Pentecostés, el Espíritu que edifica el Reino de Dios

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«Los sueños se construyen juntos». Con este lema, inspirado en la carta encíclica del Papa Francisco, Fratelli tutti, celebramos hoy, en la solemnidad de Pentecostés, el Día de la Acción Católica y el Apostolado Seglar.

 

¡Qué importante es soñar juntos!, recuerda el Santo Padre en el pasaje número 8 de esta exhortación que pone en la fraternidad y en la amistad el rostro profundo del Evangelio. Juntos, haciendo visible la alegría de la Resurrección, siendo todos uno en el Amor. Juntos, para cumplir –en un renovado Pentecostés– el sueño infinito de Dios. Juntos, en definitiva, formando un solo corazón, siendo una sola carne, viviendo un mismo sentir.

 

La Comisión Episcopal de Laicos, Familia y Vida enmarca esta Jornada en el Congreso de Laicos que celebramos a principios del año pasado. A la luz de aquellos días, vividos en torno a la Palabra, y en este contexto actual marcado por esta pandemia que ahora nos abate, debemos continuar remando como Iglesia con el fin de hacer realidad los deseos, las esperanzas y los sueños expresados en aquel Congreso.

 

Sueños que no terminan, porque no son nuestros, sino de Dios; y Él, cada día, los hace nuevos en su presencia. Sueños para la Iglesia que peregrina en España y que anhela alcanzar un renovado Pentecostés. Sueños sellados, a corazón abierto, por la senda del discernimiento, de la corresponsabilidad y de la sinodalidad, como nos indica el Papa Francisco.

 

«Dios nos habla en la historia», destacan los obispos de la Comisión en su mensaje para el día que celebramos hoy. Por ello, tenemos el reto de descubrir la voz del Padre «en el grito de cada ser humano que encontramos en nuestro camino, aprendiendo a escuchar para sanar las heridas y liberar a las personas, generando espacios de escucha». Y siendo conscientes de que los laicos no son «actores secundarios», sino «protagonistas», junto con los pastores y los miembros de la vida consagrada, «de la misión de anunciar el Evangelio».

 

Queridos laicos que conformáis la inmensa mayoría del Pueblo de Dios: sois la unión que hace la fuerza, sois el sueño de Dios que da vida a la promesa y sois la esperanza cuando pueda parecer que nos faltan las fuerzas. La fuerza que viene del Espíritu Santo que el Padre nos envía en este día con y a través del Hijo.

 

Y, por eso, la sociedad, la Iglesia y los pastores os necesitamos más que nunca. La sinodalidad debe conducir a una «comunión viva» entre todos y cada uno de los agentes que constituimos esta Casa Común, gracias al «alimento diario de la Eucaristía». Porque no podemos olvidar que el fundamento de todo, que la centralidad de nuestra fe, nace del milagro del altar donde Cristo se nos dona sin medida. Pan y vino que se hacen Cuerpo y Sangre de Cristo por amor. Y, de ahí, de esa ofrenda que baña, de principio a fin, nuestro corazón creyente, nace el sueño de una Iglesia sinodal, fraterna, amiga, en salida; que acompaña, que tiende puentes y que construye horizontes donde acampan el frío, la desnudez y la sequedad.

 

Es necesario, pues, que volvamos a redescubrir que «lo propio y peculiar de los laicos”» (LG, n. 31) es vuestro compromiso en la vida pública, en todos los rincones de la sociedad. Una responsabilidad a veces silenciosa que, como destaca el Papa en Fratelli tutti, anhela una Iglesia «que sirve, que sale de casa, que sale de sus templos, que sale de sus sacristías, para acompañar la vida, sostener la esperanza, ser signo de unidad (…) para tender puentes, romper muros y sembrar reconciliación (FT, 276)».

 

En esta solemnidad de Pentecostés, Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, nos encomendamos a las manos maternas de la Virgen María, para que Ella nos ayude a encarnar el mensaje evangélico del amor, del perdón y de la misericordia. Con Ella, aguardamos la promesa de lo alto, el don del Espíritu Santo. Ella nos ayuda a acogerlo que fructifique en nosotros. Juntos, en el testimonio y en la palabra, hagamos realidad los sueños de Dios.

 

Con gran afecto, recibid mi bendición y felicitación en este día de Pentecostés.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

arzobispo de Burgos

Jóvenes de la parroquia San Pedro y San Felices, ganadores de un concurso nacional de cortometrajes

por redaccion,

 

Estudian entre 3º de ESO y 1º de bachillerato y, a su corta edad, son ya todo unos expertos en el mundo del séptimo arte. Clara Martínez, Ismael Sanz, Eva Tabares y Noemí Verbeteen se han convertido en los ganadores del concurso nacional de cortometrajes que organiza la subcomisión de Juventud e Infancia de la Conferencia Episcopal Española (CEE) y a la que estos jóvenes, de la parroquia de San Pedro y San Felices, decidieron inscribirse.

 

En poco más de cuatro minutos y bajo el título de «Spes», su pequeña obra traslada al espectador la necesidad de mantener la esperanza para lograr los retos que plantea la vida a pesar de las contrariedades. Exhaustos del camino, sin cobertura ni batería en sus móviles, no cejarán en su empeño de buscar el modo de salvar la vida de un hombre herido en medio del bosque. El corto ha sido filmado en la Sierra de la Demanda, en las inmediaciones de Pradoluengo, y cuenta con música de Paul Werner.

 

Su corto ha sido seleccionado entre los diecinueve presentados en toda España y ha contado con el respaldo de los miembros del jurado, entre los que se encuentran Juan Orellana, director del departamento de Cine de la CEE, o la especialista y profesional del sector de la distribución cinematográfica Lucía González-Barandiarán, entre otros. Los cuatro jóvenes han sido premiados con otras tantas tablet y otra más, junto a una cámara de video, para la propia parroquia a la que pertenecen.

 

Con el lema «Cine con Espíritu», este concurso de cortometrajes alcanza su quinta edición. Es uno de los ejes sobre los que pivota la Semana de Cine Espiritual que promueve la Conferencia Episcopal y que cuenta en Burgos con el respaldo y difusión de la delegación diocesana de Enseñanza.

Una mirada al mundo rural desde el corazón

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Acabamos de bendecir nuestros campos en la festividad de San Isidro Labrador. La tierra extensa que cultivamos y los pequeños núcleos rurales que lo jalonan nos recuerdan a Nazaret, el lugar donde Jesús creció y aprendió el arte de vivir su humanidad junto a María y a José; era un pequeño pueblo asentado en la ladera de una colina, habitado por pocas familias. Hoy, desde lo humilde, lo sencillo y lo pequeño, ponemos la mirada desde el corazón al mundo rural.  La pastoral que en él se desarrolla está arraigada en el cuidado de comunidades pequeñas, en el servicio silencioso y constante de sacerdotes que se multiplican en sus tareas y laicos que colaboran generosamente para que la llama de la fe continúe iluminando los campos y sus gentes.

 

La pastoral en el mundo rural es una escuela inestimable de generosidad. Un Evangelio escrito desde la escucha, desde la confianza y desde pequeños detalles de amor y de servicio que, como decía san Juan de la Cruz, «solo con amor se pagan». La Iglesia, como madre, esposa y maestra, se hace camino, verdad y vida en esta realidad humilde a la que Dios nos envía como pastores, discípulos y misioneros para nutrir de su vida nueva la capilaridad del Pueblo de Dios con la savia del Evangelio que inunda los pliegues y llanuras de nuestra tierra.

 

Porque en esta heredad sagrada, donde el Señor se hace uno entre nosotros, somos enviados a sembrar la semilla fecunda del Evangelio: en el cuidado de lo pequeño, en lo diario, en la profundidad de los gestos, en lo sencillo, en la hondura de cada detalle, en la mirada afable, en lo común, en el trasfondo de los signos, en el Pan nuestro de cada día. Como decía Don Bosco: «Si quieres volar alto, empieza desde abajo; la humildad es el fundamento de todo».

 

La pastoral rural necesita de la corresponsabilidad de todo el Pueblo de Dios, donde también los laicos tienen su tarea y son invitados a trabajar en el campo del Señor. Vosotros colmáis de belleza el Pueblo santo de Dios. Quienes cuidáis de las zonas rurales de nuestra Iglesia sois palabra delicada, compañía segura y apoyo en los momentos de tormenta. En las celebraciones, en las comunidades, en los hogares, en la acción social, en las calles, en las catequesis, en realidades inesperadas, en los campos, en las fronteras, en la familia… En todos esos rincones sencillos pero maravillosos donde servís, acariciáis y cuidáis el rostro humilde de Cristo. Ahí, mientras sostenéis el sufrimiento y la alegría del hermano, moldeáis la acción creadora de Dios que viste de belleza y fecundidad los campos y provoca la fiesta y el agradecimiento por los frutos de la tierra que tan generosamente nutren nuestros hogares y grandes ciudades más allá de nuestros límites y fronteras.

 

Por eso, quienes cuidáis de estas comunidades sois discípulos y testigos de Cristo servidor, que os donáis con generosidad convocando la Iglesia doméstica que cuida con corazón de madre. Sin buscar reconocimiento ni gloria, os hacéis ofrenda en una entrega gratuita que, a veces, solo encuentra recompensa bajo la luz del sagrario o en el milagro del altar donde el pan amasado con el trigo que cultiváis y el vino que se forma de las vides que cuidáis, se convierten en todos los lugares del mundo en el Cuerpo y Sangre del Señor, pan vivo para caminar y bebida que nos introduce en la eternidad.

 

Queridos hermanos y hermanas: hoy desde la catedral, iglesia madre, hasta el más alejado de los pequeños pueblos que conforman, embellecen y dan sentido al caminar del Pueblo de Dios, podemos elevar juntos el agradecimiento a Dios porque ha esparcido generosamente la semilla de la fe en tantos lugares recónditos y maravillosos que conforman nuestra Iglesia diocesana. Y hoy de modo particular, me gustaría mostrar mi apoyo y agradecimiento por vuestra tarea generosa y entregada en cuidar y trabajar la tierra que nos sostiene y formar parte de esas comunidades que hacen presente el Reino de Dios. Que María, venerada de modo particular en este mes de mayo dedicado a su memoria, siga sosteniendo vuestra ilusión y entrega para ser allí donde os encontréis sembradores de vida y esperanza.

 

Con gran afecto, recibid la bendición de Dios y mi felicitación en este domingo de la Ascensión del Señor.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Un jubileo para sanar heridas y renovar la entrega sacerdotal

por redaccion,

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Una intensa lluvia a mediodía ha impedido a los sacerdotes atravesar la Puerta Santa de la Catedral en el día su patrono, san Juan de Ávila. Con todo, los presbíteros de la archidiócesis, con el arzobispo a la cabeza, han procesionado junto a la puerta del Perdón mientras invocaban a los santos al comienzo de una celebración eucaristíca en la que también han rendido homenaje a quienes, de entre ellos, cumplían 25, 50, 60 y 70 años de vida ministerial.

 

Don Mario Iceta ha recordado a los sacerdotes que un jubileo sirve para «agradecer, para pasar por el corazón la vida que Dios nos ha dado». Pero también, ha trasladado, «para reconociliarnos con nuestra historia y sanar nuestras propias heridas», las de las expectativas defraudadas, las crisis existenciales, las enfermedades imprevistas o los destinos pastorales inesperados. «La vida nos lleva por vericuetos inesperados, pero el Señor nos ha llamado y acompañado y ha contado con nuestras debilidades, incluso con las componendas eclesiásticas». «Él realiza su obra con nosotros incluso de manera inconcebible y él sana las heridas generadas en estos años».

 

«Tiempo de entregarse»

 

Junto a ello, el arzobispo ha animado a los sacerdotes a no perder la esperanza y reconocer que el fruto de su ministerio es obra de Dios: «No es fácil evangelizar, pero el Señor no nos pide cuenta de resultados, nos pide fidelidad, testimonio», ha recalcado. «El fruto depende de él, lo nuestro es sembrar y con paciencia saber esperar».

 

En este sentido, ha pedido a los sacerdotes vivir en la «lógica del don y de la entrega», siendo conscientes de que «nuestra vida es para Dios y los demás, no para nosotros». «Hemos de acercarnos a nuestro ministerio con sencillez de corazón, porque la gracia no es nuestra, los sacramentos no son nuestros, los pobres, los jóvenes, los niños no son nuestros, son de Dios». «No hay tiempos muertos ni infecundos; el Señor da fecundidad a nuestra vida escondida». «Es tiempo de ofrecer, tiempo de entregarse», ha insistido, a la par que les ha animado a «tomar distancia de los bienes materiales» y vivir el celibato como una opción no para aislarse, sino para estar disponibles para los demás.

 

Homenaje

 

Al concluir la eucaristía, en la que han participado numerosos sacerdotes cumpliendo las medidas sanitarias y el arzobispo emérito de Burgos, don Fidel Herráez, y el obispo emérito de Jaén, don Ramón del Hoyo, el arzobispo ha hecho entrega de un obsequio a los sacerdotes que este año y el pasado cumplieron 25, 50, 60 y 70 años de vida ministerial. Ha sido la primera vez en la historia que toda la Iglesia ha celebrado a san Juan de Ávila, después de que el papa Francisco incluyera recientemente el nombre del también doctor de la Iglesia en el santoral eclesiástico mundial.

 

La Pascua el enfermo, fuente de esperanza

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy, con el alma rozando –a media voz– lo que Dios va escribiendo en nuestras vidas, celebramos la Pascua del enfermo. Un momento realmente especial, en medio de esta pandemia que estamos padeciendo, para sostener la angustia de tantos Cristos rotos que, desde una cama de hospital, una residencia, una casa sin vestir, una soledad desnuda, anhelan una sola mirada nuestra para percibir que son queridos y que estamos dispuestos a alimentar la llama de su esperanza.

 

«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11, 28), entona la Palabra, en la voz delicada del Señor, para recordarnos que –del misterio de su Muerte y su Resurrección– brota un amor capaz dar sentido a todo: al hálito fatigoso del enfermo y al servicio generoso del cuidador. La enfermedad comienza a encontrar un rayo de sentido cuando se vive desde la oración del Padrenuestro, desde ese corazón traspasado que se dejó crucificar para enseñarnos que solo amando hasta el extremo, es posible ponerle nombre al dolor.

 

El Papa Francisco, en sucesivas ocasiones, ha señalado que «una sociedad es tanto más humana cuanto más sabe cuidar a los miembros que más sufren». Y hoy hemos de hacerlo, no por obligación, sino por amor. Porque también los enfermos son esenciales para nuestra vida y nos aportan mucho más de lo que nosotros podemos dar. Con ellos queremos caminar, procurando que nadie se sienta excluido ni abandonado, hasta transformar nuestro miedo en la confianza de caer en los brazos del Padre.

 

Ciertamente, hay muchos hermanos nuestros que –ante el cuidado y la enfermedad– experimentan el cansancio y la soledad. Sin embargo, no hemos de tener miedo a la debilidad, pues en ella encontramos la llave que abre el corazón de Dios. Y la debilidad del Padre, sin duda alguna, son sus hijos más heridos, más sufrientes, más enfermos. Decía san Pablo VI que «la alegría de ser cristiano, vinculado a la Iglesia en Cristo, es verdaderamente capaz de colmar el corazón humano». Y así es, aunque a veces servir duela; aunque, en algunos momentos, tengamos que pasar por la escuela del amor, que es la cruz. Y si creemos que no podemos, que nuestra pobreza oprime nuestra capacidad, el Señor Resucitado rompe las ataduras del mundo para cosernos con amor a su mano y para rescatarnos del barro frágil que nos hunde.

 

No olvidemos, como escribió san Agustín, que «Dios tuvo en la tierra un hijo sin pecado, pero nunca uno sin sufrimiento». Hoy, en la Pascua del Enfermo, los sacerdotes rememoramos, también, una tarea inmensamente bella con la Unción de los enfermos; siendo el consuelo espiritual al final de la vida, en el horizonte de la misericordia de Dios.

 

Recuerdo, a lo largo de mi vida sacerdotal, las veces que he acudido a administrar el sacramento de la Unción. Y he podido experimentar cómo es el Señor Jesús quien toma mis pobres manos y, en mi persona, acaricia y calma a quien está gravemente enfermo. Lo hace de la misma manera que lo hacía con cada uno de los enfermos que se encontraba en el camino, para recordarnos que nada (ni el pecado, ni la muerte, ni el abismo), podrá separarnos jamás de su amor.

 

Uno solo es nuestro maestro y todos nosotros somos hermanos (Mt 23, 8). Por tanto, cuidémonos mutuamente, porque es la expresión de nuestra vocación a amar como Jesús nos ha amado. En este tiempo de pandemia hemos echado de menos poder estar juntos, cogernos de la mano, abrazarnos, expresar con gestos corporales concretos el cariño y el afecto. Pero el deseo de sostenernos mutuamente ha espoleado la creatividad y la imaginación para, a pesar de la separación física, hacernos presentes de mil maneras para sostener la luz de la fuerza y la esperanza. La Virgen María, Madre de misericordia y salud de los enfermos, nos ha entregado al médico que cura, para siempre, todas las enfermedades.

 

Con gran afecto, recibid mi bendición y os deseo una entrañable jornada.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos