeto simplemente físico, es también espiritual. Y ahí es donde entra también la Iglesia, que debe acompañar a los enfermos igual que hizo Jesús».

 

Así habla Ezequiel Rodríguez Miguel, el coordinador del trabajo que realizan junto a él otros dos sacerdotes, Pablo Gutiérrez y Amancio Martínez. Entre los tres se reparten la atención pastoral en el extenso complejo asistencial, que va desde celebrar la eucaristía, confesar a los pacientes, administrar el sacramento de la unción de los enfermos o, simplemente, charlar. «Intentamos acompañar procesos en la medida de nuestras posibilidades y nos gustaría escuchar más, atender más las solicitudes… pero aquí hay mucho trabajo», revela Rodríguez, a quien muchos llaman cariñosamente con el sobrenombre de «Zeque».

 

En efecto, las cifras dan cuenta del trabajo realizado. Solo en el último trimestre de 2018, los capellanes del HUBU visitaron 4.100 habitaciones y distribuyeron 1.500 comuniones; administraron 146 unciones de enfermos y confesaron a 54 pacientes que solicitaron el sacramento del perdón. Además, las llamadas a su busca o al teléfono móvil les empujaron a hacerse presentes en 177 intervenciones en urgencias hospitalarias y acompañar en el duelo por la muerte repentina de algún ser querido a 27 familias.

 

Y es que su trabajo no solo se circunscribe a los pacientes, sino que se alarga hasta sus familiares y amigos e, incluso, al propio personal sanitario. «El acompañamiento a las familias es muy importante –revela Zeque–, pues ellas sufren tanto o más que los enfermos, con angustia y en muchas ocasiones con doblez, pues intentan ser fuertes ante los pacientes pero después se derrumban cuando hablan con nosotros». Con el resto del personal del hospital, «el trato es siempre muy cercano; el trabajo quizás nos impide conocernos más, pero siempre nos saludamos con agrado y los médicos y enfermeras colaboran con nosotros, avisándonos de las peticiones de los pacientes e informándoles del servicio de capellanía católica». Su presencia es callada y silenciosa pero su quehacer sirve para «intentar humanizar la medicina y el propio hospital». De ahí que también asistan con asiduidad a cursos específicos de formación: «Hay que estar muy bien formados, nuestro trabajo es delicado y hay que lograr personas idóneas para desempeñar la capellanía».

 

Tanto trabajo bien podría requerir la presencia de más sacerdotes. Sin embargo, los capellanes cumplen escrupulosamente con la ley y los convenios de colaboración entre la diócesis y las instituciones públicas. «Los convenios exigen que la atención espiritual esté cubierta las 24 horas del día y por eso somos tres capellanes, para que con tres turnos de ocho horas cubramos un día completo». Existen protocolos marcados entre la Conferencia Episcopal y el ministerio de Sanidad, así como entre la diócesis de Burgos y SACYL, y los propios capellanes hacen memoria de su trabajo para entregar a la Gerencia del Hospital, con quien «existe muy buen trato».

 

Zeque asegura que su presencia en el Hospital «no es un privilegio, sino un deber del Estado y de la Iglesia», que deben cubrir las necesidades espirituales de los enfermos. De hecho, los capellanes aseguran que pocas veces encuentran rechazo a su labor y que los propios pasillos del HUBU «favorecen nuestra misión como representantes de la Iglesia de llevar a Jesús a quienes están sufriendo».