El Jubileo de los trabajadores

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

En una sociedad «realmente desarrollada», el trabajo «es una dimensión irrenunciable de la vida social». Con estas palabras, escritas por el Papa Francisco en Fratelli tutti (162), celebramos el Jubileo de los trabajadores.

 

Este encuentro, que nace en el marco de las actividades que se vienen celebrando en nuestra archidiócesis de Burgos con motivo del Año Jubilar, nos impulsa a comprometernos –con la Doctrina Social de la Iglesia en la piel del corazón– en que el trabajo sea verdaderamente humano y para que la humanidad encuentre en el trabajo una participación en la actividad creadora de Dios.

 

Ciertamente, hay lugares que requieren un cuidado particular (Laudato si´, 37). La Pastoral obrera es uno de ellos, pues nace de la belleza del compromiso humano que se forjó en el taller de Nazaret. Allí san José trabajó de manera incansable para sostener, con todo el esfuerzo que cabía en sus manos, a la Sagrada Familia. Él, corazón sencillo, agradecido y silente ante el misterio del Hijo de Dios hecho hombre, enseñó a Jesús a trabajar para que Él mismo –siendo Quien era– conociese el valor del esfuerzo, de la entrega en el trabajo y de la fatiga.

 

Ese ejemplo del Hijo de Dios hecho hombre trabajando con san José en el taller de Nazaret es la puerta que abre la esperanza de un Jubileo como el que ahora celebramos.

 

La fiesta del trabajo comienza allí donde la dignidad y la justicia social encuentran un sitio privilegiado en la mesa. Una fiesta que trae a la memoria el esfuerzo de tantos discípulos que, cumpliendo el mandato del Señor de la Vida, habéis caminado y camináis en esta Iglesia humilde y fiel que peregrina en nuestra archidiócesis burgalesa.

 

Sois, en palabras pronunciadas por el Papa san Juan Pablo II en su discurso del año 2000 en Tor Vergata, «constructores de un futuro de esperanza, justicia y solidaridad para la humanidad entera». Un camino de civilización en el que, a veces, «se agravan fenómenos como el desempleo, la explotación de menores y la insuficiencia de los salarios». Un horizonte, sin duda, que hemos de atajar desde la raíz, hasta que constituyamos en el mundo «una coalición a favor del trabajo digno».

 

Este cuidado del bien común pasa indefectiblemente por procurar que en cada hogar abunde la posibilidad de desarrollar las propias cualidades en el ámbito laboral. Desde la Iglesia debemos poner siempre a la persona en el centro confiada a la fidelidad de Cristo. También siendo Evangelios vivientes y trabajadores de un Reino que anuncia a los pobres la Buena Noticia, proclama la liberación a los cautivos y da la vista a los ciegos, libera a los oprimidos y proclama un año de gracia del Señor (Lc 4,18-19).

 

Este Jubileo de los trabajadores debe abrirnos los ojos a la marginación, a la indiferencia y a la pobreza. Una realidad que constatamos, como cada año, en la Jornada Mundial por el trabajo decente, que celebramos el próximo 7 de octubre. Merced a esta jornada, que nace con el deseo de sensibilizar y visibilizar la importancia de extender en la sociedad y en la Iglesia la defensa del trabajo digno, la comunidad cristiana proclama que el trabajo debe ser siempre humanizador y fuente de fraternidad y edificación de una sociedad a la medida del corazón humano que late en el seno del corazón de Dios.

 

En el esfuerzo de hacer del trabajo un instrumento de esperanza y vida nueva, «no podemos cortar las alas a quienes, en especial jóvenes, tienen mucho para dar con su inteligencia y capacidad», tal y como manifiesta el Papa Francisco. Ciertamente, a ellos «se los debe liberar de los pesos que les oprimen y les impiden entrar con pleno derecho y cuanto antes en el mundo del trabajo».

 

Ponemos nuestro anhelo de alcanzar un futuro laboral justo y humano en la Virgen María, Madre de la Esperanza, y le pedimos que nos ayude a tender puentes entre el mundo del trabajo, la Iglesia y la humanidad entera. Nunca olvidemos, durante este Jubileo y por el resto de nuestros días, que persona, trabajo, familia y edificación de una sociedad justa y fraterna son cuatro realidades que deben ir siempre de la mano.

 

Con gran afecto, os envío la bendición de Dios.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Don Mario Iceta: «¡Qué gran pérdida no meditar la Palabra de Dios!»

por redaccion,

Mario Iceta Palabra de Dios

 

«Una historia de amor nupcial entre Dios y la humanidad». Así ha definido el arzobispo la Sagrada Escritura, cuya lectura continuada se ha dejado sentir durante 24 horas sin interrupción en la Catedral. Don Mario Iceta ha sido el encargado de leer los últimos capítulos del libro del Apocalipsis, poniendo la guinda a un evento en el que han participado más de 100 voluntarios y en el que se han podido escuchar algunos de los pasajes más significativos del Antiguo y Nuevo Testamento.

 

«Qué importante es meditar cada día la Palabra de Dios», ha reflexionado a la clausura del acto. «En un mundo de oscuridad, incertidumbre y angustia cuánta luz definitiva y esplendorosa recibimos de la Palabra de Dios. ¡Qué gran pérdida no meditarla cada día!». De ahí que en la jornada en que la Iglesia celebra la fiesta de san Jerónimo, traductor de la Biblia al latín, haya animado a los presentes a meditar cada día la Sagrada Escritura y formarse en este ámbito con la ayuda de la Facultad de Teología, donde –ha recordado– existen grandes expertos en la materia.

 

Desde que comenzara ayer a las 10:00 de la mañana esta lectura continuada, por la capilla del Santo Cristo han desfilado el arzobispo emérito, don Fidel Herráez, el subdelegado del Gobierno, Pedro de la Fuente, el vicepresidente y directora de la Fundación VIII Centenario de la Catedral, Antonio Miguel Méndez Pozo y Piluca Gil y decenas de voluntarios que procedentes de diversos colectivos e instituciones de la ciudad: alumnos de colegios e Institutos, miembros de parroquias de la ciudad, profesores de Religión católica, autoridades religiosas, académicas, civiles y militares y alumnado y profesorado de la UBU, lugar donde nació el proyecto a propuesta de un grupo de estudiantes. Para todos ellos, y para quienes han seguido el acto a través de las redes sociales, el arzobispo ha tenido palabras de agradecimiento.

 

La iniciativa «24 horas de lectura de la Biblia» ha nacido en el ámbito académico como resultado de la colaboración de dos profesores y seis alumnos de dos instituciones universitarias de Burgos: la Facultad de Educación de la UBU y la Facultad de Teología. La idea de imitar con el texto sagrado una lectura continuada, como ya se hace con El Quijote, nació como una propuesta de algunos alumnos y, ahora, ambas instituciones académicas han materializado el proyecto.

 

Hacia un nosotros cada vez más grande

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy, último domingo de septiembre, la Iglesia celebra –como cada año– la Jornada Mundial del Migrante y Refugiado: una oportunidad especial para expresar nuestro afecto con obras concretas hacia esos hermanos nuestros que, abrumados de vulnerabilidad, se enfrentan al desafío de encontrar una posaba digna donde reposar su cuerpo y su espíritu.

 

Este año, el tema elegido por el Papa Francisco es Hacia un nosotros cada vez más grande. Un mensaje que lleva implícito el deseo de que todos seamos uno, donde no haya lugar para «los otros», sino que todos «nosotros» formemos un solo cuerpo. Un lema que desea mostrar «un horizonte claro para nuestro camino común en este mundo», tal y como destaca el Papa Francisco en su mensaje para la 107ª Jornada Mundial de este año.

 

La Iglesia celebra esta jornada desde el año 1914. Y en el corazón de ese anhelado «nosotros», recordamos cómo Dios «nos creó a su imagen, a imagen de su ser uno y trino, comunión en la diversidad», recuerda el Santo Padre. «Y cuando, a causa de su desobediencia, el ser humano se alejó de Dios, Él, en su misericordia, quiso ofrecer un camino de reconciliación; no a los individuos, sino a un pueblo, a un nosotros destinado a incluir a toda la familia humana». 

 

Qué importante es que nos sepamos incorporados en la misma barca de Jesucristo, que todos seamos uno (Jn 17,21) para que, cuando venga la marea y meza nuestra vida, podamos tomarnos de las manos y romper, uno a uno, los muros que dividen el amor. Y cuando venga la tentación de creernos más que los «otros», nos despojemos de nuestras soberbias y hagamos de un solo «nosotros» el resto de nuestra existencia.

 

Esta jornada nos invita, también, a abrazar a la humanidad más herida de esta misma tierra que es nuestra casa común (cf. Fratelli tutti, 8); desde la oración, desde el abrazo, desde el credo donde comulgamos el Cuerpo y la Sangre del Señor. Porque en el desafío de migrar y de encontrar una posada digna también viaja nuestra fe. Unidos al Señor, de Su mano, pero juntos y junto a Él, que no se separará de nuestra fragilidad hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28,20). Es la única manera de resucitar victoriosos porque, como escribió san Pablo a la comunidad de Éfeso, «uno solo es el Cuerpo y uno solo el Espíritu, así como también una sola es la esperanza a la que han sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» (Ef 4,4-5).

 

En su mensaje, el Santo Padre recuerda también que el Espíritu del Señor nos hace «capaces de abrazar a todos para crear comunión en la diversidad», armonizando las diferencias «sin nunca imponer una uniformidad que despersonaliza». En ese sentido, «en el encuentro con la diversidad de los extranjeros, de los migrantes, de los refugiados y en el diálogo intercultural que puede surgir, se nos da la oportunidad de crecer como Iglesia, de enriquecernos mutuamente». Por eso, «todo bautizado, dondequiera que se encuentre, es miembro de pleno derecho de la comunidad eclesial local, miembro de la única Iglesia, residente en la única casa, componente de la única familia».

 

Queridos hermanos y hermanas que trabajáis en la Pastoral que atiende al migrante y al refugiado: gracias por estar dispuestos a ensanchar el espacio de nuestra tienda para acoger a todo aquel que busca un hogar entre nosotros. 

 

Y ponemos a cada uno de estos rostros en la mirada de la Virgen María, la Puerta del Cielo y Consuelo de los migrantes. Porque el encuentro con los migrantes y refugiados construye una nueva Jerusalén (cf. Is 60; Ap 21,3) y abre las fronteras hacia una cultura del encuentro donde podamos aunar nuestros dones, encender de vida eterna nuestras lámparas de aceite y decirle al Padre: «Por fin, todos “nosotros”, somos uno en Ti, en tu Palabra y en tu Amor».

 

Seamos, para nuestros hermanos refugiados y migrantes, la llama de Amor Vivo que brilla hasta que concluya la última noche, y permanezca para siempre la ciudad de la luz, cuya única lámpara es el Cordero.

 

Con gran afecto, os envío la bendición de Dios.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

La pastoral penitenciaria en el día de la Virgen de la Merced

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

El próximo viernes, 24 de septiembre, celebramos la fiesta de la Virgen de la Merced. Una advocación mariana que nace de la misericordia de Dios con sus hijos, del corazón de un Padre generoso que nos ha dejado –en la persona de la María– una Madre compasiva a la que acudir siempre que nos habite el dolor. Los orígenes de esta advocación se remontan al siglo XIII. La noche del 1 al 2 de agosto de 1218, la Virgen se aparece a Pedro Nolasco (quien se dedicaba a rescatar esclavos maltratados) y le comunica su deseo de fundar una congregación religiosa para redimir a los cautivos.

 

Así, «la que le dio la carne al Hijo de Dios» (como Ella misma le dice a Nolasco cuando él le pregunta quién es) prende de pasión el corazón del fundador de los Padres Mercedarios para que, a imagen y semejanza del Cristo Redentor, sea como el grano de trigo que, si no muere, no puede dar fruto (cf. Jn 12,24). Nuestra Señora de la Merced, la Madre de misericordia, de gracia y de perdón, es la patrona de las Instituciones Penitenciarias. Y ahí, en el alma herida de esa luz difusa y derramada que advertimos desde la ventana de la cárcel, deseo poner cada palabra de esta humilde plegaria: en el corazón de la pastoral penitenciaria.

 

Y admiro, agradezco y aliento a tantos voluntarios, capellanes, miembros de la vida consagrada y agentes de pastoral que, durante este tiempo de pandemia, han entregado cuidado de quienes viven en las periferias existenciales. Una pastoral penitenciaria que se deja la piel durante los doce meses del año y que, como señaló el Papa Francisco en un encuentro que mantuvo en 2019 con los miembros de las fuerzas de seguridad, personal administrativo y de la justicia, supone «un apoyo a los débiles» porque cada uno de sus miembros se convierte, día tras día, en «tejedor de justicia y esperanza». Así realizáis el mandato de Jesús: “Estuve en la cárcel y vinisteis a visitarme” (Mt 35, 36), por el que seréis invitados a las bodas eternas del Señor.

 

Decía san Juan Crisóstomo que «Cristo nos pide condenar nuestros pecados y perdonar los de los demás»; y perdonar «no tan solo con la boca», sino «desde el fondo del corazón», no sea que «volvamos contra nosotros mismos el hierro con el cual creíamos horadar a los demás». Y qué importante es reconocerse necesitado de perdón, ante la pobreza de ese hermano que intenta ser rescatado de situaciones sórdidas y violentas. Porque sus propias miserias se convierten, para nosotros, en vasijas de barro donde habita, a borbotones, la misericordia infinita de Dios.

 

A través del perdón, permitimos a Dios amarnos como nunca nadie fue capaz. Y ese lenguaje lo dominan, a la perfección, cada una de las personas que conforma esta pastoral del cuidado que, ante una humanidad herida, penetra en las estructuras de la celda para abrazar la humanidad herida que vive en la prisión. Un abrazo que donan sin mirar la culpa o el delito, sino el rostro que debe ser acogido y restaurado; a veces con gozo, otras con angustia, pero siempre con amor.  No se puede amar lo que no se conoce (cf. San Agustín, Trinidad, X,II,4) y, para llegar a estas periferias de soledad, la Iglesia ha de ser, cada vez más, la posada del Buen Samaritano que es Cristo (cf. Lc 10. 34). Un refugio donde aprender a curar, como nos enseñó «la esclava del Señor», las heridas más profundas del alma.

 

Queridos capellanes, miembros de la vida consagrada y voluntarios de la pastoral penitenciaria: gracias por vuestra impagable y generosa labor con en las instituciones penitenciarias, que no abarca solamente al interno, sino que quiere consolar también a sus familiares y allegados. Una tarea que comienza a pie de calle, cuando el privado de libertad respira, tras muchos años, la senda de una vida renovada. Guardo en mi interior cada una de vuestras vidas entregadas, y las derramo en las manos de Nuestra Señora de la Merced, la Madre de la misericordia, la gracia y el perdón, para que Ella sostenga y custodie vuestra fe con el mismo amor con el que Ella sostuvo a su Hijo –que había sido condenado a muerte– a los pies de la Cruz. El día 24 visitaré por vez primera la cárcel de Burgos y tendré la ocasión de encontrarme con los internos, con los trabajadores y responsables y con vosotros. Seguid siendo consuelo y fuente de esperanza en una vida nueva; hacedlo como apóstoles de una Iglesia que, como dejó escrito san Juan Pablo II, «es la caricia del amor de Dios al mundo».

 

Con gran afecto, os envío la bendición de Dios.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Recomenzar desde Jesús, en esperanza y servicio

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Tras tantos meses sombríos de pandemia que ha generado tanto sufrimiento, escuchamos la voz del Señor Resucitado invitándonos a empezar de nuevo. Comienza un nuevo curso pastoral, un nuevo tiempo de esperanza y servicio. «Incluso de los escombros de nuestro corazón, Dios puede construir una obra de arte; aun de los restos arruinados de nuestra humanidad, Dios prepara una nueva historia». Estas palabras, pronunciadas por el Papa Francisco durante la Vigilia Pascual que presidió este año en el altar de la cátedra de la Basílica Vaticana, resuenan con intensidad en mi corazón. Y es que el Señor nos precede siempre, aunque tantas y tantas veces nos cueste ver la luz cuando las tinieblas nos rodean.

 

Durante toda mi vida, he experimentado cómo detrás de la lluvia y del desgarrado Viernes Santo, la vida vuelve a florecer. Siempre. Porque la Resurrección llega, y el Resucitado atraviesa la luz sepultada del sinsentido para asombrarnos con su gracia en la cotidianeidad del día a día. Porque detrás del silencio doliente de la cruz, del sepulcro vacío y del miedo que enardece un nuevo amanecer, la esperanza vuelve a renacer.

 

Y, por eso, de nuevo, cuando nos llega el momento de recomenzar, Jesús vuelve a salir a nuestro encuentro para recordarnos que vayamos a Él, que posemos sobre su altar nuestros cansancios y que abramos los ojos a su gracia para cegarnos con su belleza. Una vez más, el Señor nos espera en Galilea. Con su vida habitando en el centro de nuestras tareas y obligaciones, nuestra vida comienza de nuevo. Comienza en la familia, en la casa, en el trabajo, en la Iglesia, en la amistad, en el servicio, en la entrega. Él, que hace nuevas todas las cosas (Ap 21, 5), desea renovar nuestro corazón y desinstalarlo de la rutina, hacer de nuestra vida la oración del Padrenuestro y empapar nuestra alma del esplendor de las Bienaventuranzas (Mt 5,3-12): con esperanza, con mansedumbre, con humildad, con paciencia ante los sufrimientos, con misericordia, con limpieza de corazón, con amor por la justicia y con capacidad de soportar las persecuciones sin juzgar a los demás.

 

Dios Padre está deseando escuchar nuestras inquietudes para arrojarlas, como decía santa Teresita del Niño Jesús, «en la inmensa hoguera de su Amor Misericordioso». Y para empezar, junto a Él, de nuevo. ¡Qué regalo tan inmenso es recomenzar! «Y, en todo», como repetía san Ignacio de Loyola, «amar y servir». Y hacerlo, continuando la obra creadora de Dios como infatigables peregrinos, por Aquel que nos pone en la línea de salida, por las miradas que nos esperan al otro lado de la orilla, por nosotros, por los otros, por aquellos que ya no están físicamente, pero sí unidos a nosotros para siempre y por toda la eternidad en Jesús Resucitado.

 

Este comienzo es, también, un buen momento para agradecer la presencia siempre providente de Dios, para sentir el cuidado en la fraternidad, para poner los talentos al servicio del bien común, para pedir perdón y para perdonar. Al hermano que te hirió y a uno mismo. Como hijos de un mismo Dios. Queridos hermanos y hermanas: es tiempo de empezar, de nuevo, respondiendo generosamente a la llamada del Señor a echar las redes en su nombre. Su Palabra hace siempre la pesca fecunda y esperanzada. Un año que sigue siendo jubilar, una Asamblea diocesana que nos aportará la luz del Espíritu para mostrarnos las sendas que debemos recorrer. Un año de la familia y de San José. ¡Un año inmenso, verdadero tiempo de gracia!

 

La Santísima Virgen María nos ayuda en esta carrera de fondo que comienza prosiguiendo el camino que inició Jesús de Nazaret, celebrando la gratitud de saber que nada es nuestro, valorando cómo Dios nos espera tras la bruma del desconcierto. Solo así, con amor eterno, derramando –hilo a hilo– lágrimas de esperanza y consuelo, podremos escuchar ese canto de regocijo que nos recuerda, en la voz del evangelista Mateo, que la vida derramada a cuerpo entero es un verdadero regalo: «Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos» (Mt 5, 1-12a).

 

Con gran afecto, os envío la bendición de Dios y os deseo un maravilloso comienzo de curso, donde el Espíritu Santo nos regale a manos llenas la fe, la esperanza y la caridad.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos