
El padre Roberto, en una celebración eucarística en el monasterio.
Cuando ingresó al monasterio sus amigos le pronosticaron seis meses allí, pero él ya estaba firme en su decisión, aunque tenía otras propuestas. Por aquella época se acercaban las fiestas de San Pedro, y ellos le pidieron que esperara un poco más para pasar juntos estas fechas tan atrayentes para los jóvenes. Por otro lado, le habían ofrecido un empleo tan bueno, que incluso su madre le dijo que lo aceptara, pues no había prisa en hacerse monje. Sin embargo, su anhelo por responder a la llamada del Señor fue más fuerte.
Roberto reconoce que, cuando pasaron los seis meses, recordó la supuesta predicción de sus amigos, y se sintió liberado. Con el tiempo fue descubriendo que no es el único al que le ha pasado que, justo antes de ingresar a un monasterio, se presenten otras atractivas opciones, que finalmente hacen que se tome la decisión de manera más consciente.
Al contarle a sus padres su decisión de entrar al monasterio se alegraron, pero no tenían claro si la vocación de su hijo era la vida monacal: «Trapense, uno entre un millón en el mundo, y ¡no vas a ser tú precisamente!», le dijo su padre. Al principio no fue fácil. Dejar a sus amigos, profesión, la libertad de moverse por sí mismo, adaptarse a otro tipo de vida, lo llevaron a pensar en abandonar o buscar otro tipo de vocación, pero los ratos de oración lo llenaban y acababa convencido de que Dios lo quería allí.
Sostiene que lo que es hoy se comenzó a fraguar en su adolescencia. Fue catequista en su parroquia, San Gil Abad; y durante 10 años formó parte de un grupo juvenil de espiritualidad ignaciana en donde tenían formación, campamentos, ejercicios espirituales y dirección espiritual, todo ello le ayudó a discernir su vocación. Las bases de su fe las recibió en su familia, los De la Iglesia Pérez. Al ser cinco hijos, aprendieron a compartir, a heredar uno del otro juguetes, ropa, libros. Los valores eran algo primordial, así como participar de las actividades de la parroquia.
La vida monástica ha sido para él un constante aprendizaje, pero el más fundamental ha sido descubrirse a sí mismo y al Señor en él. Como bien dice un adagio monástico, «Si quieres conocer a Dios, conócete antes a ti mismo».
Desde 2011 es el abad del monasterio de San Pedro de Cardeña y asegura que esta experiencia le ha dado la oportunidad de servir a los hermanos de una forma continua, al tener una imagen de la comunidad y de la Orden más completa.
Los años le han dado bagaje y diferentes tipos de anécdotas. Recuerda que, una vez, un señor lo llamó para solicitar la admisión de su hijo en la orden y le respondió que debía ser el interesado quien debía hacerlo. Al poco tiempo, llamó el hijo, asegurando que su padre lo único que buscaba era sacarle de casa pues ya tenía 35 años y no sabía qué hacer con él.
Roberto de la Iglesia Pérez, entiende que para muchos no es fácil comprender en qué consiste el monacato, que la gente no sabe que allí las 24 horas del día deben ser aprovechadas, y que dentro de sus actividades está estudiar teología, aprender música e idiomas, cocinar y cultivar el huerto.
Por eso cuenta entre risas, que cuando le explicó a su madre cómo era la vida en el monasterio, empezó por contarle que se levantan a las 4:40 de la mañana, a lo que ella respondió: «¿Y para qué os levantáis tan pronto si no tenéis nada que hacer…?»