Conviértete y cree en el Evangelio

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Esta semana, con el Miércoles de Ceniza, comenzamos el tiempo de Cuaresma: cuarenta días de preparación y conversión, en una senda bautismal, caminando de la mano de Cristo en su retiro al desierto.

 

El Miércoles de Ceniza, día de ayuno, abstinencia y oración, marca la senda inicial del tiempo de preparación a la Pascua, y nos recuerda a todo el Pueblo de Dios que nuestra vida es el preámbulo de lo que nos ha prometido el Señor en la Vida Eterna.

 

La tradicional imposición de la ceniza (que se elabora a partir de la quema de ramas de olivo del Domingo de Ramos del año anterior) nos recuerda, mediante la señal de la cruz, que nuestra fragilidad se transforma en fortaleza al ser abrazada en el amor de Dios. El símbolo del nacimiento de estas cenizas conmemora que lo que fue signo de triunfo, pronto se reduce a nada.

 

Por tanto, no es un día cualquiera: es el anuncio de algo grande, bello y maravilloso. Y este signo nos llama a prepararnos, de una manera especial, para recibir la ceniza. Este día inicia un nuevo camino cuaresmal «que se desarrolla por cuarenta días y que nos conduce al gozo de la Pascua del Señor, a la victoria de la Vida sobre la muerte», expresó el Papa emérito Benedicto XVI, en 2013, en la Basílica de San Pedro, en uno de los últimos actos públicos de su Pontificado.

 

Entonces, hoy cabe que nos preguntemos: ¿cómo nos preparamos para recibir la ceniza? ¿De qué manera desea la Iglesia transformar nuestro corazón en un día como este?

 

La ceniza simboliza la muerte, la conciencia de la nada y de la vanidad de aquello que creemos alcanzar por nosotros mismos. Este signo de conversión, preámbulo del destino final que es la eternidad, reconoce la propia fragilidad, la debilidad de un corazón penitente que necesita ser redimido por la misericordia de Dios.

 

«La sugestiva ceremonia de la Ceniza eleva nuestras mentes a la realidad eterna que no pasa jamás, a Dios; principio y fin, alfa y omega de nuestra existencia», confesaba el Papa san Juan Pablo II el 16 de febrero de 1983. La conversión es «un volver a Dios», valorando las realidades terrenales «bajo la luz indefectible de su verdad». Una valoración, decía el Papa, «que implica una conciencia cada vez más diáfana del hecho de que estamos de paso en este fatigoso itinerario sobre la tierra, y que nos impulsa y estimula a trabajar hasta el final, a fin de que el Reino de Dios se instaure dentro de nosotros y triunfe su justicia».

 

Os animo a comenzar este itinerario cuaresmal dejándoos interpelar y seducir por la Palabra y su sentido; para que este hábito penitencial transforme el desánimo en gozo, para vivir los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo en la Semana Santa.

 

«Conviértete y cree en el Evangelio» (Mc 1, 15) son las palabras que marcan nuestra frente, que acogen el don gratuito de la salvación que Dios nos ofrece y que nos impulsa a renovar y a recorrer –junto a Jesús– el camino hasta llegar a la Pascua de Resurrección.

 

Convertirnos ha de ser la tarea de cada día, volviendo nuestros ojos a Él, para que su amor transforme nuestra frágil condición de hijos quebradizos y pródigos. Solo su gracia, cuando más nos cueste creer, puede transformar nuestra alma.

 

Creer con fe es la entrada a la nueva vida. Nuestro testimonio, expresaba con una confianza inquebrantable el Papa emérito Benedicto XVI aquel 2013, «será más incisivo cuando menos busquemos nuestra gloria y seremos conscientes de que la recompensa del justo es Dios mismo, el estar unidos a Él, aquí abajo, en el camino de la fe, y al final de la vida, en la paz y en la luz del encuentro cara a cara con Él para siempre (cf. 1 Co 13, 12)».

 

El Evangelio es la Palabra de Dios, su alianza perpetua con el hombre, la invitación a una felicidad que encuentra su desenlace en el Cielo. Por tanto, nuestro a acoger al Camino, la Verdad y la Vida (cf. Jn 14, 6) es entregarnos cada día a la Palabra; hasta reposar, si es necesario, cada uno de nuestros latidos en el corazón del Verbo encarnado.

 

Tomando conciencia de nuestra fragilidad, le pedimos a la Virgen María que nos ayude a prepararnos en este sendero de conversión que ahora volvemos a recorrer. Que Ella, quien conoce la humildad en nombre de Cristo, nos lleve de la mano a reconciliarnos con Dios y entre nosotros, agitados por guerras y divisiones. Ahora, como dice el apóstol san Pablo, «es el tiempo favorable, el día de la salvación» (2 Cor 5, 20-6,2).

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

El arzobispo inicia la visita pastoral a la archidiócesis

por redaccion,

 

Aunque ya ha visitado más de un centenar de comunidades parroquiales y numerosas casas de religiosos desde que llegara a Burgos hace más de dos años y medio, el arzobispo, don Mario Iceta, comienza esta semana de forma oficial su visita pastoral a la archidiócesis. Se trata de un cometido que todos los obispos deben realizar en sus respectivas diócesis, al menos, cada cinco años, tal como exige el Código de Derecho Canónico. El objetivo de esta encomienda es visitar las «personas, instituciones católicas, cosas y lugares sagrados que se encuentran dentro del ámbito de la diócesis» para conocer su situación real.

 

El vicario territorial, Julio Andrés Alonso, será el encargado de coordinar esta visita canónica, que comienza esta semana en dos de las parroquias del arciprestazgo del Vega, en la zona sur de la capital. «Es un momento de gracia, es el encuentro entre el Pueblo Santo de Dios y su pastor, quien ha sido puesto al frente para cuidar, alentar, predicar la Palabra y celebrar los sacramentos», asegura el arzobispo en un video mensaje dirigido a todas las comunidades de la archidiócesis. «Para mí va a ser una experiencia muy gozosa, estoy seguro de que el Señor nos va a bendecir. Voy a celebrar la eucaristía con vosotros, a reunirme con niños, jóvenes, adultos y familias, a visitar a los enfermos, participar en vuestros grupos de evangelización, de catequesis, de Cáritas y de asistencia a los necesitados… Pido al Señor que nos bendiga, nos sostenga y nos llene de sus dones en esta visita pastoral».

 

Agenda en Burgos-Vega

 

La primera parada de esta visita pastoral será la parroquia de la Santa Cruz, en el barrio del Crucero, y San Martín Obispo, en Cortes. El arzobispo conocerá sus grupos, actividades y comunidades religiosas en el transcurso de esta semana. Del 27 de febrero al 3 de marzo, don Mario Iceta visitará la demarcación de la parroquia de San Pedro y San Felices; del 6 al 12 de marzo la parroquia de San Josemaría Escrivá; del 13 al 19 conocerá el entorno de San José Obrero, mientras que San Cosme y San Damián recibirá la visita pastoral del 20 al 26 de marzo. La unidad pastoral de Nuestra Señora del Pilar y San Antonio Abad recibirán la visita canónica del 1 al 7 de mayo y cerrará este ciclo la parroquia de San Julián (la semana del 8 al 14 de mayo).

Cuidar en la fragilidad

por redaccion,

Queridos hermanos y hermanas:

 

«La enfermedad forma parte de nuestra experiencia humana», pero «si se vive en el aislamiento y en el abandono, si no va acompañada del cuidado y de la compasión, puede llegar a ser inhumana». Con estas palabras, el Papa Francisco comienza su mensaje para la XXXI Jornada Mundial del Enfermo que, como cada año, celebramos el próximo 11 de febrero, festividad de Nuestra Señora de Lourdes.

 

Ciertamente, el camino de la enfermedad, en todos sus sentidos, limitaciones y circunstancias es común a todos los seres humanos. Y solo puede vivirse en paz mediante la delicadeza en el cuidado y la compasión de quien acompaña, siendo presencia esperanzada, todo el tiempo que haga falta.

 

La Jornada Mundial del Enfermo es un día especial para toda la Iglesia, pues del servicio incansable a los enfermos y de la preciosa vocación de cuidar penden la verdad del amor. Así lo manifiesta el Santo Padre con el lema Cuida de él, poniendo en el centro la compasión, para recordarnos que «es precisamente a través de la experiencia de la fragilidad y de la enfermedad, como podemos aprender a caminar juntos según el estilo de Dios, que es cercanía, compasión y ternura».

 

La fragilidad, desde una mirada evangélica, nos mantiene más cerca de Dios, de su ofrenda derramada, del Misterio que nos convoca cada día junto a quienes sufren la enfermedad. Es la manera de nacer al Amor, mientras el sufrimiento adormecido encuentra sentido a los pies de la Cruz.

 

Cuando asolan las horas difíciles, a todos nos cuesta comprender tanto silencio confuso. En verdad, nunca estamos suficientemente preparados para abrazar la enfermedad. Y, a menudo, como escribe el Papa, «ni siquiera para admitir el avance de la edad». Nos cuesta hacer sitio a la fragilidad porque «tenemos miedo a la vulnerabilidad» y, a menudo, «la cultura omnipresente del mercado nos empuja a negarla».

 

La Palabra de Dios es luz y, si hemos sido hechos «para la plenitud que solo se alcanza en el amor» (Fratelli tutti, 68), no podemos vivir indiferentes ante el sufrimiento de nuestros hermanos. En la parábola del buen samaritano, «Cuida de él» (Lc 10,35) es la recomendación del samaritano al posadero. Jesús, incide el Santo Padre, «nos lo repite también a cada uno de nosotros: “Anda y haz tú lo mismo”».

 

La Iglesia en España, con el departamento de Pastoral de la Salud al frente de esta causa tan importante, inicia la Campaña del Enfermo que concluirá con la Pascua del Enfermo el VI Domingo de Pascua. Con el lema Déjate cautivar por su rostro desgastado, quiere poner el foco en el cuidado de los mayores. La necesidad del cuidado y de la compasión «es particularmente necesaria en las personas que añaden a la enfermedad el peso de los años». De ahí la importancia de dejarnos interpelar por el rostro del Cristo enfermo.

 

La comisión episcopal agradece en su mensaje la misión pastoral de aquellos que cuidan «a quienes padecen por la enfermedad y las limitaciones que los años nos van imponiendo». Una misión pastoral, reconoce, que «siempre actualiza la caridad de Cristo que tuvo en los que sufren a sus preferidos». Y se dirige, de manera personal, a cada uno de ellos: «Tened la certeza de estar cada uno en el corazón de la Iglesia».

 

Ojalá esta celebración, instituida el 13 de mayo de 1992 por el Papa san Juan Pablo II, nos sensibilice a todo el Pueblo de Dios ante la necesidad urgente y primordial de asegurar la mejor asistencia posible a los enfermos en todas sus dimensiones. Y así, dejándonos cautivar por el rostro de Jesús que se refleja en los enfermos, seamos, cada vez, más samaritanos, más hermanos y más humanos.

 

A través de la intercesión de la Virgen María, hagamos nuestra la petición del salmista: «No me rechaces ahora en la vejez; me van faltando las fuerzas, no me abandones» (Sal 71,9). Prendámonos del rostro de los mayores y ayudémosles a dar sentido a su fragilidad. Que este caminar juntos en clave sinodal, donde enfermo y cuidador se acompañan en lo profundo, nos ayude a acoger la invitación del Papa de «volver a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño» (Evangelii gaudium, 288).

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Donde hay vida consagrada, hay esperanza

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Celebrar la Jornada de la Vida Consagrada «pasa, en realidad, por acoger con un corazón dispuesto y confiado la senda que se abre a nuestros pies consagrados cada día de nuestra existencia». Con estas palabras, que son anuncio y testimonio de una vocación –vivida en gratuidad– que exige hacer un alto en el camino para agradecer el don de la vida consagrada, tal y como el Espíritu la va suscitando, los obispos de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada desean mostrar un horizonte nuevo «bajo el signo de la esperanza en Jesús Resucitado».

 

Con Dios, quien hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5), cada mañana nace de un modo distinto. Por eso, caminar, aunque a veces se agoten las fuerzas, supone dejarse sorprender por una esperanza que encuentra su plenitud en la mirada compasiva del Señor. Él no se cansa de hacer camino con nosotros; porque anhela un corazón que no se encierre en sí mismo, porque espera que cultivemos una visión renovada de la vida consagrada.

 

El lema de este año, Caminando en esperanza (que conecta con el Sínodo 2021-2024), alienta a contemplar el talante y el horizonte» de los que se consagran a Dios para «ser cada día apóstoles del reino, levadura en la masa, semilla en la tierra, sal en el mundo y candelero en lo alto. Caminando –explican, desde la Comisión, en su carta– «es un gerundio que hace referencia a una acción continua y persistente, que no se cansa ni se detiene». En esperanza, indica «un modo muy concreto de llevar adelante dicha acción, a través de esta virtud cristiana necesaria para quien desea vivir en marcha y volcado hacia el futuro que hemos de construir todos los miembros de la Iglesia unidos».

 

La vida consagrada «es encontrar a Dios en las cosas concretas». Estas palabras, pronunciadas por el Papa Francisco en la Eucaristía con ocasión de la XXIII Jornada Mundial de la Vida Consagrada, recuerdan dónde nace el latido de tantos hombres y mujeres que deciden consagrar su vida al servicio de Dios y de los hermanos: «La vida consagrada no es supervivencia, es vida nueva, es un encuentro vivo con el Señor en su pueblo». Y en esa llamada a la «obediencia fiel de cada día y a las sorpresas inéditas del Espíritu», descubrimos la visión profética que revela lo que de verdad importa: ver a Dios presente en el mundo, aunque muchos no se den cuenta.

 

El próximo jueves, día en que celebramos la fiesta de la Presentación del Señor, recordamos cómo María y José, fieles a la tradición de su pueblo, entran en el templo con su Hijo a los cuarenta días de su nacimiento. También nosotros, cuarenta días después de la Navidad, somos presentados por nuestra madre,  la  Iglesia,  ante Dios Padre con una sola misión: la de ser todos uno en el Amor (cf. Jn 17, 21).

 

Y lo hacemos, mirándonos en el espejo de Simeón y Ana en esta Jornada que nos recuerda la necesidad de esperanza que tiene este mundo herido y roto por tanta injusticia, guerra e incomprensión. Siendo apóstoles unidos y viviendo un mismo sentir, para que el mundo llegue a poner su esperanza en Cristo. Pues si Él vino a dar la vida «por los hijos de Dios que estaban dispersos» (Jn 11, 52) y derramó su sangre para congregarnos en torno a la Mesa del altar, ¿cómo no vamos a anhelar juntos el Reino que ya se vislumbra en esta tierra fatigada, hasta que nuestros ojos vean la salvación (cf. Lc 2, 30)?

 

Lo hacemos de la mano de las personas consagradas que confían sin desfallecer «aun cuando no tienen, como su Maestro, dónde reclinar la cabeza», tal y como rememoran los obispos en su carta. Porque Dios «es su desde, en y hacia dónde». Por eso, caminan en esperanza «aun cuando no llevan bastón ni alforja ni una capa o túnica de sobra», porque los hermanos «son su con quién». Y acompañan el dolor de sus hermanos, el peso de sus lágrimas y la soledad de sus días más cansados «aun cuando no consiguen más que un par de monedas que echar en la ofrenda del templo», porque los empobrecidos «son su para qué».

 

Queridos miembros de la vida consagrada: la Virgen María, desde esa mirada de eternidad, nos lleva de su mano hasta vuestras vidas para regalarnos el fruto de vuestra entrega. Vuestras miradas, preciado don para el mundo y tesoro impagable de la Iglesia, nos enseñan a ser Pan como ofrenda que se parte y se reparte donde escasean la Fe, la Esperanza y el Amor.

 

Con gran afecto pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Padre, que todos seamos uno

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«Haz el bien; busca la justicia» (Is 1,17). De la mano del libro de Isaías celebramos, un año más, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.

 

El profeta Isaías, quien fuera enviado para revelar al pueblo la salvación de Dios en cumplimiento de su promesa a David, nos enseñó –con su ejemplo– que Él promueve el derecho y la justicia en todo momento y en todos los ámbitos de la vida. Por eso, le envía a predicar la verdad al pueblo elegido (cf. Is 6,1-13), porque su carisma profético era más fuerte que los miedos que en aquel tiempo asediaban las vidas de quienes decían amar a Dios.

 

No es posible separar nuestra relación con Cristo de nuestro amor al prójimo, desde el más alejado hasta el más pequeño de nuestros hermanos (cf. Mt 25, 40).

 

En este sentido, aferrados a la Palabra, celebramos esta Semana de Oración: momento propicio para que los cristianos reconozcamos que «las divisiones entre nuestras iglesias y confesiones no pueden separarse de  las  divisiones  de  la  familia  humana», tal y como señalan para esta jornada desde el Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y el Consejo Mundial de Iglesias. Orar juntos por la unidad de los cristianos «nos permite reflexionar sobre lo que nos une y comprometernos a afrontar la opresión y la división que se dan en la humanidad».

 

¿Y qué sentido tiene, hoy en día, orar en comunidad y a una sola voz por la unidad de los cristianos? Tal vez, un solo versículo del primer capítulo del libro de Isaías da sentido a esta pregunta, y a esta jornada que conmemoramos: «Aprended a hacer el bien, tomad decisiones justas, restableced al oprimido, haced justicia al huérfano, defended la causa de la viuda» (Is 1, 17). De esta manera, haciendo nuestras las palabras del profeta, encontraremos la recompensa más bella de la fe, de una vida enraizada en Cristo Jesús y del Amor de Dios: «Aunque sean vuestros pecados tan rojos como la grana, blanquearán como la nieve; aunque sean como la púrpura, como lana quedarán» (Is 1, 18).

 

La oración y la unidad siempre tienen sentido. De otra forma, ¿de qué nos serviría el mandato de Dios de edificar una nueva humanidad «de toda raza, pueblo y lengua» (Ap 7, 9)? Este mandamiento «nos impele a la paz y la unidad que Dios desea para su creación», exhortan desde el propio Dicasterio. La unidad de los cristianos «debe ser signo y anticipo de la reconciliación de toda la creación». Sin embargo, reconocen que la división entre los cristianos «debilita la fuerza del signo, reforzando la división en lugar de sanar las rupturas del mundo».

 

Ciertamente, hoy en día, existen dificultades que, en vez de favorecer la deseada unidad, abren más bien las puertas al distanciamiento y ralentizan la senda de la reconciliación. En esas ocasiones, necesitamos orar y forjar y multiplicar esfuerzos en pos de un ecumenismo real que respete el derecho, practique con amor la misericordia y camine humildemente en el amor de Dios que siempre es fuente de unidad (cf. Mq 6, 9).

 

La oración es la clave en los esfuerzos enmarcados en el ecumenismo. Pero necesita del diálogo, del conocimiento mutuo, del testimonio, de la escucha y de la humildad para hacerse uno con el hermano. La oración de Cristo al Padre es modelo para todos, siempre y en todo lugar. Por tanto, orar por la unidad, como decía el Papa san Juan Pablo II, «no sólo está reservado a quien vive en un contexto de división entre los cristianos». En el diálogo íntimo y personal que cada uno de nosotros debe tener con el Señor en la oración «no puede excluirse la preocupación por la unidad».

 

Como el profeta Isaías, hagamos el bien y busquemos la justicia para caminar hacia la tan ansiada unidad. La Virgen María es puerta que nos conduce a este inmenso tesoro. Ella nos enseña a estar cerca del hermano, sin desfallecer, y a descubrir que el amor da vida a la fraternidad entre las Iglesias. A María, Madre de la Iglesia confiamos la gracia tan preciada de la comunión. Y junto a Ella ponemos en juego nuestro corazón hasta que podamos decir con verdad: Padre, que todos seamos uno contigo en el Amor (cf. Jn 17, 21).

 

Con gran afecto pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos