El amor y la vida humana

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«Tan pobre como es la mesa que carece de pan, así la vida más ejemplar resulta vacía si le falta amor», escribía san Antonio de Padua. ¿Y por qué no tiene sentido una vida sin amar y ser amado, aunque vivir no sea del todo sencillo? Porque la vida de todo ser humano, que es un regalo de Dios, siempre es digna de ser cuidada, protegida, amada.

 

Ayer 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor, celebrábamos la Jornada por la Vida. Con el lema Acoger y cuidar la vida, don de Dios, la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida desea hacer más presente que nunca la Encarnación del Hijo de Dios: «El misterio más excelso de nuestra fe».

 

El «sí» de  la Virgen María es un signo que convierte nuestros corazones de piedra en corazones de carne, es la puerta del amor que transfigura la vida humana en un bien desde la concepción hasta su fin natural. Por ello, defender la vida humana en toda situación es una cuestión de amor y no solo de derechos y libertades, pues hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios (que es amor), con una dignidad personal que supera cualquier dificultad, condición o limitación.

 

La vida humana es siempre un bien para toda la humanidad; celebrarla es agradecer a Dios este regalo inmenso y protegerla –como recuerdan los obispos de la Subcomisión– «es el comienzo de la salvación» porque «supone acoger el primer don de Dios, fundamento de todos los dones de la salvación». Cada vida humana, destacan, «está llamada a alcanzar la plenitud del amor». Siempre y en todo momento, lo que implica «custodiar la dignidad de la vida humana» y luchar por erradicar situaciones en las que es puesta en riesgo: «esclavitud, trata, cárceles inhumanas, guerras, delincuencia o maltrato», señalan los obispos.

 

El amor es lo que nos hace vivir humanamente, y una sociedad justa es la que cuida de la vida naciente, de la mujer embarazada, de las familias sin recursos o de quien viene a alumbrar esta tierra con una dificultad que hemos de acoger como si acogiésemos al Hijo de Dios en nuestros brazos.

 

Y pienso en todas esas personas con algún grado de discapacidad que son luz e inspiración para toda la humanidad. En una sociedad donde se cuida con mucho tesón la discapacidad y donde paradójicamente se da culto al bienestar y a la belleza física, también nuestros ojos son capaces de descubrir la belleza y la bondad de toda persona más allá de sus limitaciones.

 

El amor a todo ser humano es lo que nos hace vivir con dignidad. ¡A veces cuesta tanto entender la enfermedad, el desierto y la prueba! «El don de la vida y el don de la creación provienen del amor de Dios por la humanidad; más aún, a través de ellos Dios nos ofrece su amor», expresó el Papa Francisco a los participantes en un congreso sobre donación de órganos en 2017. «Y en la medida en que nos abrimos y lo acogemos», afirmó, «podemos convertirnos, a la vez, en don de amor para nuestros hermanos».

 

Y recuerdo, también, a las personas mayores que lo han dado todo por nosotros, siendo los primeros testigos de la belleza de Dios. Por ello, toda persona en la ancianidad de sus años, pero no de su corazón, ha de ser acogida, acompañada y cuidada.

 

Demos vida, ofrezcamos vida, anunciemos vida. Y hagámoslo en abundancia (cf. Jn 10, 10). Se lo pedimos a María, quien acogió la suprema donación del que se entregó por nosotros hasta la muerte para darnos vida eterna». Que la Mujer vestida de sol (cf. Ap 12, 1), palabra viva de consuelo y esperanza, sostenga nuestro camino para que siempre seamos luz que alumbre la dignidad de toda vida humana.

 

Con gran afecto pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Merindades se pone en marcha rumbo a la JMJ

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Espinosa de los Monteros acogió el pasado sábado el encuentro arciprestal de niños de las Merindades. Una jornada de convivencia que permitió a más de 150 niños y niñas de la zona y desafiantes a la lluvia conocerse, jugar y rezar juntos. La actividad, que contó con una gran yincana, un momento de oración y varias actividades lúdicas, pretendía hacer descubrir a los chavales la importancia de buscar la unidad, de que «caminamos juntos» y tomar conciencia de «que siempre que conocemos a otra persona somos más y cumplimos el deseo de unidad de Jesús», tal como explican los organizadores. Un chocolate clausuró la jornada.

 

Esta acción se suma a las diferentes actividades que en el arciprestazgo se están realizando con jóvenes, como las que acontecen cada mes a través de los ‘Encuentros JMJ’. Una oportunidad de formarse y disfrutar de otros jóvenes que viven en los pueblos cercanos y que viajarán a Lisboa el próximo verano. El primer encuentro tuvo lugar en enero en Medina de Pomar. En febrero, el segundo de estos encuentros de preparación la Jornada Mundial de la Juventud tuvo lugar en Villarcayo y acogió a más de 80 jóvenes de la comarca, procedentes principalmente de Villarcayo, Medina de Pomar y Espinosa de los Monteros.

 

Día del padre y día del seminario

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy, 19 de marzo, solemnidad de san José, conmemoramos el día del padre. De la mano de san José, padre adoptivo de Jesús y patrono de la Iglesia y del seminario, recordamos la figura esencial de nuestros padres, quienes –tantas veces, desde lo escondido– se hacen presencia, ternura y misericordia infinitas para cada miembro de la familia. Cuando un padre pone su confianza en san José, modelo de humildad, prudencia y fidelidad, puede asumir con amor el tesoro de la misión que el Padre ha depositado en sus manos. Hoy, por tanto, quiero felicitar a todos los padres y agradecer el don precioso que su identidad y su misión.

 

También hoy celebramos el día del seminario. Con la mirada puesta en el Evangelio y con el lema Levántate y ponte en camino, la Subcomisión Episcopal para los Seminarios desea mostrar su cercanía con los seminaristas y sus formadores, con el deseo de animarles a continuar cultivando su vocación, pues Dios insiste en «levantar a quien, una y otra vez, cae y se aparta del proyecto de vida que Él le ofrece».

 

Este domingo laetare, IV de Cuaresma, promesa revestida de alegría que anuncia la cercanía de la Pascua, ponemos rostro, nombre y voz a los seminaristas que preparan su corazón para configurarlo con el de Cristo Sacerdote, Cabeza, Pastor, Servidor y Esposo. Merced a sus manos consagradas, el cielo proclamará la gloria de Dios y el firmamento pregonará sin descanso sus obras; a veces sin que hablen, sin que resuene su voz, pero con la confianza plena de que a toda la tierra alcanzará su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje (cf. Sal 18).

 

En las vidas de los seminaristas se esconde una gran promesa para el futuro de la evangelización. «La plena revitalización de la vida de los seminarios en toda la Iglesia será la mejor prueba de la efectiva renovación hacia la cual el Concilio ha orientado a la Iglesia», escribía el Papa san Juan Pablo II a los obispos con ocasión del Jueves Santo de 1979. Por ello, hacerlo todo nuevo y caminar al encuentro de Aquel que te ha elegido para ser eternamente suyo, de Quien carga sobre sus espaldas con los sufrimientos de la humanidad en el árbol de la Cruz, desvela un misterio de amor infinito: «No os dejaré huérfanos, vendré a vosotros» (Jn 14, 18).

 

Y si Él te llama amigo, te elige para que des un fruto imperecedero (cf. Jn 15, 15s) y te pide la vida para estar con Él y ser enviado por Él (cf. Mt, 20, 20), ¿acaso vas a negarle la mano y encontrarás un horizonte mejor donde derramar tanto amor?

 

El Día del Seminario es una oportunidad magnífica para que todos los que amamos, de una manera u otra, a la Iglesia, hagamos una parada en el camino. Ciertamente, el Señor es quien elige libremente y sin Él no podremos hacer nada (cf. Jn 15, 5), pero si queremos dar fruto abundante, hemos de permanecer en Él con firmeza, fidelidad y confianza para mantener encendida la llama de la vocación.

 

Queridos seminaristas: nada os faltará si permanecéis junto a Él, si seguís la estela del Buen Pastor. Sois discípulos, testigos y misioneros de Cristo y, haciendo lo que Él os diga, como hermano y maestro, seréis capaces de servir –con el espíritu de servicio que Jesús ha legado en vuestros corazones– al Pueblo de Dios que algún día os encomendará. Aunque en algún momento paséis por cañadas oscuras, nunca olvidéis que sois los futuros pastores de una Iglesia, luz del mundo, que necesita hermanos que brillen por su entrega, generosidad y humildad.

 

Pedimos a la Virgen María, primera discípula de Cristo, y a san José, custodio de la Iglesia y del seminario, que suscite y vele por las vocaciones al ministerio sacerdotal y sus formadores. Que la Sagrada Familia de Nazaret interceda y colme la mies de obreros buenos, capaces de reflejar con su vida el cuidado paciente y misericordioso del Señor: Aquel que se hizo «obediente por nosotros hasta la muerte» (Flp 2, 8) en una entrega plena a la Iglesia, su Esposa.

 

Con gran afecto, pido a Dios que os bendiga

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Mujeres fuertes de Dios

por redaccion,

Queridos hermanos y hermanas:

 

El 8 de marzo celebramos el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y más allá de cifras y datos que apuntan a una injusta desigualdad en diversos aspectos laborales, sociales y económicos que deben ser superados, quisiera centrarme de modo particular en todas esas mujeres que sacan adelante sus familias con arrojo, valentía y entrega.

 

«La Iglesia desea dar gracias a la Santísima Trinidad por el misterio de la mujer y por cada mujer, por lo que constituye la medida eterna de su dignidad femenina, por las maravillas de Dios que en la historia de la humanidad se han realizado en ella y por ella», escribía el Papa san Juan Pablo II, primer Pontífice en abordar específicamente la cuestión de la mujer, en su carta apostólica Mulieris dignitatem (n. 31).

 

Volviendo la mirada al Santo Padre y haciendo memoria de una carta que escribió en 1995 a las mujeres del mundo entero, quisiera perpetuar en nuestra memoria la entrega de cada una de ellas, por lo que son para el mundo, por lo que hacen desde su compromiso sin límite y por lo que representan en la vida de la humanidad. Cada una de las palabras del Papa es una acción de gracias hacia aquellas que, en nombre del Padre, nos dieron la vida: «Te doy gracias, mujer-madre […] mujer-esposa […] mujer-hija y mujer-hermana, […] mujer-trabajadora […] mujer-consagrada […] Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu feminidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas» (n. 2).

 

Merced a vosotras se construye la civilización del amor. Sois luz perpetua, esperanza de brazos abiertos y faro que siempre espera encendido.  Hoy, vienen a mi mente tantas y tantas mujeres que, con su esfuerzo incansable, han edificado el corazón del mundo y sacado adelante infinidad de familias. A veces solas, sin más compañía que la de ese Dios que entrega por entero su vida en tantas Vías Dolorosas de la historia; otras batallando en lo cotidiano o luchando porque sus justos derechos se vean reconocidos; y siempre recomponiendo las partes quebrantadas y rotas del propio ser humano. Toda violencia contra la mujer es un hecho execrable que demanda acciones en los diversos ámbitos de la sociedad para su necesaria erradicación.

 

«Nuestro mundo necesita la colaboración de las mujeres, su liderazgo y habilidades», así como «su intuición y dedicación», destacaba el secretario del Estado Vaticano, el cardenal Pietro Parolin, en un mensaje enviado el pasado año en representación del Papa Francisco con motivo del encuentro Foro de Mujeres del G20 Italia.

 

Las mujeres del Evangelio hablan, por sí solas, del amor que Jesús tuvo por cada una de ellas. En este sentido, sobresale la actitud del Señor en relación con las mujeres que se encuentran con Él a lo largo del camino de su servicio mesiánico: «Es el reflejo del designio eterno de Dios que, al crear a cada una de ellas, la elige y la ama en Cristo (cf. Ef 1, 1-5 )» (MD, n. 13). Y todos tenemos experiencia personal del gran don que nuestras madres, hermanas, hijas, abuelas y tantas mujeres en todos los ámbitos de la sociedad han supuesto para nuestras vidas y el modo en que contribuyen decisivamente al progreso de la humanidad.

 

Y, de modo particular, la maternidad «conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la mujer» (MD, n. 18). Por tanto, si Dios confía en el seno de la mujer para dar vida a la Vida con su esfuerzo, lucha y entrega, ¿cómo vamos a oponernos a este misterio infinito de amor? ¿cómo no sostenerlo más allá de los embates ideológicos que lo oscurecen? ¿cómo no volcarnos en el cuidado de cada madre que custodia el don de una vida nueva acogida en su seno por toda la humanidad?

 

A la Virgen María, la llena de gracia y la bendita entre todas las mujeres, le pedimos que nos ayude a abrazar, cada día, el mandamiento del amor, que florece en las manos entregadas de la mujer y que lleva adelante siempre, pase lo que pase. Porque a los ojos de Dios el valor de toda mujer es infinito (Cfr. Prov 31,1). Y necesitamos estos ojos para reconocer siempre y en todo lugar su dignidad inalienable.

 

Con gran afecto pido a Dios que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Cuaresma: el camino de la confianza en Dios

por redaccion,

Queridos hermanos y hermanas:

 

«La ascesis cuaresmal es un compromiso, animado siempre por la gracia, para superar nuestras faltas de fe y nuestras resistencias a seguir a Jesús en el camino de la cruz». El Papa Francisco, en su mensaje para la Cuaresma de este año, invita a contemplar, de manera especial, el pasaje sobre la Transfiguración del Señor. «Aun cuando nuestros compromisos diarios nos obliguen a permanecer allí donde nos encontramos habitualmente, viviendo una cotidianidad a menudo repetitiva y a veces aburrida –recuerda el Santo Padre–, en Cuaresma se nos invita a “subir a un monte elevado” (Mt 17,1) junto con Jesús, para vivir con el Pueblo santo de Dios una experiencia particular de ascesis».

 

Un año más, el Señor nos toma consigo y desea llevarnos a un lugar apartado para cambiarnos la mirada y el corazón. Porque solo así podremos comprender y acoger el misterio de la salvación divina, «realizada en el don total de sí», como expresa el Papa en la carta, si nos dejamos conducir por Él «a un lugar desierto y elevado» y si nos distanciamos «de las mediocridades y de las vanidades».

 

Seguir al Señor no siempre es fácil, pero hemos de ponernos en camino, romper con lo que nos impide amar de verdad y vencer nuestras comodidades que acartonan el corazón. Como a los discípulos que Él eligió para ser testigos de un acontecimiento único y sublime, Jesús desea llevarnos al monte Tabor para alcanzar la plenitud de la vida en Él y con Él.

 

La Cuaresma es un camino bautismal hacia la Pascua; allí donde empieza todo, donde la victoria de Dios se hace vida plena. Es un tiempo de gracia y, también, de conversión, de desprendimiento corporal y espiritual de lo que estorba, como preparación para la Pasión y Resurrección de Cristo. «En estas fechas vivimos días en que simbolizamos las fatigas del mundo presente», escribía san Agustín en su sermón 210, para expresar un deseo esencial: asemejarnos a Jesús. ¿Y de qué manera podemos llevarlo a cabo en esta tierra? Podemos seguir el deseo profundo que anhela el santo de Hipona: «Acoger al peregrino, vestir al desnudo, rescatar al cautivo, visitar al enfermo, aconsejar a quien delibera, liberar al oprimido: todas estas cosas caen dentro de la limosna y son fruto de la necesidad».

 

El camino cuaresmal nos conduce hacia una transfiguración personal y eclesial en comunión, como Iglesia peregrina que esculpe a fuego su paso por nuestra historia. El Papa lo propone en su mensaje: «Una transformación que, en ambos casos, halla su modelo en la de Jesús y se realiza mediante la gracia de su misterio pascual».

 

Asimismo, para poder vivir este tiempo inseparable de la alianza de Dios con su pueblo, el Santo Padre invita a «no refugiarse en una religiosidad hecha de acontecimientos extraordinarios y experiencias sugestivas, por miedo a afrontar la realidad con sus fatigas cotidianas, sus dificultades y sus contradicciones». Por ello, para llegar a la Pascua de Resurrección, no solo son importantes los ratos largos de soledad y oración, sino también bajar a la llanura con nuestra comunidad, escuchar sus alegrías y sus lamentos, unir nuestras manos con las suyas y ser cauces de espera, consuelo y esperanza.

 

Que esta Cuaresma nos ayude a encontrarnos cara a cara con Jesús (cf. Mt 17,6-8) y advirtamos, en medio del fragor de nuestras vidas, el precioso resplandor del Resucitado, orando en soledad, escucha y recogimiento que vaya acompañado de buenas obras y discreción. Acojamos a Cristo en la Eucaristía, en la oración y en el servicio al prójimo.

 

Con este deseo, le pedimos a la Virgen María, modelo perfecto de respuesta a la voluntad de Dios, que nos ayude durante este tiempo de confianza en el Padre a convertirnos de corazón y a dejar que el amor de Dios hable –en nosotros– por Él.

 

Con gran afecto os deseo una feliz y santa Cuaresma.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos