La Cuaresma: el camino bautismal a Jerusalén

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…» (Mt 20,18). Estas palabras que el Señor les dice a los doce apóstoles nos abren el camino de este tiempo de Cuaresma que hemos comenzado con el Miércoles de Ceniza. Es un camino de cuarenta días a imagen del pueblo judío, cuarenta años camino de la liberación definitiva. Y también un camino bautismal que nos hace criaturas nuevas.

 

Pasión, muerte y resurrección. Un camino que hemos de recorrer junto a Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). Un tiempo de conversión para renovar la fe, avivar la esperanza y ensanchar la caridad. Así nos lo recuerda la imposición de la ceniza: nuestra propia fragilidad que necesita del Espíritu de Dios que es fuerza, vida y amor.

 

El Papa Francisco, en su mensaje cuaresmal para este año, nos anima a dejarnos seducir por la grandeza de ese Dios «que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello». En este sentido, nos alienta a que «recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo».

 

En la Cuaresma, Cristo nos invita a cambiar de vida, a mirarnos por dentro y a arrojar de nuestros corazones todo aquello que nos estorba e impide que Dios y los hermanos habiten en él. Es el tiempo de la contemplación silente, del mirar silencioso a la Cruz de Jesús para hacer nuestra la vida que Él nos ofrece.

 

Cuarenta días para dejarnos envolver por la presencia cálida del Señor, que viene descalzo a nuestro encuentro para pedirnos que recorramos con Él este desierto cuaresmal de purificación.

 

Cuarenta días de ayuno de lo que nos hace daño, de oración para acoger con profundidad la Palabra de vida y limosna que crea la humanidad fraterna.

 

Con la Cuaresma, se nos convoca a todos para hacer presente a Cristo, enraizados en el amor de Aquel «que me ha tejido en el vientre de mi madre» (Sal 139,13b) y que nos ha creado «a su imagen y semejanza» (Gn l, 26). La Cuaresma nos prepara para acoger el amor y, así ser capaces de ofrecerlo a quienes nos rodean. Para nosotros, los cristianos, la caridad es la prolongación de la presencia del Señor, que se da a sí mismo para educarnos a la generosidad del amor.

 

Vivir una Cuaresma de caridad, recuerda el Santo Padre en su carta, «quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de Covid-19». Asimismo, señala que «la vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante».

 

Queridos hermanos y hermanas: en este tiempo de gracia, en este nuevo comienzo que nos lleva hasta un destino seguro –que es la victoria de Cristo sobre la muerte–, pongamos nuestras vidas en las manos maternas de nuestra Madre la Virgen María: Ella, al pie de la Cruz, en el corazón de la Iglesia y fiel a la promesa de su Hijo, nos enseña que el amor todo lo puede, todo lo espera y todo lo soporta (1 Cor 13, 7). Porque «el verdadero amor», como dejó escrito santa Teresa de Lisieux, «empieza cuando no se busca nada a cambio».

 

Con gran afecto, os deseo una santa Cuaresma, y pido a Dios que os acompañe con su bendición.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

La clase de Religión nos enraíza en la verdad de nuestro ser

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

¿Por qué debe estar en la escuela la asignatura de Religión? ¿Y por qué apuntar a los niños y a los jóvenes a Religión? Son dos cuestiones a las que me gustaría brevemente responder.

 

Algunos piensan que la formación religiosa en la escuela es un privilegio o un añadido especial a la formación humana, cultural, científica o tecnológica. Otros, simplemente, se quedan en la superficie y consideran que una educación integral no debe incluir una dimensión religiosa y moral que, para nosotros, los creyentes, es decisiva para el diálogo entre la fe y la razón, para promover el respeto entre todos y para entender las raíces de nuestra existencia y de nuestra historia.

 

Decía el Papa emérito Benedicto XVI que «eliminar a Dios de la enseñanza significa romper el círculo del saber». Y no le faltaba razón. Porque Dios es connatural al ser humano. Y ciertamente, no podemos apagar la dimensión trascendente y religiosa que habita en el corazón de toda persona que solo anhela vivir en paz.

 

Una educación integral, que abarca todas las dimensiones del ser humano, también su dimensión transcendente, nos abre las puertas hacia un conocimiento verdadero y armónico de la realidad, nos sitúa adecuadamente en ella como un don y una misión. Una educación que incluya la dimensión religiosa del ser humano, nos impulsa hacia una misión en la construcción de una sociedad habitable, que responda a las ansias más profundas del corazón humano. Asimismo, da respuestas actuales a los desafíos del presente, teniendo una mirada preferencial por los más necesitados y vulnerables. Y, por supuesto, invita a responder a tantas preguntas que surgen en la mente y corazón de niños y jóvenes que buscan el sentido primero, actual y último de sus vidas.

 

¿De qué serviría acumular conceptos, disciplinas y temarios si olvidamos educar la mente y el corazón? Se constata que en determinados campos se plantea, de modo erróneo, la asignatura de Religión como si fuera algo ajeno a la identidad cultural, moral y religiosa de la persona y de nuestra sociedad. Y, si esto pasa, el bien común deja de echar sus raíces donde le es propio, que es en la dignidad del ser humano imagen y semejanza de Dios.

 

El Papa Francisco, en su discurso a los participantes en la plenaria de la Congregación para la Educación Católica en 2014, dijo que la educación católica «es uno de los desafíos más importantes de la Iglesia, dedicada hoy a realizar la nueva evangelización en un contexto histórico y cultural en constante transformación». Unas palabras, desde luego, certeras para un momento tan importante como el que ahora vivimos. Porque la educación católica es un escenario de diálogo intercultural, un signo de acogida, un arte que tiene como fundamento a Quien instituyó el mandamiento principal del amor; es la raíz donde crecen frutos de compasión infinita, hasta alcanzar la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Ef. 4, 13).

 

Por eso, padres y madres, responsables y custodios de la educación de vuestros hijos: está en vuestras manos continuar el compromiso que adquiristeis el día de su Bautismo. La clase de Religión aporta las razones fundamentales para la vida. Y qué mejor herencia para ellos que cimentar cada uno de sus latidos en Quien es la Verdad que nos hace realmente libres.

 

Con gran afecto, recibid mi bendición.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Un encuentro online divertido y participativo

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Vocación, eucaristía y misión son los tres ejes que dan nombre al encuentro «VEM» que reúne cada año a los niños que participan en las catequesis de 4º, 5º y 6º de primaria en la archidiócesis. Este año, a causa de la pandemia, el formato del encuentro se ha adaptado para lograr que los chavales se reunieran en pequeños grupos en sus respectivas parroquias y participaran de forma virtual en un nutrido programa de divertidas actividades en común que han posibilitado impulsar la dimensión diocesana en cada uno de los 16 grupos inscritos en el que este año se ha llamado «i-VEM».

 

Una veintena de voluntarios, entre técnicos y presentadores, ha posibilitado una emisión en YouTube de más de 2 horas y media de duración en directo. A través de la pantalla, los grupos participantes han tenido que ir completando un total nueve pruebas (desde amasar el pan a disfrazarse como curas o monjas, hacer un regalo para los misioneros o ubicar en el mapa distintos países, entre otros), dando debida cuenta de sus logros y aciertos a través de un grupo de WhatsApp habilitado para ello. Junto a las pruebas, el programa se ha completado con testimonios de seminaristas, religiosos y familias y el propio arzobispo, don Mario Iceta, que se han conectado a la emisión a través de distintas plataformas digitales.

 

Además, los niños han ganado su «jubileo» en este Año Santo de la Catedral, al ingresar de forma virtual en el templo gótico y rezando la oración del Año Jubilar.

 

Enrique Ybáñez, delegado diocesano de Pastoral Vocacional y uno de los organizadores de este ciber encuentro junto con las delegaciones de Catequesis y Misiones, destaca la ilusión del equipo que ha posibilitado la emisión, desde los que han estado detrás de las cámaras a los que debían recibir las respuestas y computar los votos de las pruebas, que ha ganado el equipo de la parroquia de San Juan Bautista.

 

«Hemos logrado que los niños vuelvan a sus parroquias por otro motivo que no fuera el simple hecho catequético o litúrgico; una oportunidad de que los niños se reunieran fuera de la actividad habitual, algo que hacía tiempo que no habíamos podido hacer a causa de la pandemia», subraya Ybáñez. Destaca el «interesante formato» logrado, que ha posibilitado un «encuentro diocesano interactivo y divertido», donde los chavales no solo han seguido en directo una emisión, sino que han podido participar a través de pruebas y retos. Una muestra más de que internet y las tecnologías de la información y la comunicación no están reñidas con la evangelización en las parroquias.

 

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El patrocinio de San Lesmes: «Por tierra, aire, mar»… e internet

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Todo fue diferente. Ni roscas, ni bailes de danzantes ni Gigantillos ni las aglomeraciones de otros años. Ni siquiera en la iglesia el protocolo fue el de otras ocasiones. Las restricciones sanitarias obligaron a que Burgos, el pasado domingo, rindiera homenaje a su patrón de forma distinta, con solo 25 personas en las naves del templo. Eso sí, con internet como aliado y con un arzobispo, don Mario Iceta, que se estrenó por primera vez en la fiesta al patrón de la ciudad, san Lesmes Abad.

 

En su homilía, el pastor de la archidiócesis subrayó que san Lesmes «hace presente el ministerio de Jesús», un ministerio que el Hijo de Dios ejerce con autoridad («no como un poder fáctico, sino moral») y que otorga la verdadera libertad que desata de ataduras interiores y exteriores. El santo francés llegó a la ciudad «en el nombre del Señor» para «amar a todos sin condicionamientos». Su actividad caritativa y su servicio a los pobres y enfermos hizo que predicara el amor de Dios «no con poder, sino con autoridad», la misma autoridad moral que brilló en Jesús de Nazaret. Fue «protector de los burgaleses en su tiempo y después, que tantas veces y también hoy, en este tiempo de pandemia, nos queremos encomendar a él».

 

En este sentido, aseguró el arzobispo, san Lesmes se convierte para los burgaleses en un ejemplo a imitar. «Dios está en todos los que sirven con generosidad». «Tenemos que mirar a san Lesmes y no pensar en nosotros, pensar en cómo servir a los demás y cómo hacer presente el Reino de Dios no con poder de imposición sino con la autoridad del Señor, que es la autoridad del servicio y del amor, del perdón, del compartir, del lavar los pies, de ayudar a los demás».

 

Voto de la ciudad

 

El alcalde, Daniel de la Rosa, fue el encargado de presentar al santo el tradicional cirio con el que la ciudad realiza el voto a su patrón y protector y que se colocó junto a la tumba del santo. «Que la llama del cirio encendido por vos, renueve también la intercesión del santo a favor de la ciudad que se honra con su patronazgo glorioso», contestó el arzobispo a la ofrenda del regidor.

 

Asimismo, el arzobispo bendijo e impuso las medallas que entregó a los nuevos miembros de la hermandad Adelmus, cuya finalidad reside en custodiar el sepulcro del santo, venerar al patrón de la ciudad y difundir su devoción.

 

San Lesmes nació en Loudum (Francia) el año 1035; pero a petición de la reina Constanza, esposa de Alfonso VI de Castilla, se traslada a Burgos, para habitar en el monasterio benedictino situado junto a la Iglesia de San Juan, con una hospedería para los peregrinos del Camino de Santiago. También trabajó con preocupación por construir puentes y sanear la ciudad, dados sus conocimientos de ingeniería. Por su caridad y servicio hacia todos, especialmente hacia los enfermos y necesitados, mereció ser considerado por Burgos como su patrono. Murió en el año 1097.

El final de la vida, tema de reflexión en la fiesta de Santo Tomás de Aquino

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El arzobispo y gran canciller de la Facultad de Teología de Burgos, don Mario Iceta Gavicagogeascoa, protagonizó ayer una mesa de diálogo y reflexión en torno a las cuestiones morales que surgen en el acompañamiento a los enfermos en la fase final de al vida. Tras presidir la eucaristía en la capilla del centro académico en honor de santo Tomás de Aquino, patrono de los teólogos, el aula magna acogió un acto en el que el pastor de la Iglesia en Burgos respondió a algunas preguntas planteadas por el claustro de profesores y que pudo seguirse a través de YouTube.

 

Tomando mano del documento de los obispos Sembradores de esperanza. Acoger, proteger y acompañar en la etapa final de esta vida (2019), de la Amoris Laetitia y de otros documentos del magisterio, don Mario aseguró que el sufrimiento es una «escuela de esperanza», donde el ser humano también puede aprender a crecer y desarrollarse en plenitud.

 

En este sentido, rechazó que eso signifique «insensibilidad» hacia los que sufren, mientras aseguró que la enfermedad es un lugar adecuado para demostrar que el ser humano es un ser relacional. Para el arzobispo, la «muerte digna» es «morir a tiempo», ni antes ni después, rechazando así la eutanasia y apostando por los cuidados paliativos, con una «medicina interdisciplinar» que conjugue todas las dimensiones del ser humano ante el «zafarrancho de combate» que supone la enfermedad terminal.

 

Para el arzobispo, «una sociedad es humana por el modo de tratar a sus enfermos y discapacitados», de ahí que «los cuidados paliativos exijan un alto nivel tecnológico y humano». «Se necesitan soportes emocionales, afectivos, familiares, sociales, pero también muchos medios y recursos». Por ello insistió en la necesidad de «redescubrir la raíz que sustenta la dignidad humana» y «ver que cada persona, vuelta hacia el otro, es insustituible y única, irrepetible». «Toda persona es digna», insistió, mientras recordó que «la muerte es compañera de la vida» y «hay que saber gestionarla».