La Catedral vive su primera «Noche de Arte y Oración»

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Más: galería fotográfica del primer tramo del evento

 

Un saludo del deán de la Catedral, Vicente Rebollo, dio el pistoletazo de salida a una larga noche de arte y oración en la capilla de Santa Tecla. La primera edición de la «NAO» concitó a numerosas personas desde las 21:00 horas hasta pasadas las 3:30 de la madrugada, que disfrutaron de una larga velada en un asombroso clima de silencio solo roto en algunas ocasiones por aplausos, eso sí, «dirigidos al Señor».

 

Los primeros en desfilar por el escenario habilitado fue el coro de familias de Cardeñadijo, que dejó paso a otras 37 actuaciones que conjugaron las más variadas expresiones artísticas, desde música a teatro, pasando por escultura, poesía, danza, conexiones con algunos monasterios contemplativos e, incluso, producciones audiovisuales. El rapero Grilex, el cantante de Brotes de Olivo Chito Morales, el actor Moisés Mato, la cantante evangélica Nohemi o los jóvenes del grupo que dirige Faustino Díez compartieron su arte con actuaciones y testimonios de coros parroquiales, familias, órdenes religiosas, seminaristas, colectivos en exclusión y asociaciones de Burgos capital y provincia. Realmente, se ha cumplido el deseo de los organizadores, lograr que la Catedral se convirtiera en una «casa abierta».

 

Era la primera vez que este evento se desarrollaba en Burgos, después de ser una realidad en otras diócesis españolas, con Barcelona o Valencia. Surgió como una iniciativa de un grupo de laicos con el fin de hacer llegar las celebraciones del VIII Centenario de la Catedral a todas las gentes y, dada la buena respuesta –con participación de grupos de la ciudad y la provincia–, todo indica que volverá a repetirse en el futuro.

 

Adviento: tiempo de espera y de esperanza

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

¿Qué es el Adviento, si no ese tiempo de espera y de esperanza que nos impulsa a sembrar la semilla de Dios en el surco de nuestra vida?

 

Hoy, con el primer Domingo de Adviento, destejemos nuestros corazones del barro de la rutina para preparar la llegada de la Navidad: para la gran conmemoración de la primera venida del Hijo de Dios entre nosotros.

 

El Adviento, por tanto, es un camino de esperanza hacia una plenitud colmada de belleza. Una esperanza revestida de la alegría que fruto del encuentro y que reclama conversión. Es el silencio habitado de una noche en vela que nos invita, por medio del Bautista, a «preparar los caminos del Señor» (Mc 1,3) y a levantar los ojos para contemplar la promesa que el Señor hace a su Iglesia de estar con nosotros «todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,16-20).

 

Dios es amor, y el mandamiento nuevo del amor (Jn 15,12) encierra el sentido primero y último de toda nuestra vida. Y desde ahí hemos de vivir en esta preparación de la venida del Emmanuel que comenzamos a meditar hoy, mientras disponemos nuestro corazón para hacer presente –en nuestra propia carne– la promesa perpetua de la presencia de Dios.

 

La esperanza es signo de nuestra fe, es la felicidad que no termina, porque la Palabra de Dios se hace esperanza cuando fijamos nuestros ojos en Él: en sus rasgos, en sus palabras y en sus modos. Y aferrados a ese Dios encarnado que se hace presente un pueblo que espera y, a la vez, que camina, disponemos nuestro corazón para ese abrazo de Dios donde la vida no se acaba y se renueva cada día. Para siempre… ¡qué expresión tan sublime cuando, a la sombra de ese encuentro, es Dios quien nos espera!

 

La Iglesia, a partir de hoy, se pone en estado de vela y de vigilia. Para ello, hemos de mantener la lámpara encendida de la fe y del amor. Y, desde ahí, comenzar a escribir un «diario interior», como decía el Papa emérito Benedicto XVI, para que la certeza de su presencia «nos ayude a ver el mundo de otra manera» y, al mismo tiempo, «nos aliente a considerar nuestra existencia como visita», de manera que Él pueda venir y estar cerca de nosotros, en cualquier momento y situación vital.

 

El Adviento, este tiempo litúrgico que hoy comenzamos, nos invita a detenernos, en silencio, para redescubrir el fundamento último de nuestra alegría y para captar la presencia del Niño que nace para cambiar el mundo.

 

Y hemos de hacerlo velando en cada una de las huellas que el Padre ha pisado antes y abriéndole paso al Espíritu Santo para que vaya alumbrando el camino a seguir.

 

En este deseo confiado de rezar, contemplar y amar a manos llenas, nos aferramos a la Virgen María. Ella, Madre de la esperanza y del consuelo, acoge nuestra vida peregrina y nos impulsa a desbordar esta alegría encarnada y comprometida con los más vulnerables y descartados de la sociedad. Ellos, que son el rostro vivo de Dios, afianzan el sentir de lo que creemos y esperamos.

 

Dios, nunca ajeno al sufrimiento y siempre de la mano de los excluidos de la historia, es nuestra esperanza, nuestro consuelo y nuestra alegría. Seamos, pues, a partir de hoy y para siempre, un signo de este amor desbordado para aquellos que el Padre pone en el sendero de nuestra vida. Y si en esta espera de Adviento nos asola la duda o el desánimo, debemos hacer memoria –a la luz del salmo 26– de que si el Señor es nuestra luz, nuestra salvación y la defensa de la vida, a nada hemos de temer porque Él se ha quedado para siempre con nosotros.

 

Con gran afecto os deseo un feliz comienzo de este tiempo de Adviento.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Jornada Mundial de los Pobres

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

A los pobres los tienen siempre con vosotros (Mc 14,7). Esta afirmación de Jesús, anticipo y promesa de una resurrección que se hace vida y presencia en el rostro cansado de esta frágil Tierra, nos recuerda que hoy –desde el corazón del Papa Francisco hasta el último de los hijos de Dios– celebramos la V Jornada Mundial de los Pobres.

 

El rostro de Dios que Él revela «es el de un Padre para los pobres y cercano a los pobres», recuerda el Papa en su mensaje para esta jornada. Toda la obra de Jesús afirma que «la pobreza no es fruto de la fatalidad», sino que es «un signo concreto de su presencia entre nosotros».

 

Ciertamente, solo es necesario pasear por las aceras de la historia para descubrir al mismo Cristo en los ojos de los pobres y en las manos consoladoras que los sostienen. Ellos, los preferidos del Padre y los primeros en ser llamados a compartir la bienaventuranza del Señor y su Reino (cf. Mt 5,3), nos enseñan a caminar por el corazón de Dios, a curar sus llagas, a sanar el matiz de sus cicatrices y a aliviar su cansancio.

 

¿Cuántas veces pasamos al lado de un pobre y no nos dignamos a mirarle a los ojos? ¿Cuántas calles con personas necesitadas recorremos, a lo largo de nuestra vida, y no nos paramos siquiera a pensar –desde el corazón– qué les ha llevado hasta esta situación? ¿Qué más necesitamos para aprender que, en la persona de los pobres, hay una presencia de Dios?

 

Necesitamos contemplar el rostro de los pobres, y acercarnos a ellos para hacernos cargo de su situación. No basta con mirar y reconocer que el Reino les pertenece con más hondura que a los demás. Debemos acercarnos y descubrir en ellos la presencia de Dios que reclama nuestro amor y nuestra ayuda (Jn 1, 14). Un Dios que se despoja de su gloria, que se llama servidor y se vacía de sí hasta la última gota para hacernos entender que si Él pudo, nosotros también. Y que es uno con ellos, un pobre entre los pobres, que se despoja de sí mismo «tomando la condición de siervo» (Filp 2, 7) para compartir nuestra pobreza y llenarla con la riqueza de su vida y de su amor.

 

Decía la Madre Teresa de Calcuta, la «infatigable benefactora de la humanidad» como le llamaba el Papa san Juan Pablo II, que «su contribución era solo una gota en un océano de sufrimientos, pero que, si no existiera, esa gota le haría falta al mar». Y esa debe ser nuestra labor, siendo las manos operativas del amor de Dios. En su persona, el Señor se puso en el lado de los excluidos de la sociedad: comía con ellos, se sentaba a su lado, les hablaba de sus miedos, sostenía su angustia, compartía su vida y les daba de su pan. No como uno más, sino como uno de ellos. Y lo vemos claramente en su encarnación, en ese misterio patente donde el pobre de Yahvé nos permite ver a un Dios cercano, humilde y hermano que hasta se puede tocar…

 

Queridos hermanos y hermanas: «Los pobres de cualquier condición y de cualquier latitud nos evangelizan». Así lo expresa, una y otra vez, el Papa Francisco. Ellos, «nos permiten redescubrir de manera siempre nueva los rasgos más genuinos del rostro del Padre».

 

Ellos, sin duda alguna, nos llevan la delantera en el Reino de los Cielos. Y no por nuestros pobres méritos, sino porque el Padre solo conoce esa manera de amar. Desde los últimos, desde los desheredados de una sociedad con la vida derramada en haciendas y poderes, desde aquellos que son fruto de la violencia, la desigualdad, la marginación, la indigencia o el desamparo.

 

Solo hay que mirar a la Cruz para entender que Jesús quiso hacerse uno de tantos para entregar la vida pobre entre los pobres. Una opción preferencial por los pobres que no es excluyente, sino inclusiva, porque encuentra –en cada estrofa del Evangelio– el eco de un Hijo que, lejos de juzgar, acoge con amor a todos para mostrar su misericordia y rescatar a cada uno de lo que le oprime y le impide vivir en plenitud. Una acogida que resume su manera de acercar el Reino que su vida proclama.

 

Hoy, ponemos nuestra esperanza en la Santísima Virgen María, la Madre de los pobres, los humildes y sencillos, Aquella que desea reunir a todos sus hijos en torno a la Mesa del altar, para que Ella nos ayude a practicar la misericordia, a ser prójimos con los heridos y a reconocer a Su hijo amado en el corazón de los pobres de la Tierra.

 

Con gran afecto pido a Dios que os bendiga en esta jornada mundial de los pobres.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

Día de la Iglesia Diocesana en el Año Jubilar

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Somos lo que tú nos ayudas a ser. Somos una gran familia contigo. Con este lema, nacido de ese milagro de amor tan infinito que nos recuerda que somos una gran familia que se hace una sola familia en la fe, celebramos hoy el Día de la Iglesia Diocesana en este Año Jubilar del octavo centenario. Hoy debemos reconocernos como realmente somos: miembros de la familia de Dios que se llama Iglesia. Y, en ese andar diario, construimos juntos el hogar, caminamos adheridos a las huellas del Maestro y compartimos la mesa que Cristo ha preparado para nosotros. Haciéndonos uno, entregando lo que somos, siendo una gran familia.

 

Este Día de la Iglesia Diocesana nos llama a construir «una Iglesia con Pueblo». Con esta afirmación tan llena de sentido invitaba el Papa Francisco a obispos, sacerdotes y religiosos, en un encuentro celebrado en 2018 en la basílica de San Juan de Letrán, a sanar algunas de la «enfermedades espirituales» que sufren algunas parroquias y comunidades, con la esperanza de «encontrar» una cura para estas «dolencias del alma».

 

Y es verdad que, en ocasiones, la brecha generacional que se da también dentro de la propia Iglesia, la rutina, la falta de nuevos propósitos, el hastío por no encontrar horizonte o el cansancio del día a día hacen mella en nuestra manera de vivir la fe. Sin embargo, continuar, aun cuando no quedan fuerzas, siempre merece la pena. ¿Por qué? Porque contra todo pronóstico perjudicial o apático, Dios nos llama cada día a hacernos comunidad, a ser receptores y transmisores de esta Belleza «tan antigua y tan nueva» (San Agustín) y a aunar los dones que a cada uno Dios ha regalado para ser y hacernos Iglesia, con los pobres, los enfermos y los más necesitados situados en los primeros puestos de la Mesa del altar.

 

El Papa nos ha convocado a potenciar la dimensión sinodal del Pueblo de Dios. Este camino sinodal «que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio», como ha reiterado el Santo Padre en más de una ocasión, es un compromiso y una dimensión constitutiva de la Iglesia. Un «camino», una «verdad» y una «vida» (Jn 14, 6) que nosotros, como «discípulos del camino» (Hch 9, 2), somos convocados a recorrer, a creer y a vivir. En esta dimensión sinodal se inserta la Asamblea Diocesana y en este año jubilar que culminará durante este curso pastoral y serán clausurados el día de Pentecostés. Un camino que realizamos juntos, convocados por el Señor, que se hace presente en el caminar de su Pueblo.

 

Somos los hijos preferidos del Padre y, en un acto inenarrable de amor por parte de Dios, somos convocados en torno a la mesa pascual, al banquete eucarístico que nos convierte en comunidad parroquial, fraterna y diocesana. Y esta sustancia profunda del misterio y de la misión de la Iglesia nos hace hermanos.

 

Iglesia «es el nombre que indica caminar juntos», decía san Juan Crisóstomo. Un sendero que, además, implica el sostenernos los unos a los otros; porque ser cristiano no es solo una manera de mirar, es una forma de vida que afecta a todo lo que somos y hacemos. De otra manera, sin este sostenimiento comunitario de la vida seríamos velas sin luz, manos vacías y vasijas deshabitadas del Amor que completa nuestra existencia.

 

Hijos de un mismo Padre y, por tanto, hermanos. Y esta unión con Dios Trinidad nos anima a abrazar juntos, como Pueblo de Dios, este camino común que brota del Evangelio de Jesús y que hoy, más que nunca, está llamada a encarnarse en la piel de la historia.

 

Que este Día de la Iglesia Diocesana nos abra, aún más, el corazón al Misterio, para que –afianzados en la persona de Jesús de Nazaret y en el corazón compasivo de la Santísima Virgen María– abracemos, en comunión, a la humanidad entera. Agradezcamos y participemos con gozo y esperanza en la Asamblea Diocesana en este año jubilar, un don grande que Dios concede a nuestra Iglesia que peregrina en Burgos. Porque siendo Iglesia, siendo pueblo de Dios seremos una gran familia contigo.

 

Con gran afecto y con la bendición de Dios.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

¡Seamos santos e irreprochables por amor!

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Hoy, en la víspera de la solemnidad de todos los Santos, recordamos la petición con la que el Señor –a través del apóstol san Pablo– nos miró delicadamente a los ojos para suplicarnos, con entrañas de misericordia, que seamos «santos e irreprochables ante él por el amor» (Ef 1,4). Porque Él es santo.

 

Todos estamos llamados a la santidad, y el Señor no espera de nosotros que nos conformemos con una existencia vana, vulgar y vacía de amor. La llamada está repleta de nombres, de miradas y de rostros; y Su voz está dirigida tanto para quienes ya disfrutan de la presencia del Padre como para aquellos que están a la espera, en el umbral de la esperanza.

 

El Espíritu Santo «derrama santidad por todas partes» y «cada santo es una misión», un proyecto del Padre «para reflejar y encarnar, en un momento determinado de la historia, un aspecto del Evangelio», tal y como revela el Papa Francisco en la exhortación titulada Gaudete et exsultate.

 

Cuanto más grande sea el amor depositado en nuestras manos, con más fuerza nos pedirá el Señor que sostengamos su propio cuerpo. Él lo pide todo. Y lo hace en pos de una existencia henchida en plenitud por Su presencia. Mientras, Él nos ofrece el mayor tesoro: la felicidad para la cual fuimos creados.

 

«En la noche más oscura surgen los más grandes profetas y los santos», confesaba santa Teresa Benedicta de la Cruz, carmelita descalza asesinada en Auschwitz, pues a través de muchos de ellos se construye la verdadera historia. Sin embargo, «la corriente vivificante de la vida mística permanece invisible», de modo que «los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia». Un detalle que nos recuerda la importancia del servicio callado, de la fe que –en silencio– permanece inmarcesible y de la humildad que abre las puertas que la soberbia cierra.

 

Ciertamente, todos estamos llamados a ser testigos, pero «existen muchas formas existenciales de testimonio», revela el teólogo suizo von Balthasar, en su obra Teología y santidad. Un misterio que nos recuerda que para ser santos «no es necesario ser obispos, sacerdotes, religiosas o religiosos», como expresa el Santo Padre en su exhortación sobre la llamada a la santidad en el mundo actual. «Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración», pero «no es así», insiste el Papa… Todos estamos llamados a ser santos «viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra».

 

Jesús, quien tenía bajo sus pies el poder y la gloria, no hizo alarde de su categoría de Dios, nos dice San Pablo (Flp 2, 6-11). Al contrario, explicó con toda sencillez en qué consistía la santidad por medio de las bienaventuranzas (cf. Mt 5,3-12; Lc 6,20-23): «En ellas se dibuja el rostro del Maestro, que estamos llamados a transparentar en lo cotidiano de nuestras vidas» (Gaudete et exsultate, 63).

 

La santidad «no es sino la caridad plenamente vivida», tal y como señaló el Papa emérito Benedicto XVI, en una Catequesis pronunciada en abril de 2011. La santidad, por tanto, no te hace menos humano, sino todo lo contrario: en medio de la fragilidad y de la sequedad del corazón, el Padre infunde esa gracia que te hace comprender el dolor del hermano para hacerlo más personal, más fraterno, más tuyo. Y solo así, encarnándonos en aquellos lugares donde la misericordia grita «como una mujer con dolores de parto» (Rom 8, 22), conseguiremos que la gracia del Bautismo fructifique en un camino de santidad.

 

Queridos hermanos y hermanas: seamos santos y humildes de corazón, entregándolo todo por amor, sin llevar las cuentas de nuestras obras. Esta misión solo se entiende desde Cristo: muriendo y resucitando, con Él y en Él, en la patena del altar y en las cunetas de la historia, en el alma herida de nuestros hermanos más desfavorecidos.

 

Que este camino, recorrido de la mano de la Virgen María, nos anime a transitar, con Ella, cada una de las bienaventuranzas de Jesús. Nuestra meta es el Cielo. Caminemos, pues, siguiendo la huella de la Sagrada Familia de Nazaret para que Su alegría esté en nosotros, y nuestra alegría llegue a plenitud (Jn 15,11).

 

Con gran afecto, os deseo un feliz día de Todos los Santos.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos