Las Clarisas dejan San Martín de Don para unirse a la comunidad de Medina de Pomar

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Las clarisas agradecieron la cercanía de los vecinos del pueblo tras la eucaristía.
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Las clarisas agradecieron la cercanía de los vecinos del pueblo tras la eucaristía.

 

Ayer domingo, día en que la Iglesia honraba la memoria litúrgica de santa Clara de Asís, la comunidad de Clarisas de San Martín de Don celebraba una eucaristía de acción de gracias tras casi cinco siglos de presencia en la localidad. La mermada comunidad, con apenas cuatro religiosas, abandona el monasterio para unirse en breve a la comunidad de Medina de Pomar después de un largo proceso de reflexión y teniendo en cuenta la nueva normativa que el papa Francisco publicó recientemente para el buen desarrollo de la vida de los monasterios de clausura.

 

El vicario general de la diócesis, Fernando García Cadiñanos, fue el encargado de presidir la emotiva celebración, en la que también se hizo presente el arzobispo, don Fidel Herráez Vegas, con una misiva en la que quiso hacer llegar a las religiosas su «enorme cariño y gratitud» por «vuestro ejemplo, vuestro silencio, vuestra acogida, vuestra pobreza, por hablarnos de Dios». Para el arzobispo, el vacío que dejan las religiosas en el pueblo y la parroquia de la localidad será «difícil de llenar», si bien considera la clausura del monasterio como un «una renovación interior» que «nos haga descubrir el tesoro que significa hoy la vida consagrada contemplativa y la necesidad de seguir orando por las vocaciones».

 

Siglos de historia

 

El cenobio de San Miguel Arcángel, en San Martín de Don, fue fundado por una comunidad de monjas clarisas provenientes del monasterio de Nuestra Señora de Rivas de Nofuentes –también ahora extinto– en el año 1549. Su construcción inició un año después del fallecimiento de don Juan Ochoa de Salazar, principal benefactor económico, el cual donaría a las religiosas sus bienes para que ellas pudieran construir el edificio. Su construcción duró casi sesenta años y las primeras obras fueron dirigidas por el arquitecto Diego González. Su iglesia apenas ha tenido reformas con el paso de los siglos y a ella se entra a través de una portada clásica simple en cuya parte superior está la figura de San Miguel.

 

Durante siglos, las monjas de San Martín de Don se han dedicado a la oración y contemplación, sin olvidar el otro puntal de la vida monástica, el trabajo que, antes del cierre de la central nuclear de Santa María de Garoña, ha consistido en limpiar los buzos de sus trabajadores. La presencia clarisa y franciscana en la diócesis de Burgos ha sido siempre notable. Junto al de San Martín de Don, otros seis monasterios de Clarisas jalonaban hasta ahora la provincia, además de en la capital, en Belorado, Castil de Lences, Castrojeriz, Medina de Pomar y Vivar del Cid. En los últimos años se han clausurado también las comunidades clarisas de Lerma, Nofuentes y Briviesca.

Santa Cruz de la Salceda rinde homenaje a la beata Caridad Álvarez

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El vicario general de la diócesis, Fernando García Cadiñanos, presidió ayer una eucaristía de acción de gracias por la reciente beatificación de la mártir burgalesa Caridad Álvarez, elevada a los altares el pasado mes de diciembre en Orán, Argelia, donde fue asesinada en 1994. La misa tuvo lugar en el pueblo natal de la beata, Santa Cruz de la Salceda, y en ella participaron varias Agustinas Misioneras que componen hoy la comunidad argelina donde vivió la beata. Ellas hicieron entrega a la parroquia de un relicario con restos óseos de la burgalesa y de Esther Paniagua, la otra religiosa asesinada junto a sor Caridad y también beatificada.

 

Sor Cari, como la llamaban cariñosamente sus hermanas de comunidad, nació el 9 de mayo de 1933 y era la penúltima de doce hijos. Ingresó en la congregación de las Agustinas Misioneras en el año 1955 e hizo su profesión temporal el 26 de abril de 1957. Pronto fue destinada a Argelia. Emitió los votos perpetuos el 3 de mayo de 1960. Allí se dedicó a la acogida de todos los que llegaban a la casa, tenía a punto todo cuando las hermanas regresaban del trabajo, dedicaba parte de su tiempo a atender a los niños que iban a estudiar a la casa y por las tardes preparaba un té que servía a un grupo de cristianos y musulmanes que acudían al hogar del anciano.

 

La religiosa se sabía amenazada de muerte, pero con una firme vocación, y enamorada de la misión, no dudó en permanecer al lado del pueblo que le había acogido y al que amaba profundamente: «Estoy abierta y obediente a lo que Dios quiera de mí, y a lo que vean mis superiores». «María estuvo abierta al querer de Dios, quizá le costó. Deseo estar en esa actitud frente a Dios en los momentos actuales». Sus palabras, llenas de lucidez e intuición, revelan su honda vivencia espiritual.

 

En los últimos treinta años, han sido ocho los burgaleses asesinados en tierra de misión, mientras servían a las comunidades a las que habían sido enviados y a las que anunciaban el evangelio.

Más de un centenar de voluntarios saca del olvido el monasterio de Rioseco

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Un centenar y medio de personas de distintas edades y con procedencias y sensibilidades distintas se han afanado en la última semana para recuperar, en una nueva campaña de verano, el extinto cenobio de Santa María de Rioseco, un monasterio construido en el siglo XIII y abandonado a su suerte tras la desamortización de Mendizábal.

 

Las ruinas y las malezas acumuladas durante décadas han dado lugar a una avalancha de solidaridad que concita en la primera semana de agosto a decenas de voluntarios que pretenden salvar el inmueble. Quien capitanea desde hace nueve años este proyecto es Juan Miguel Gutiérrez, párroco de Villarcayo y los dieciséis pueblos del valle de Manzanedo, donde se ubica el monasterio. Él es el que se encarga de coordinar los trabajos y de hacer que no falte ni un ápice de la chispa que originó el movimiento de solidaridad. «Intentamos recuperar el patrimonio y nuestra historia, que es muy importante», asegura, pero en lo que más pone energías es en lograr que «sea un proyecto muy humano», en el que «el patrimonio sea vía para transmitir otros valores».

 

Al párroco del valle de Manzanedo le sorprende cómo, tras una semana de trabajo y convivencia, las emociones están a flor de piel y «la gente se encuentra con un nuevo rostro de Iglesia». Hasta el monasterio acuden jóvenes de distintos lugares del país y se crea un «ambiente muy bueno» de amistad y compañerismo. Además, el valle duplica su población, haciendo que sus 156 habitantes «valoren más su historia, su patrimonio y su propia cultura». En definitiva, se trata de una experiencia, remarca, «que vale la pena».

 

Este año, los trabajos han consistido en la limpieza y desescombro de varios lugares del edificio, como la hospedería, la torre del abad, las traseras de la iglesia y la cilla. Además, se han despejado distintos caminos de acceso al monasterio, como el que conduce a Manzanedo. Junto al trabajo de campo, Gutiérrez aplaude también la labor de la Asociación Juvenil Mazorca de la parroquia de Villarcayo y la dedicación de numerosas mujeres de los pueblos de la comarca que se han afanado en preparar las comidas y los cafés para reponer las fuerzas de los voluntarios, así como las indicaciones de la arqueóloga Silvia Pascual, del arquitecto Félix Escribano y de la historiadora Esther López Sobrado.

 

Cada año, son más los voluntarios que acuden a la cita. Ayer, en la fiesta de clausura de la Semana del Voluntariado se dieron cita más de 350 personas, que participaron en la eucaristía, una paellada, visitas guiadas y disitintos conciertos.

 

Todo un movimiento de solidaridad que ha hecho que hasta la propia Junta de Castilla y León redescubriera este inmueble y lo elevara, el pasado mes de enero, a la categoría de Bien de Interés Cultural. De hecho, una subvención pondrá en marcha en el mes de septiembre un proyecto de consolidación del claustro. Todo ello sin olvidar las más de 6.000 visitas que recibe el monasterio cada año. Lejos de ser un inmueble en ruinas, Rioseco tiene, todavía, mucha vida.

Una experiencia misionera en Zambia como preparación al sacerdocio

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El pasado 1 de julio, Víctor López Pelarda, seminarista de la diócesis de Burgos, y Fernando Remón Higuera, seminarista de la diócesis de Santander, partieron del aeropuerto de Madrid con rumbo a Zambia para participar allí de una experiencia misionera que se prolongará hasta el próximo 8 de agosto. Durante algo más de un mes, estos jóvenes seminaristas están compartiendo vida con el sacerdote burgalés Jorge López Martínez, misionero del IEME que trabaja desde hace siete años en el país africano. Su trabajo pastoral se realiza en la localidad de Mufumbwe, desde donde atiende a otras veinte comunidades del entorno.

 

Según relatan los seminaristas que participan en la misión, a nivel humanitario el contraste ha sido grande. «La realidad de la parroquia es totalmente diferente a la española», asegura Fernando. «En muchos poblados no hay ni electricidad ni agua tratada, y en ningún lado red de saneamiento o recogida de basura». El sistema asistencial de salud, la calidad de la enseñanza y las viviendas tan precarias en muchos de los casos, son otros aspectos que también han causado impacto en los seminaristas, que durante estos días visitan aldeas y poblados y conocen a fondo la realidad del país.

 

No obstante, la experiencia de estos casi cuarenta días no se ha quedado ahí. A Víctor, por ejemplo, le ha «sorprendido» la «excelente acogida de la gente». Y es que, a pesar de las carencias por las que atraviesa gran parte de la población, «en todas las casas a las que hemos ido nos han recibido con lo mejor de lo poco que tienen y siempre con una sonrisa». También están disfrutando de la calidad de los coros de los diferentes poblados –generalmente a cuatro voces–, su vivencia cristiana de comunidad y la vistosidad en la celebración de la eucaristía.

 

Para los dos seminaristas está siendo su primera estancia en el continente africano y una experiencia inolvidable a nivel humano y pastoral.

Jóvenes de Terrassa concluyen en Burgos su peregrinación diocesana

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Cerca de 300 jóvenes de la diócesis de Terrassa han caminado días atrás desde Finisterre a Santiago de Compostela en una peregrinación presidida por el obispo de la Iglesia catalana, Josep Àngel Saiz Meneses, y en la que también participó el obispo auxiliar, Salvador Cristau Coll. Después de venerar la tumba del apóstol, la peregrinación hizo escala en Burgos antes de que los jóvenes regresaran a sus respectivas parroquias. Aquí celebraron la eucaristía en la Catedral y mantuvieron un día de convivencia en el Seminario de San José acompañados de algunos jóvenes burgaleses, que se encargaron de la acogida y de preparar la intendencia para el regreso a casa.

 

Antes de poner rumbo a la diócesis de Terrassa, los responsables de la peregrinación egarense animaron a los jóvenes a acudir a la eucaristía dominical en sus parroquias de origen y a mantener un acompañamiento espiritual como camino seguro en el crecimiento cristiano. También dieron a conocer el destino que la delegación de Juventud terrasense organizará el próximo año, que será el santuario mariano de Lourdes, en Francia.