Concluyen las obras de restauración en la iglesia de Quintanilla Somuñó

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La iglesia parroquial de San Andrés Apóstol de Quintanilla Somuñó ha concluido recientemente sus obras de rehabilitación con un presupuesto de 24.285,71 euros y que han permitido la consolidación de la bóveda en la nave lateral izquierda y el muro este del cerramiento. La intervención ha sido posible gracias a la subvención entre Diputación y Arzobispado mediante el convenio de restauración de iglesias (2021-2022), con un montante de 17.000 euros. El resto de la partida (7.281,71 euros) ha sido aportado por la Junta Vecinal de Quintanilla Somuñó.

 

Según detalla el párroco, Miguel Ángel Sáiz, es un paso más en las tareas de consolidación del edificio, en el que se lleva trabajando casi tres lustros después de un largo deterioro. Con el transcurso de los años se ha intervenido en toda la fábrica (recuerda que el año anterior se repararon otras seis bóvedas) y ahora quedaría, únicamente, limpiar y colocar el retablo ubicado en el muro consolidado este año.

 

El archivo parroquial de San Andrés data de 1583 y su templo cuenta con tres naves con arcos y nervios de piedra, obra de Diego Azas y Juan Esquivel, construidos en 1588. El ábside de la iglesia es rectangular y cuenta con un rosetón gótico cegado y canales lisos en alero. La portada es renancentista, con un arco de medio punto. Cuenta también con una espadaña de estructura rectangular añadida con tres huecos y dos campanas. Posee un retablo barroco, obra de Fernando Peña (1686).

«Nuestra humanidad convulsionada necesita la paz de Cristo resucitado»

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«Jesucristo no ha venido para traernos un ungüento que prolongue nuestra fragilidad, ha ganado la vida para nosotros». Es la afirmación que el arzobispo ha pronunciado en el transcurso de la solemne misa estación del día de Pascua que ha presidido en la Catedral. Para don Mario Iceta, la resurrección de Jesús «restaura la paz», esa «tan inestable que no logramos hasta que no se convierte nuestro corazón». Jesús, con su Pascua, «nos pide buscar los bienes de allá arriba, amar a los enemigos desde un corazón lleno de Cristo que nos invita a perdonar y amar a nuestros enemigos». Por eso, «nuestra humanidad convulsionada necesita de la paz de Cristo resucitado».

 

«Tenemos necesidad unos de otros», ha proseguido en su homilía. «La soledad mata, no nos hace bien, es la enfermedad del Occidente actual. Por eso María Magdalena fue a buscar a Pedro y Juan, buscó la comunión de la Iglesia, porque es en comunión donde Cristo resucitado se hace presente sin coartar nunca nuestra libertad». Para el arzobispo, «Jesús es la luz que no conoce el ocaso», quien «aún con las puertas cerradas se hace presente en nuestra vida para regalarnos la paz». «Solo él es capaz de edificar nuestra humanidad tan convulsionada».

 

Tras la eucaristía, que ha concluido con la impartición de la solemne bendición papal con indulgencia plenaria, fuera del templo ha tenido lugar la última procesión de esta Semana Santa, la del anuncio Pascual, con el encuentro de Cristo resucitado (Manuel López, 2005) con su Madre (una talla anónima del siglo XVIII), con el aleluya de Haendel como telón de fondo y numerosos bailes regionales. Desde el balcón que asoma a la plaza de San Fernando, el arzobispo ha impartido su bendición a toda la archidiócesis mientras ha implorado, una vez más, la paz en el mundo y el consuelo de todos aquellos que sufren cualquier tipo de dificultad.

 

Al tercer año… ‘resucitó’ la procesión del Santo Entierro

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«¿Mamá, qué pasa? ¿Por qué no se puede hablar?», pregunta asombrado ante tanto silencio un niño de unos tres o cuatro años en la plaza de Santa María. «Es que van a enterrar a Jesús», le susurra su madre que, cual catequista, ha explicado al pequeño todo lo que sucedía a los pies de la Catedral. El Santo Entierro ha reunido esta tarde todo lo que un solemne y regio funeral pudiera tener: los timbales del Consistorio, la presencia de cientos, miles de cofrades; autoridades civiles y eclesiásticas –arzobispo a la cabeza–, los desgarradores sonidos de las cornetas, el redoble de los tambores, el abrumador silencio de una despedida. Después de dos años de pandemia, el tercero ha sido como una especial ‘resurrección’ de la procesión general del Viernes Santo, con la Seo como protagonista y las cámaras de Televisión Española como fieles testigos de excepción.

 

A las siete y cuarto, con la puesta de sol de una calurosa tarde de primavera poco habitual en la ciudad, los treinta y tres miembros de la Hermandad del Santo Sepulcro –en recuerdo de la edad de Cristo al morir– trasladaban desde la capilla del Corpus Christi a la plaza de Santa María la imagen de Cristo Yacente para colocarla en su sepulcro de cristal. El toque de oración ha recordado el trágico momento. Tras la talla, obra del escultor Francisco Font (1913), de la Catedral de Santa María han desfilado una tras otra las dieciséis cofradías que integran la Junta de la Semana Santa de Burgos, acompañando dieciocho pasos y recuperando así una tradición abandonada en los años cuarenta.

 

El Santo Entierro ha continuado su itinerario por Santa Águeda, Nuño Rasura, plaza del Rey San Fernando, arco y puente de Santa María, plaza de Vega, Miranda, San Pablo, Mío Cid, Santander y San Juan, hasta la plaza de Alonso Martínez, donde las cofradías se han disgregado para volver a sus sedes parroquiales acompañando sus respectivos pasos. Antes de emprender el itinerario de regreso, el arzobispo, don Mario Iceta, ha entregado a cada hermano mayor un diploma como señal de agradecimiento por la implicación de sus respectivas cofradías en el progresivo resurgir de la Semana Santa burgalesa. El pastor de la archidiócesis ha acompañado finalmente la imagen del Cristo yacente hasta la Catedral, donde ha finalizado la magna procesión.

 

«La muerte de Jesús no es aniquilación, sino donación»

 

Antes del acto en las calles, el arzobispo ha presidido, también en la Seo, la solemne celebración litúrgica de la pasión y muerte del Señor. «Jesús no murió, expiró, entregó el Espíritu, donó algo. No es la aniquilación, es la donación», ha dicho en su homilía. «El amor siempre genera vida y la falta de amor genera muerte». «Y cuando somos amados hasta el infinito, nuestra vida puede crecer hasta el infinito, hasta la eternidad y atravesar la orilla infranqueable de la muerte», ha subrayado.

75 años de encuentro, 75 años de emoción

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Fue en 1947 cuando la plaza del Rey San Fernando acogió por primera vez la procesión del Encuentro. Pocos años antes, la parroquia de San Gil Abad había refundado la «Cofradía Noble de la Sangre de Cristo», cuyos orígenes se remontan a finales del siglo XVI, llamándose desde entonces «Real Hermandad de la Sangre del Cristo de Burgos y Nuestra Señora de los Dolores». Al otro lado del Arlanzón, en la parroquia de San Cosme y San Damián se redactan unos nuevos estatutos para su «Archicofradía del Santísimo Sacramento y de Jesús con la Cruz a Cuestas», del siglo XVIII. En plena posguerra, y en una incipiente Semana Santa que empezaba a coger auge, ambas hermandades decidieron aliarse para organizar una de las procesiones más emotivas de la capital. Pasados 15 lustros de aquel acontecimiento, cada Jueves Santo miles de burgaleses presencian el Encuentro entre Jesús con la Cruz a Cuestas (obra de Ildefonso Serra, 1901) y la Virgen de los Dolores (una talla barroca del siglo XVIII y autor desconocido) en una procesión que ha ganado en belleza y fervor con el pasar de los años.

 

Hoy, las imágenes son portadas a hombros de decenas de costaleros, la maestría de las bandas de ambas cofradías aumentan la emotividad, se intercambian flores entre representantes de ambas cofradías y la megafonía y las alocuciones que por ella se escuchan hacen el resto. Y el público estalla en aplausos. «Cuando haya dejado este mundo y haya sido por vuestro amor juzgado, si me hubiéreis concedido el cielo y estar con aquellos que me amaron, permitid volver a mi pobre alma cada tarde del Jueves Santo a esta vieja y bendita plaza, a este altar pétreo y sagrado. Y que otra vez mis hombros te sustenten para llevarte en un cálido abrazo hasta tu hermosa Madre Dolorosa, aquella que te acunó en su regazo. Y que cuando el día por fin decline y concluya este encuentro sagrado, se una a los que inundan la plaza y a las almas de todos los que he amado para otra vez más rasgar el silencio proclamando hasta lo más alto: «¡Viva la virgen Dolorosa, viva ese Cristo al que tanto amo!»», ha recitado a voz en cuello Juan José Estalayo, miembro de la cofradía con sede en San Cosme, acompañado de la guitarra de Mariano Mangas. 

 

Emoción contenida que ha podido seguirse en directo para toda España y medio mundo gracias a las bellas imágenes de Televisión Española [ver de nuevo aquí], en una emisión de más de dos horas conducida por Juan Carlos Ramos.

 

Hacía cuatro años que la procesión no se celebraba como tal, después de dos años de interrupción por la pandemia y la suspensión de parte del desfile en 2019 a causa de la lluvia. Tras el Encuentro a los pies de la Catedral, la imagen de Jesús con la Cruz ha cuestas ha hecho entrada en la Catedral, donde miembros de su cofradía han realizado una estación a Jesús sacramentado, reservado en el monumento de la Escalera Dorada, antes de volver a su parroquia. Por su parte, la imagen de la Virgen de los Dolores ha regresado a su parroquia de San Gil, donde ha sido recibida con el canto de la Salve popular. Antes de la procesión, don Mario Iceta ha presidido en la Catedral la solemne eucaristía de la Cena del Señor.

Emoción contenida ante la Virgen del Amor Hermoso

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Tras cuatro años de parón a causa del mal tiempo, primero, y de la pandemia, después, el fervor volvió anoche a tomar las calles del centro de la ciudad tras la salida de la Virgen del Amor Hermoso desde la iglesia de San Lorenzo el Real. Cuarenta y seis mujeres sacaron del templo con maestría la talla, una imagen de vestir de autor anónimo, que arrancó aplausos y lágrimas entre las numerosas personas congregadas. Un requiem de Fauré, varios poemas proclamados antes de la salida y la habilidad de la banda de cornetas y tambores de la Coronación de Espinas y Cristo Rey, organizadores de la procesión (también protagonizan la del Domingo de Ramos), favorecieron la emoción.

 

La Virgen, que estrenaba nuevo trono de líneas malagueñas, con un gran manto negro en señal de luto e iluminada por 46 velones (uno por cada costalera), salió de la iglesia precedida por el misterio de la Coronación de Espinas (Francisco de Borja, 1945), esta vez portado por 40 costaleros, entre ellos también algunas mujeres, que hicieron más que milagros para sacar la imagen a la calle, poniéndose de rodillas y algunos, incluso, tumbados. La oscuridad que invadía las calles dio más realce al emotivo momento, fotografiado por cientos de móviles.

 

La procesión, que salió puntual y se extendió durante tres horas, recorrió las angostas calles de San Lorenzo, San Carlos, Almirante Bonifaz, San Juan, Laín Calvo y Arco del Pilar, hasta volver a la parroquia. Allí, de nuevo, las y los costaleros volvieron a mostrar su habilidad, introduciendo en la iglesia los pasos, esta vez, caminando hacia atrás.

 

No fue la única procesión en salir a las calles el Miércoles Santo. Horas antes, desde la iglesia parroquial de San Lesmes Abad, la imagen de Jesús Crucificado acompañó un Via Crucis Penitencial por las calle Vitoria, Santander y San Juan. Por la mañana, el arzobispo, don Mario Iceta, presidió en la Catedral la solemne misa crismal.