Jóvenes de la parroquia San Pedro y San Felices, ganadores de un concurso nacional de cortometrajes

por redaccion,

 

Estudian entre 3º de ESO y 1º de bachillerato y, a su corta edad, son ya todo unos expertos en el mundo del séptimo arte. Clara Martínez, Ismael Sanz, Eva Tabares y Noemí Verbeteen se han convertido en los ganadores del concurso nacional de cortometrajes que organiza la subcomisión de Juventud e Infancia de la Conferencia Episcopal Española (CEE) y a la que estos jóvenes, de la parroquia de San Pedro y San Felices, decidieron inscribirse.

 

En poco más de cuatro minutos y bajo el título de «Spes», su pequeña obra traslada al espectador la necesidad de mantener la esperanza para lograr los retos que plantea la vida a pesar de las contrariedades. Exhaustos del camino, sin cobertura ni batería en sus móviles, no cejarán en su empeño de buscar el modo de salvar la vida de un hombre herido en medio del bosque. El corto ha sido filmado en la Sierra de la Demanda, en las inmediaciones de Pradoluengo, y cuenta con música de Paul Werner.

 

Su corto ha sido seleccionado entre los diecinueve presentados en toda España y ha contado con el respaldo de los miembros del jurado, entre los que se encuentran Juan Orellana, director del departamento de Cine de la CEE, o la especialista y profesional del sector de la distribución cinematográfica Lucía González-Barandiarán, entre otros. Los cuatro jóvenes han sido premiados con otras tantas tablet y otra más, junto a una cámara de video, para la propia parroquia a la que pertenecen.

 

Con el lema «Cine con Espíritu», este concurso de cortometrajes alcanza su quinta edición. Es uno de los ejes sobre los que pivota la Semana de Cine Espiritual que promueve la Conferencia Episcopal y que cuenta en Burgos con el respaldo y difusión de la delegación diocesana de Enseñanza.

Una mirada al mundo rural desde el corazón

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Acabamos de bendecir nuestros campos en la festividad de San Isidro Labrador. La tierra extensa que cultivamos y los pequeños núcleos rurales que lo jalonan nos recuerdan a Nazaret, el lugar donde Jesús creció y aprendió el arte de vivir su humanidad junto a María y a José; era un pequeño pueblo asentado en la ladera de una colina, habitado por pocas familias. Hoy, desde lo humilde, lo sencillo y lo pequeño, ponemos la mirada desde el corazón al mundo rural.  La pastoral que en él se desarrolla está arraigada en el cuidado de comunidades pequeñas, en el servicio silencioso y constante de sacerdotes que se multiplican en sus tareas y laicos que colaboran generosamente para que la llama de la fe continúe iluminando los campos y sus gentes.

 

La pastoral en el mundo rural es una escuela inestimable de generosidad. Un Evangelio escrito desde la escucha, desde la confianza y desde pequeños detalles de amor y de servicio que, como decía san Juan de la Cruz, «solo con amor se pagan». La Iglesia, como madre, esposa y maestra, se hace camino, verdad y vida en esta realidad humilde a la que Dios nos envía como pastores, discípulos y misioneros para nutrir de su vida nueva la capilaridad del Pueblo de Dios con la savia del Evangelio que inunda los pliegues y llanuras de nuestra tierra.

 

Porque en esta heredad sagrada, donde el Señor se hace uno entre nosotros, somos enviados a sembrar la semilla fecunda del Evangelio: en el cuidado de lo pequeño, en lo diario, en la profundidad de los gestos, en lo sencillo, en la hondura de cada detalle, en la mirada afable, en lo común, en el trasfondo de los signos, en el Pan nuestro de cada día. Como decía Don Bosco: «Si quieres volar alto, empieza desde abajo; la humildad es el fundamento de todo».

 

La pastoral rural necesita de la corresponsabilidad de todo el Pueblo de Dios, donde también los laicos tienen su tarea y son invitados a trabajar en el campo del Señor. Vosotros colmáis de belleza el Pueblo santo de Dios. Quienes cuidáis de las zonas rurales de nuestra Iglesia sois palabra delicada, compañía segura y apoyo en los momentos de tormenta. En las celebraciones, en las comunidades, en los hogares, en la acción social, en las calles, en las catequesis, en realidades inesperadas, en los campos, en las fronteras, en la familia… En todos esos rincones sencillos pero maravillosos donde servís, acariciáis y cuidáis el rostro humilde de Cristo. Ahí, mientras sostenéis el sufrimiento y la alegría del hermano, moldeáis la acción creadora de Dios que viste de belleza y fecundidad los campos y provoca la fiesta y el agradecimiento por los frutos de la tierra que tan generosamente nutren nuestros hogares y grandes ciudades más allá de nuestros límites y fronteras.

 

Por eso, quienes cuidáis de estas comunidades sois discípulos y testigos de Cristo servidor, que os donáis con generosidad convocando la Iglesia doméstica que cuida con corazón de madre. Sin buscar reconocimiento ni gloria, os hacéis ofrenda en una entrega gratuita que, a veces, solo encuentra recompensa bajo la luz del sagrario o en el milagro del altar donde el pan amasado con el trigo que cultiváis y el vino que se forma de las vides que cuidáis, se convierten en todos los lugares del mundo en el Cuerpo y Sangre del Señor, pan vivo para caminar y bebida que nos introduce en la eternidad.

 

Queridos hermanos y hermanas: hoy desde la catedral, iglesia madre, hasta el más alejado de los pequeños pueblos que conforman, embellecen y dan sentido al caminar del Pueblo de Dios, podemos elevar juntos el agradecimiento a Dios porque ha esparcido generosamente la semilla de la fe en tantos lugares recónditos y maravillosos que conforman nuestra Iglesia diocesana. Y hoy de modo particular, me gustaría mostrar mi apoyo y agradecimiento por vuestra tarea generosa y entregada en cuidar y trabajar la tierra que nos sostiene y formar parte de esas comunidades que hacen presente el Reino de Dios. Que María, venerada de modo particular en este mes de mayo dedicado a su memoria, siga sosteniendo vuestra ilusión y entrega para ser allí donde os encontréis sembradores de vida y esperanza.

 

Con gran afecto, recibid la bendición de Dios y mi felicitación en este domingo de la Ascensión del Señor.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Un jubileo para sanar heridas y renovar la entrega sacerdotal

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Una intensa lluvia a mediodía ha impedido a los sacerdotes atravesar la Puerta Santa de la Catedral en el día su patrono, san Juan de Ávila. Con todo, los presbíteros de la archidiócesis, con el arzobispo a la cabeza, han procesionado junto a la puerta del Perdón mientras invocaban a los santos al comienzo de una celebración eucaristíca en la que también han rendido homenaje a quienes, de entre ellos, cumplían 25, 50, 60 y 70 años de vida ministerial.

 

Don Mario Iceta ha recordado a los sacerdotes que un jubileo sirve para «agradecer, para pasar por el corazón la vida que Dios nos ha dado». Pero también, ha trasladado, «para reconociliarnos con nuestra historia y sanar nuestras propias heridas», las de las expectativas defraudadas, las crisis existenciales, las enfermedades imprevistas o los destinos pastorales inesperados. «La vida nos lleva por vericuetos inesperados, pero el Señor nos ha llamado y acompañado y ha contado con nuestras debilidades, incluso con las componendas eclesiásticas». «Él realiza su obra con nosotros incluso de manera inconcebible y él sana las heridas generadas en estos años».

 

«Tiempo de entregarse»

 

Junto a ello, el arzobispo ha animado a los sacerdotes a no perder la esperanza y reconocer que el fruto de su ministerio es obra de Dios: «No es fácil evangelizar, pero el Señor no nos pide cuenta de resultados, nos pide fidelidad, testimonio», ha recalcado. «El fruto depende de él, lo nuestro es sembrar y con paciencia saber esperar».

 

En este sentido, ha pedido a los sacerdotes vivir en la «lógica del don y de la entrega», siendo conscientes de que «nuestra vida es para Dios y los demás, no para nosotros». «Hemos de acercarnos a nuestro ministerio con sencillez de corazón, porque la gracia no es nuestra, los sacramentos no son nuestros, los pobres, los jóvenes, los niños no son nuestros, son de Dios». «No hay tiempos muertos ni infecundos; el Señor da fecundidad a nuestra vida escondida». «Es tiempo de ofrecer, tiempo de entregarse», ha insistido, a la par que les ha animado a «tomar distancia de los bienes materiales» y vivir el celibato como una opción no para aislarse, sino para estar disponibles para los demás.

 

Homenaje

 

Al concluir la eucaristía, en la que han participado numerosos sacerdotes cumpliendo las medidas sanitarias y el arzobispo emérito de Burgos, don Fidel Herráez, y el obispo emérito de Jaén, don Ramón del Hoyo, el arzobispo ha hecho entrega de un obsequio a los sacerdotes que este año y el pasado cumplieron 25, 50, 60 y 70 años de vida ministerial. Ha sido la primera vez en la historia que toda la Iglesia ha celebrado a san Juan de Ávila, después de que el papa Francisco incluyera recientemente el nombre del también doctor de la Iglesia en el santoral eclesiástico mundial.

 

La Pascua el enfermo, fuente de esperanza

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy, con el alma rozando –a media voz– lo que Dios va escribiendo en nuestras vidas, celebramos la Pascua del enfermo. Un momento realmente especial, en medio de esta pandemia que estamos padeciendo, para sostener la angustia de tantos Cristos rotos que, desde una cama de hospital, una residencia, una casa sin vestir, una soledad desnuda, anhelan una sola mirada nuestra para percibir que son queridos y que estamos dispuestos a alimentar la llama de su esperanza.

 

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28), entona la Palabra, en la voz delicada del Señor, para recordarnos que –del misterio de su Muerte y su Resurrección– brota un amor capaz dar sentido a todo: al hálito fatigoso del enfermo y al servicio generoso del cuidador. La enfermedad comienza a encontrar un rayo de sentido cuando se vive desde la oración del Padrenuestro, desde ese corazón traspasado que se dejó crucificar para enseñarnos que solo amando hasta el extremo, es posible ponerle nombre al dolor.

 

El Papa Francisco, en sucesivas ocasiones, ha señalado que «una sociedad es tanto más humana cuanto más sabe cuidar a los miembros que más sufren». Y hoy hemos de hacerlo, no por obligación, sino por amor. Porque también los enfermos son esenciales para nuestra vida y nos aportan mucho más de lo que nosotros podemos dar. Con ellos queremos caminar, procurando que nadie se sienta excluido ni abandonado, hasta transformar nuestro miedo en la confianza de caer en los brazos del Padre.

 

Ciertamente, hay muchos hermanos nuestros que –ante el cuidado y la enfermedad– experimentan el cansancio y la soledad. Sin embargo, no hemos de tener miedo a la debilidad, pues en ella encontramos la llave que abre el corazón de Dios. Y la debilidad del Padre, sin duda alguna, son sus hijos más heridos, más sufrientes, más enfermos. Decía san Pablo VI que «la alegría de ser cristiano, vinculado a la Iglesia en Cristo, es verdaderamente capaz de colmar el corazón humano». Y así es, aunque a veces servir duela; aunque, en algunos momentos, tengamos que pasar por la escuela del amor, que es la cruz. Y si creemos que no podemos, que nuestra pobreza oprime nuestra capacidad, el Señor Resucitado rompe las ataduras del mundo para cosernos con amor a su mano y para rescatarnos del barro frágil que nos hunde.

 

No olvidemos, como escribió san Agustín, que «Dios tuvo en la tierra un hijo sin pecado, pero nunca uno sin sufrimiento». Hoy, en la Pascua del Enfermo, los sacerdotes rememoramos, también, una tarea inmensamente bella con la Unción de los enfermos; siendo el consuelo espiritual al final de la vida, en el horizonte de la misericordia de Dios.

 

Recuerdo, a lo largo de mi vida sacerdotal, las veces que he acudido a administrar el sacramento de la Unción. Y he podido experimentar cómo es el Señor Jesús quien toma mis pobres manos y, en mi persona, acaricia y calma a quien está gravemente enfermo. Lo hace de la misma manera que lo hacía con cada uno de los enfermos que se encontraba en el camino, para recordarnos que nada (ni el pecado, ni la muerte, ni el abismo), podrá separarnos jamás de su amor.

 

Uno solo es nuestro maestro y todos nosotros somos hermanos (Mt 23, 8). Por tanto, cuidémonos mutuamente, porque es la expresión de nuestra vocación a amar como Jesús nos ha amado. En este tiempo de pandemia hemos echado de menos poder estar juntos, cogernos de la mano, abrazarnos, expresar con gestos corporales concretos el cariño y el afecto. Pero el deseo de sostenernos mutuamente ha espoleado la creatividad y la imaginación para, a pesar de la separación física, hacernos presentes de mil maneras para sostener la luz de la fuerza y la esperanza. La Virgen María, Madre de misericordia y salud de los enfermos, nos ha entregado al médico que cura, para siempre, todas las enfermedades.

 

Con gran afecto, recibid mi bendición y os deseo una entrañable jornada.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Madres: el maravilloso regalo de Dios

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Una vez leí que el corazón de una madre es un abismo profundo en cuyo fondo siempre encontraremos acogida y perdón. Y es que el amor de una madre es tan incondicional que no sabe de pasados, que no tiene en cuenta el mal y que no contempla lo imposible. Hemos comenzado el mes de mayo; mes de María; mes de la madre.

 

Hoy, quisiera dedicar esta carta, de manera muy especial, a todas las madres del mundo. A vosotras: valientes, fuertes, humildes, sencillas, heroínas que, en medio de una dificultad asombrosa, habéis conseguido sacar adelante a vuestros hijos. Y, en el corazón de todas vosotras, pienso en la Virgen María: la madre del amor, la razón de la ternura, el cáliz viviente que custodió –en su vientre– a Jesús.

 

Una madre es algo tan maravilloso y tan bello que hasta el mismo Dios quiso tener una. Ella, custodia de la vida de la Iglesia, con su ofrenda sobrehumana en la cruz, nos hace a todos hijos; amados, elegidos e infinitamente suyos. Un amor que brota de otro más grande: el del Padre, que –abrazando a su Hijo, en sus últimos hálitos de vida– nos entregó a su propia madre. «Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 26-27). Y, desde ese momento, Dios vistió de humanidad la orfandad de un mundo tantas veces solitario.

 

Las madres son «el antídoto más fuerte para el individualismo, las que más repudian la guerra que mata a sus hijos y las que atestiguan la belleza de la vida», dijo el Papa Francisco en 2015, durante la primera catequesis de las audiencias generales de los miércoles. Y, ciertamente, «una sociedad sin madres sería una sociedad inhumana», apenada, vacía de sentido.

 

Ya sabéis por dónde pasa el camino más directo para llegar a Jesús: por María. Y también os podéis imaginar quién intercede para que vuestros nombres sean escritos en el libro de la vida: María. «Todo a Jesús por María, y todo a María para Jesús», rezaba san Marcelino Champagnat.

 

Una madre, tenemos todos una experiencia constante de ello, entiende, perdona, no lleva cuentas, cuida, enseña, sufre, cura y, sobre todo, ama. Mucho más, incluso, que a ella misma. Porque es capaz de tomar el lugar de todos, de esperar lo inesperable, de permanecer en silencio, sea el tiempo que sea, hasta que el corazón de su hijo vuelva a abrazar la calma.

 

Queridas madres: si la Santísima Virgen María fue para Jesús el paño que alivió su sufrir, vosotras sois el consuelo de todas esas nostalgias que habitan en el alma de vuestros hijos. Porque la maternidad de María no termina en ella, sino allí donde queda un dolor por aliviar, un duelo por sanar y una lágrima por consolar.

 

Durante toda mi vida, he podido comprobar que, como decía san Luis María Grignon de Monfort, «a quien Dios quiere hacer muy santo, lo hace devoto de la Virgen María». Nadie como Ella, la primera discípula de Jesús, quien nos abre las puertas del Cielo. También la Iglesia es mujer y madre. Así lo quiso Jesús, porque la elección de vida de una madre –así como la de la Iglesia– es la de dar su propia vida por amor.

 

Que este día y este mes, dedicados exclusivamente a vosotras, mujeres y madres luchadoras, evangelios vivos y plegarias siempre en vela, nos recuerden que vuestra labor, tan bella y tan infinita, es un inmenso regalo de Dios.

 

Con gran afecto, os felicito la Pascua y felicito de corazón a todas las madres. Gracias por ser así y por estar siempre ahí.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos