Tu gracia vale más que la vida

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Se cumple un año de esta pandemia que alteró profundamente nuestros esquemas y deshizo nuestros planes. A nivel sanitario, social y económico, las consecuencias del coronavirus son, del todo, adversas. Ante un escenario así, tantos se preguntan: ¿es posible la esperanza? Y la respuesta es afirmativa porque hay espacio para la generosidad, la entrega y el servicio a pesar del fragor del oleaje.

 

Mañana, la festividad de san Juan de Dios nos recuerda que la última palabra no la tiene la desesperanza, la desconfianza, ni el temor. La última palabra la tiene el amor. Quienes le conocieron, relatan que este santo falleció con solo 55 años, consumido por entregarse hasta el último aliento y extenuado a causa de sus penitencias extremas. Se fue lentamente, tras enfermar a causa de una fuerte pulmonía que contrajo días después de rescatar a un chico de la calle que se estaba ahogando. Una vida dedicada a los enfermos y a los más pobres de entre los pobres.

 

Hoy, con la vacuna de la covid-19 tocando las puertas de algunos hogares, y entrando de lleno en otros muchos, me acuerdo de manera especial de apóstoles de la caridad, hombres y mujeres como san Damián de Molokai, santa Teresa de Calcuta, san Luis Gonzaga, san Vicente Paúl… Estos, pusieron la vida de los demás por delante de la suya, sin importarles ser los primeros en cuidar a los moribundos y los últimos en la fila del pan de los pobres aun a riesgo de sus vidas.

 

Ciertamente, no puedo dejar de nombrar al Padre Damián; quien, con 33 años, se ofrece voluntario para vivir en una colonia de leprosos, que estaban confinados en una pequeña península de la isla de Molokai. Allí, donde los enfermos morían a diario y eran sustituidos por otros con la misma enfermedad, el sacerdote se agota por aliviar el dolor de aquellos hermanos, para que al menos pudieran morir con esperanza. En una de sus cartas, llegó a escribir que no sabía dónde administrarles la Unción de los enfermos, pues «los pies y las manos eran una pura llaga».

 

Tras once años con aquellos a quienes –como él mismo decía– «les olía hasta el alma», se contagia de lepra. Y así pasa cuatro años más, declarándose «el misionero más feliz del mundo». Porque hay más alegría en dar que en recibir (cfr. Hech 20, 35). Y hasta que muere, con 49 años, continuó celebrando la Eucaristía con la única parte de todo su cuerpo que, al contrario de lo que siempre ocurre en estos enfermos, no le había afectado aquella terrible enfermedad, las manos para consagrar el pan vivo, el que da la verdadera vida: la del amor y la fortaleza en esta vida y la eternidad tras la muerte. Y así distribuir la vida y sembrar la esperanza en aquél lugar de muerte.

 

Este santo, como otros en incontable número, nos enseña a hacernos últimos con los últimos y a servirlos con amor. En el fondo, se trata de cogerse de la mano del Señor para no tener mayor amor que el de dar la vida por el amigo (cfr. Jn 15, 13). Y ojalá nosotros, en estos momentos de inquietud en que están entrando nuevos rayos de luz con las vacunas para hacer frente al coronavirus, no tengamos miedo de esperar pacientemente o de ponernos los últimos en la fila para que la reciban antes aquellos que lo necesitan más que nosotros. Os confieso que no tengo ningún temor en hacerlo. Porque, al final, como bien reza el salmo (Sal 63, 4), «tu gracia vale más que la vida», es decir, acoger, experimentar y vivir en tu amor y entregarlo a los demás constituye una vida infinitamente mayor. Con gran afecto pido al Señor que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

El ministerio de los laicos en la Palabra y la Eucaristía

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

Cuando se sirve por amor, en libertad y desde una entrega desprendida, el corazón toma la forma del de Cristo, que «no vino a ser servido, sino a servir y a dar la vida por todos» (Mt 20, 28).

 

A principios de año, el Papa Francisco estableció con el motu proprio Spiritus Domini, que los ministerios del lector y del acólito, que hasta ahora se conferían únicamente a los candidatos al ministerio ordenado, estén abiertos a todos los laicos precisamente en su condición de laicos y, por tanto, también a las mujeres, de forma estable e institucionalizada con un mandato especial.

 

Es cierto que, en muchas comunidades del mundo, no es ninguna novedad ver a mujeres leyendo la Palabra de Dios o sirviendo en el altar, colaborando en la distribución de la Eucaristía o llevándola a los enfermos. Sin embargo, no ha sido hasta ahora, a raíz del discernimiento que brotó de los últimos Sínodos de Obispos, que el Santo Padre ha hecho oficial e institucional esta presencia laical y también femenina en el servicio de la Palabra y la Eucaristía.

 

La nueva formulación del canon 230 del Código de Derecho Canónico señala que «los laicos de una edad y unos dones determinados por decreto de la Conferencia Episcopal podrán ser empleados permanentemente, mediante el rito litúrgico establecido, en los ministerios de lectores y acólito». El hecho de suprimir la especificación «del sexo masculino» y que estaba anteriormente presente en dicho texto, supone un paso relevante para nuestra Iglesia que, como madre, hija y hermana que es, no desprecia a quien se acerca a Dios para servirle en los hermanos con amor.

 

Es la Iglesia «de los hombres y mujeres bautizados la que debemos consolidar promoviendo la ministerialidad y, sobre todo, la conciencia de la dignidad bautismal», asegura el Papa, merced a la «preciosa contribución» que, desde hace tiempo, muchísimos laicos –y de modo mayoritario las mujeres– ofrecen a la vida y a la misión de la Iglesia.

 

Hoy, además, quiero agradecer, recordar y reconocer el impagable servicio de los diferentes ministerios laicales en la Iglesia. Cada día los laicos (testigos, discípulos e instrumentos vivos del Señor) edificáis el Pueblo de Dios, habitáis y consagráis vuestra vocación «en la medida del don de Cristo» (Ef 4,7).

 

Y Cristo quiere continuar su servicio por medio de vosotros. Cada uno desde vuestra condición laical, desde el lugar que Dios ha pensado para vuestras vidas. ¿Cómo? Llevando el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto los más cercanos como los desconocidos. En cualquier lugar: en la calle, en el templo, en la plaza, en la catequesis, en el altar, en el hospital, en el trabajo, en una casa sin techo, en un camino perdido y sin hogar. En la liturgia: participando en el desarrollo de la celebración, proclamando la Palabra, animando el canto y la oración o colaborando en la distribución de la Eucaristía de modo particular a los que por edad o enfermedad no han podido venir a la celebración. Y como no, acompañando vidas rotas o atendiendo la acción caritativa y social.

 

A la luz de este deseo, hecho bienaventuranza en la Evangelii gaudium, os animo a seguir siendo ese hospital de campaña, hoy tan necesitado, que ha de plantar su tienda «en un estado permanente de misión» (EG 25).

 

Queridos hermanos y hermanas: ¡los laicos sois la multitud mayoritaria de la Iglesia, comunidad de discípulos y misioneros! Por vuestra condición de bautizados, sois en Cristo sacerdotes, profetas y reyes, y sois hijos e hijas corresponsables de esta preciosa llamada al testimonio en la Evangelización. Porque vuestro ministerio significa eso, servicio, no poder al estilo mundano. Porque vosotros hacéis presente en todos los ambientes el Reino de Dios que es misterio de salvación y de amor de Cristo Jesús. Ánimo con vuestra preciosa tarea. Con gran afecto, pido al Señor que os bendiga.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos

El arzobispo: «Las tentaciones nos revelan cómo es nuestro corazón»

por redaccion,

 

«Vengo con mucho gusto; visitar las parroquias me descansa, pero también tengo que repartirme entre otros pueblos y parroquias». Fue la confesión que ayer el arzobispo, don Mario Iceta, dijo a los mirandeses en la que fue una más de las ya varias visitas a la ciudad del Ebro desde que llegó a Burgos. Allí estuvo antes de tomar posesión de la archidiócesis; allí impartió también un retiro a los sacerdotes y celebró dos eucaristías en la parroquia de San Nicolás de Bari y, esta semana, Miranda ha vuelto a recibir su visita en dos ocasiones, para reunirse con sus sacerdotes el pasado lunes y celebrar ayer la eucaristía en el Buen Pastor.

 

En su homilía, el arzobispo señaló que la Cuaresma es un «tiempo de gracia, de ser fortalecidos por el Espíritu». Un «tiempo de desierto para dedicar más tiempo de calidad para estar con el Señor, de vencer la tentación y de convertirnos más a Dios y a los demás». En efecto, para don Mario las tentaciones que todo cristiano sufre pueden ser un indicador de su propia salud espiritual. «La tentación tienen algo bueno, descubre cómo es nuestro corazón, la fortaleza o debilidad de nuestra vida, cuánto somos generosos o avaros, perezosos o disponibles». Por eso, incluso las tentaciones, que pueden manifestarse bajo apariencia de materialismo, espectáculo, poderío, pueden suponer un momento de crecimiento personal: «Nos tienen que ayudar a conocernos por dentro y pueden ayudarnos a hacernos crecer», dijo.

 

Además de celebrar la eucaristía, el pastor de la archidiócesis pudo saludar a los distintos grupos que configuran la vida de la parroquia. El lunes, en la reunión de trabajo que mantuvo con los sacerdotes, pudo conocer las distintas comisiones arciprestales y las principales tareas pastorales que se desarrollan en la ciudad del Ebro y su entorno.

La celebración del Jubileo alcanza a todos los rincones de la archidiócesis

por redaccion,

jubileo catedral

 

La crisis sanitaria está impidiendo que numerosas comunidades parroquiales peregrinen hasta la Catedral para poder lucrar las gracias jubilares concedidas por el papa Francisco con motivo del VIII Centenario del templo. Aún así, y a la espera de que la situación epidemiológica mejore para poder visitar la seo quizás a partir de la Pascua, varios arciprestazgos están realizando diversas actividades encaminadas a celebrar este acontecimiento que sobrepasa los muros del templo para convertirse en una celebración diocesana.

 

Algunas parroquias del arciprestazgo del Arlanza, por ejemplo, han elaborado un calendario para este año 2021 en el que 32 cruces parroquiales recuerdan a los fieles de estas comunidades que «son templo de Dios», tal como indica el lema de este Jubileo especial. Por su parte, las parroquias del arciprestazgo de San Juan de Ortega han preparado un «itinerario jubilar» con el que ir preparando a estas comunidades a la próxima peregrinación a la seo. Se trata de seis materiales para trabajar mes a mes bien en pequeños grupos creados al caso, bien adaptados a las celebraciones dominicales de la eucaristía. Con cantos, varios signos, fragmentos de la Palabra de Dios y un pequeño compromiso, se pretende lograr que los fieles de este arciprestazgo que circunda la ciudad hasta el valle de Sedano puedan «realizar un itinerario jubilar antes de atravesar la Puerta santa, para que dicho momento no se quede en algo puntual, sino un verdadero momento de gracia».

 

Junto a estas propuestas, las parroquias de Quintanadueñas, Arroyal, Villarmero y Sotragero han organizado un concurso de dibujo infantil entre los niños que participan en sus catequesis.

 

La Cuaresma: el camino bautismal a Jerusalén

por redaccion,

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén…» (Mt 20,18). Estas palabras que el Señor les dice a los doce apóstoles nos abren el camino de este tiempo de Cuaresma que hemos comenzado con el Miércoles de Ceniza. Es un camino de cuarenta días a imagen del pueblo judío, cuarenta años camino de la liberación definitiva. Y también un camino bautismal que nos hace criaturas nuevas.

 

Pasión, muerte y resurrección. Un camino que hemos de recorrer junto a Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). Un tiempo de conversión para renovar la fe, avivar la esperanza y ensanchar la caridad. Así nos lo recuerda la imposición de la ceniza: nuestra propia fragilidad que necesita del Espíritu de Dios que es fuerza, vida y amor.

 

El Papa Francisco, en su mensaje cuaresmal para este año, nos anima a dejarnos seducir por la grandeza de ese Dios «que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello». En este sentido, nos alienta a que «recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo».

 

En la Cuaresma, Cristo nos invita a cambiar de vida, a mirarnos por dentro y a arrojar de nuestros corazones todo aquello que nos estorba e impide que Dios y los hermanos habiten en él. Es el tiempo de la contemplación silente, del mirar silencioso a la Cruz de Jesús para hacer nuestra la vida que Él nos ofrece.

 

Cuarenta días para dejarnos envolver por la presencia cálida del Señor, que viene descalzo a nuestro encuentro para pedirnos que recorramos con Él este desierto cuaresmal de purificación.

 

Cuarenta días de ayuno de lo que nos hace daño, de oración para acoger con profundidad la Palabra de vida y limosna que crea la humanidad fraterna.

 

Con la Cuaresma, se nos convoca a todos para hacer presente a Cristo, enraizados en el amor de Aquel «que me ha tejido en el vientre de mi madre» (Sal 139,13b) y que nos ha creado «a su imagen y semejanza» (Gn l, 26). La Cuaresma nos prepara para acoger el amor y, así ser capaces de ofrecerlo a quienes nos rodean. Para nosotros, los cristianos, la caridad es la prolongación de la presencia del Señor, que se da a sí mismo para educarnos a la generosidad del amor.

 

Vivir una Cuaresma de caridad, recuerda el Santo Padre en su carta, «quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de Covid-19». Asimismo, señala que «la vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante».

 

Queridos hermanos y hermanas: en este tiempo de gracia, en este nuevo comienzo que nos lleva hasta un destino seguro –que es la victoria de Cristo sobre la muerte–, pongamos nuestras vidas en las manos maternas de nuestra Madre la Virgen María: Ella, al pie de la Cruz, en el corazón de la Iglesia y fiel a la promesa de su Hijo, nos enseña que el amor todo lo puede, todo lo espera y todo lo soporta (1 Cor 13, 7). Porque «el verdadero amor», como dejó escrito santa Teresa de Lisieux, «empieza cuando no se busca nada a cambio».

 

Con gran afecto, os deseo una santa Cuaresma, y pido a Dios que os acompañe con su bendición.

 

+ Mario Iceta Gavicagogeascoa

Arzobispo de Burgos